Fruto dulce

Bailarines de tango en la playa (Nueva York)

Por fin pisa la playa. Descalzo, siente en su piel el calor de la arena fina. Aspira la brisa salada y fresca que anuncia un próximo atardecer. El rumor de las olas viene y va. Piensa en los viajes que iluminaron su mundo de oscuridad: siente el tacto rugoso de la ciudad perdida de Angkor. Se ahoga con el olor de los callejones en Beijing. Paladea la mezcla de especias que probó en la India. Sus oídos recuperan voces en cientos de idiomas diferentes, voces amigas, seguras y protectoras. Voces que le han llevado a que, por fin, pise esa playa argentina.

La tarde le trae el bullicio de la gente que ha salido a ver la puesta de sol. A unas dos cuadras, como dicen allí, un puesto vende empanadas recién hechas, inundando con su aroma todo el paseo marítimo. Más cerca, unos chicos juegan a fútbol entre gritos, vítores y celebraciones, que no son más que sueños de convertirse en ídolos mundiales.

Las olas vienen, van y su rumor se apaga cuando tras él una orquesta regala un tango al anochecer. Una mano tierna y femenina cae sobre su hombro. Él se gira con una sonrisa educada al oír esa voz argentina, tan de programa radiofónico para noches en vela, que le dice:

—Venga, flaco. Aquí se viene a bailar.

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