Humo

Allí dentro también olía a humo. Como en el bosque reducido a cenizas. El bosque que ya no era bosque. Como en los edificios grises, derruidos. Allí dentro el humo era aire sin incendios. Persianas bajadas y polvo acumulado. Cuando Fran y sus investigadores abrieron dejando a la luz seguir su camino natural descubrieron el peso de la suciedad llenando un apartamento vacío. Tan solo una de las esquinas estaba ocupada por un colchón desnudo, rodeado de carpetas arrugadas y libretas blancas. El blanco era un color extraño, contraste al hollín que no estaba allí. Y que, sin embargo, se sentía en los más profundo de la nariz.

El niño también olía a humo. Convaleciente en la cama del hospital, lleno de quemaduras, dejó una emanación de tizne y cenizas en la nariz de Fran. Supo que la sensación no le abandonaría hasta cerrar la investigación. La declaración del niño fue extraña, como un sueño confuso. El fuego rodeó al chico, atrapado en medio del bosque, sin posibilidad de escape. Entre el calor y los árboles que caían, mientras esquivaba pequeños animales ardiendo que luchaban por su vida, vio algo que le dejó paralizado. Una figura se abría paso entre el fuego. Un ser extraño, de formas redondeadas, de cuya cabeza emergía un gran tubo y que le miraba desde un solo ojo metálico. El ser se aproximó al niño mostrando su piel desnuda, arrugada, libre de toda quemadura a pesar de que había atravesado un muro de fuego. Le puso las manos sobre el hombro, murmuró algo ininteligible y, entonces, el chico se desmayó.

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Humo

Sobre aquel día

Me siento en lo alto de una de las colinas del Cerro del Tío Pío. Me gusta observar el atardecer desde aquí, ver como el sol se oculta tras la sierra de Madrid a la vez que lío el penúltimo cigarrillo del día, ese que se va consumir poco a poco, mientras pienso si darle o no la primera calada y, cuando desaparezca del todo, sin que me lo haya llevado a los labios, me estará marcando el momento de abandonar el parque, de volver a mi diminuto apartamento del centro a cenar algún plato congelado y ver pasar canales de televisión esperando a que sea la hora de dormir. Mientras reflexiono si dar esa primera calada pienso en todo eso que vendrá después, en la mañana siguiente y la vuelta a este parque al que llevo viniendo cada día desde hace tantos años que ya soy incapaz de contarlos. Tal vez por eso, sin quererlo, nunca aspiro el humo, nunca me acerco el tabaco a los labios. Porque si fumo el atardecer pasará más rápido y tendré que volver antes a refugiarme en mi soledad.

Probablemente desentono aquí. En el fondo sé que es así. Mi traje de chaqueta oscuro, mi vieja piel africana, mi corbata gris, mis zapatos lustrosos… todo lo que soy contrasta con la jovialidad que me rodea. Parejas que buscan respuestas en sus bocas, deportistas que trotan tras sus objetivos por caminos de tierra, animales que pasean a sus amos a cambio de una cena… Casi siempre ese parque es un espacio a la felicidad pública, compartida en comunidad. Yo no comparto nada y mucho menos alegrías.

Comienzo el ritual encendiendo el cigarrillo para después ignorarlo entre mis dedos. A esta hora del día es el momento en el que mejor me siento. Entonces me permito pensar en ella: me digo que, por fin, he dejado atrás el pasado, que ya no es una carga que envuelvo en papel de fumar para intentar que arda. Sentado donde cuarenta años atrás empezamos a murmurarnos nuestras primeras palabras de amor, me atacan todos los recuerdos que compartimos. “Todos” se resumen en uno.

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Sobre aquel día

Ese pelo feo

La señora abandona el apartamento con prisa, dejando a su paso la leve fragancia que desprende su pelo. Una melena larga, morena, que hoy lleva suelta y que salta sobre su espalda cuando abre la puerta. Se gira sacudiendo con gracia el flequillo y sonríe a su pequeña, en pijama de invierno y abrazada al conejo de peluche blanco que le acompaña cada noche. La niña se despide de su madre sacudiendo la mano y esta responde con una sonrisa. Por fin se va y me deja a cargo de la casa.

La niña me mira. Quiere ver televisión. Pero tiene que cenar primero. No le gusta el puré de verduras, solo se comerá el yogur. Así que le acaricio la cabeza y le prometo que si se come todo podrá ver una película de dibujos. Tiene el cabello moreno, como el de su madre, pero mucho más corto, a la altura del cuello. Se aleja contenta con la promesa, haciendo bailar su pelo suelto con cada saltito de emoción.

Le doy la cena. No rechista, se lo acaba todo. Tenía hambre. O ganas de ver la tele. Cuando termina el postre corre a la nevera y coge un papel. Me lo da. Es un dibujo. Es un dibujo de mí. En él estoy cocinando. El delantal no se parece al que uso normalmente. Me ha hecho algo más delgada y rubia de lo que soy. El pelo le ha quedado un poco más largo, incluso más bonito. A pesar de ser un dibujo infantil, cualquiera diría que lo tengo increíblemente suave, largo, aterciopelado. Alrededor de mí revolotean una cantidad exagerada de corazones. Eso me hace sonreír. Le doy un beso. Ella se sonroja y corre a tumbarse en el sofá. Pero le digo que no, que tiene que lavarse los dientes. Aunque se hace la remolona, no tarda en ir al baño. Realmente tiene ganas de tele.

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Ese pelo feo

Diez años después

“Si hubieras estado diez años sin andar ¿Hacia dónde caminarías?”

 

A lo lejos, el rumor de las olas cantaba para la orilla del mar. Sus ojos, azules, veían el azul del cielo. Azul. Blue. Triste.

La respuesta se quedaría en el aire. Aspiró y cerró los ojos, para que el olor a pescado y algas frescas penetrara en él y que la sal traída por la suave brisa mediterránea despejara su cuerpo, liberándolo de lo que le preocupaba; liberándolo de aquella pregunta que, si tuviera respuesta, podría ser extraña y terrible, como dos extraterrestres que se encuentran en un tercer planeta y deciden tratarse con respeto a pesar de ser diferentes, pero cuando cae la noche uno de ellos no puede evitarlo y engulle al otro porque es su naturaleza, es el instinto alienígena el que gobierna y no se puede responder a una pregunta así en contra de tus impulsos, utilizando las contadas palabras que ofrece la razón. Por eso aspiraba, y así esperaba a que la sal curara su heridas, a que la brisa le llevara lejos y a que las algas formaran una manta con la que dormir sobre el mar.

Pero, por supuesto, cuando abrió los ojos su padre seguía allí con semblante interrogante. Como si los tubos, la enfermera, la comida sobre una bandeja… como si nada de todo aquello importara, como si todas las cosas que le rodeaban fueran meros objetos de decoración pasados de moda. Tal vez para él todo eso ya no existía y solo quería mantener una conversación que, posiblemente, era un viejo recuerdo que vivió con su madre, o con una de sus primeras novias, o con un amigo durante un amanecer tras una noche en vela. O a lo mejor era la primera conversación nueva que podía mantener en meses.

El rumor de las olas cantaba para la arena de la playa que, rendida, se convertía en barro. La cortina de la habitación lo celebraba bailando suavemente alguna otra canción. Mientras tanto el joven no podía hablar, no era capaz de verbalizar la sensación de irrealidad que le provocaba una pregunta que ni tan siquiera sabia si era para él.

– Yo caminaría hacia el mar –dijo su padre mirando hacia la ventana –.Me levantaría con mucho esfuerzo y primero daría unos pasos vacilantes para coger equilibrio, ser consciente de mi mismo y salir de las sombras. Cuando estuviera preparado, llegaría al sol y tendría que cubrirme con mi mano, ya que sería como el que sale de su caverna y se deslumbra al ver luz por primera vez. Pero no pararía de andar, aunque fuera vacilante, aunque tropezara, aunque tuviera miedo de caer… porque estaría oyendo el mar: las olas golpeando las rocas, las gaviotas saludando al nuevo día. Entonces llegaría a la arena, como un niño que la siente por primera vez caminaría sobre ella entre asombrado y divertido.  Por fin, el agua mojaría mis pies dejando atrás el calor de la tierra y sonriendo me zambulliría en el mar, para ser agua y ser sal, vestirme de algas y dejarme llevar por bancos de peces que navegan hacia la inmensidad, hacia lugares más cálidos, más fríos o con más alimento. Entonces sería feliz, porque no habría razón de volver a caminar.

Cuando terminó de hablar, se dejó caer sobre su almohada con gesto cansado. El rumor del mar volvió a llenar la habitación. La enfermera le acarició la mano afectuosamente y él la miró como si no la conociera.

El joven se asomó a la ventana. A lo lejos, el rumor de las olas cantaba para la orilla del mar.

 

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

Diez años después

La bala

Escuché el estruendo sordo y ensordecedor, nunca había presenciado el sonido de un balazo y menos de tan cerca. Lo vi caer, sangrando. Mientras, en algún lugar seguía sonando la voz de Dylan diciéndome que no lo pensara dos veces, que estaba bien. Aunque ya se mezclaba con una especie de zumbido extraño.

Lo vi caer, sangrando. Una caída lenta y apesadumbrada; casi aburrida. Parecía más sorprendido que muerto. Me miró a los ojos, pero en su mirada ya no había nada, solo un hueco en el que él seguía cayendo y buscando una explicación. Cuando cayó, su cabeza golpeó dos veces el suelo. Fueron dos golpes secos y duros. No gritó, no se quejó, no se movió ni se tocó el golpe para ver si había un chichón. Solo se quedó ahí tirado, inmóvil, mientras que del cañón del revólver aún salía humillo y yo hacía esfuerzos para contener su retroceso en mi brazo.

Por alguna razón, él siempre había preferido los vinilos. No sé cuánto tiempo pasé observando su cuerpo, pero me dí cuenta de que era tarde. La sala parecía más oscura y la aguja del tocadiscos rayaba las notas vacías del The Freewhelin’. En el fondo era irónico que hubiera sido capaz de hacerlo.

Me acerqué al tocadiscos y, sin soltar el arma, levanté la aguja. Me volví a embobar mirando el cañón del revólver. Él siempre me había insistido: no se llamaba pistola a un revólver; un revólver es otra cosa. En mis manos tenía un 26, japonés, con tambor de 6 balas y una inscripción en el lateral que rezaba “武士道”; el camino de un guerrero que no conocimos. Nunca supe de dónde lo sacó. En ese momento me habría gustado preguntarle pero, lógicamente, ya era tarde. Desde luego, un revólver era otra cosa; la sensación no dejaba de ser extrañamente poética. No podía dejar de pensar en un anticuado capitán de la caballería japonesa, lanzando su última carga a golpe de sable, cayendo de su caballo y recurriendo a las 6 balas de su 26 como medida desesperada contra lo inevitable.

¿De dónde lo habría sacado él?

Saqué el vinilo del tocadiscos y lo lancé contra una pared. Rebusqué entre un montón de álbumes que estaban guardados en una caja bajo el reproductor hasta que encontré el que buscaba y lo puse con el 26 en la mano. Me di la vuelta y me aproximé al cuerpo. El silencio del vinilo dio paso a unas notas, y al poco, Nina Simone comenzó a preguntar Oh Sinnerman, where you gonna run to?

Nunca había presenciado el sonido de un balazo, y menos de tan cerca. Sentí el deseo de hacerlo otra vez. Él tenía razón, una vez que empezaba no podías detenerlo. Era como una droga vieja y antigua, que venía a atraparte desde algún lugar muy lejano. Se equivocó cuando dijo que no era capaz, pero no lo volvería hacer. Desde luego que no, al igual que no se había tocado el golpe al caer, no volvería a dudar de mí.

El tocadiscos gritaba power to the Lord, como un baile en una noche africana. Sentí el fuego creciendo en mí, avivando el dolor de todo lo que nos había llevado hasta allí. Podía terminarlo. Liberarme de esas imágenes y de las anteriores. Olvidarme del capitán japonés, avanzar hacía un silencio completo y arrojarme a su compañía. A pesar de todo, no creía que pudiera vivir en soledad.

Apunté a la cabeza y no tuve miedo. Don’t you know that I need you. Apreté el gatillo. La canción terminó. Y me mantuve allí de pie sin comprender que con el primer disparo, ya me había rodeado del más completo de los silencios.

Ilustración de Alex Hierro

 Ilustración realizada por Alex Hierro

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

La bala

El peluquero

Mi peluquero se llama Eduardo, es ecuatoriano, arrincona los pelos en una esquina y los aspira con una máquina gigante. Además de la máquina, que espera paciente en el último rincón de la peluquería, las maquinillas eléctricas son la única señal de modernidad en el local. El resto es viejo. La decoración es de madera, entre dos grandes espejos hay una fotografía vieja y desgastada, enmarcada en gran formato, de unos peluqueros trabajando. Podría ser el mismo lugar, pero es difícil decirlo. Al otro lado del local, hay un plato colgado con un dibujo del Madrid viejo y una inscripción que dice “Campeonato Europeo de la Peluquería – Madrid 1969”

Eduardo vive ajeno a lo que le rodea. Siempre lleva unos pantalones de traje y una camisa de un solo color. Hoy viste de un rojo oscuro un poco brillante. Su corte de pelo siempre es el mismo: corto, con algo de flequillo hacia arriba y unas entradas ligeramente marcadas. A veces me pregunto dónde se lo corta.

A mi peluquero le encanta España. Llegó hace mucho buscando un sitio y parece que lo ha encontrado: conoce a sus clientes y si le visitas más de tres veces ya será capaz de cortarte el pelo sin preguntarte cómo lo quieres.  Puede trabajar tu corte sin hablar, o puede darte la conversación que busques. A veces solo responde murmurando, porque no tiene nada que decir. Pero siempre hace como que escucha. Eduardo trata a sus clientes como se debe tratar a los caballeros, le gusta el fútbol, Fernando Torres y el Atlético de Madrid.

Muchas veces paso por delante de la peluquería y siempre está Eduardo charlando con alguien o viendo la vida pasar desde el sillón en el que sus clientes se entregan a su trabajo cada día. Parece contento. O más bien tranquilo. En paz.

De camino a casa hay otro peluquero. Toni. Es más bajo que Eduardo, tiene una barriga grande, pelo blanco y mucha coronilla. Toni siempre está en la puerta de su peluquería fumando un gran puro. Su local da a una calle muy estrecha donde nunca llega el sol y por dentro es blanco, sucio y no está decorado. A Toni nunca le he visto hablar con nadie y pocas veces trabajando. Toni pasa la mayor parte del tiempo observando. Observando la entrada a una garaje que no está ni a 20 metros de distancia, viendo a la gente pasar de largo por una calle oscura que no le ofrece ningún horizonte. Pensando en su próximo puro, tal vez en una mujer que ya no está o quizás en los hijos que nunca volvieron mientras que montañas de pelo caían a su alrededor.

La misma profesión con dos miradas diferentes.

Una noche me encontré a Eduardo. Caminaba con su señora agarrada a él. Y Eduardo sonreía feliz.

 

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El peluquero