El peluquero

Mi peluquero se llama Eduardo, es ecuatoriano, arrincona los pelos en una esquina y los aspira con una máquina gigante. Además de la máquina, que espera paciente en el último rincón de la peluquería, las maquinillas eléctricas son la única señal de modernidad en el local. El resto es viejo. La decoración es de madera, entre dos grandes espejos hay una fotografía vieja y desgastada, enmarcada en gran formato, de unos peluqueros trabajando. Podría ser el mismo lugar, pero es difícil decirlo. Al otro lado del local, hay un plato colgado con un dibujo del Madrid viejo y una inscripción que dice “Campeonato Europeo de la Peluquería – Madrid 1969”

Eduardo vive ajeno a lo que le rodea. Siempre lleva unos pantalones de traje y una camisa de un solo color. Hoy viste de un rojo oscuro un poco brillante. Su corte de pelo siempre es el mismo: corto, con algo de flequillo hacia arriba y unas entradas ligeramente marcadas. A veces me pregunto dónde se lo corta.

A mi peluquero le encanta España. Llegó hace mucho buscando un sitio y parece que lo ha encontrado: conoce a sus clientes y si le visitas más de tres veces ya será capaz de cortarte el pelo sin preguntarte cómo lo quieres.  Puede trabajar tu corte sin hablar, o puede darte la conversación que busques. A veces solo responde murmurando, porque no tiene nada que decir. Pero siempre hace como que escucha. Eduardo trata a sus clientes como se debe tratar a los caballeros, le gusta el fútbol, Fernando Torres y el Atlético de Madrid.

Muchas veces paso por delante de la peluquería y siempre está Eduardo charlando con alguien o viendo la vida pasar desde el sillón en el que sus clientes se entregan a su trabajo cada día. Parece contento. O más bien tranquilo. En paz.

De camino a casa hay otro peluquero. Toni. Es más bajo que Eduardo, tiene una barriga grande, pelo blanco y mucha coronilla. Toni siempre está en la puerta de su peluquería fumando un gran puro. Su local da a una calle muy estrecha donde nunca llega el sol y por dentro es blanco, sucio y no está decorado. A Toni nunca le he visto hablar con nadie y pocas veces trabajando. Toni pasa la mayor parte del tiempo observando. Observando la entrada a una garaje que no está ni a 20 metros de distancia, viendo a la gente pasar de largo por una calle oscura que no le ofrece ningún horizonte. Pensando en su próximo puro, tal vez en una mujer que ya no está o quizás en los hijos que nunca volvieron mientras que montañas de pelo caían a su alrededor.

La misma profesión con dos miradas diferentes.

Una noche me encontré a Eduardo. Caminaba con su señora agarrada a él. Y Eduardo sonreía feliz.

 

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

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El peluquero