Sobre aquel día

Me siento en lo alto de una de las colinas del Cerro del Tío Pío. Me gusta observar el atardecer desde aquí, ver como el sol se oculta tras la sierra de Madrid a la vez que lío el penúltimo cigarrillo del día, ese que se va consumir poco a poco, mientras pienso si darle o no la primera calada y, cuando desaparezca del todo, sin que me lo haya llevado a los labios, me estará marcando el momento de abandonar el parque, de volver a mi diminuto apartamento del centro a cenar algún plato congelado y ver pasar canales de televisión esperando a que sea la hora de dormir. Mientras reflexiono si dar esa primera calada pienso en todo eso que vendrá después, en la mañana siguiente y la vuelta a este parque al que llevo viniendo cada día desde hace tantos años que ya soy incapaz de contarlos. Tal vez por eso, sin quererlo, nunca aspiro el humo, nunca me acerco el tabaco a los labios. Porque si fumo el atardecer pasará más rápido y tendré que volver antes a refugiarme en mi soledad.

Probablemente desentono aquí. En el fondo sé que es así. Mi traje de chaqueta oscuro, mi vieja piel africana, mi corbata gris, mis zapatos lustrosos… todo lo que soy contrasta con la jovialidad que me rodea. Parejas que buscan respuestas en sus bocas, deportistas que trotan tras sus objetivos por caminos de tierra, animales que pasean a sus amos a cambio de una cena… Casi siempre ese parque es un espacio a la felicidad pública, compartida en comunidad. Yo no comparto nada y mucho menos alegrías.

Comienzo el ritual encendiendo el cigarrillo para después ignorarlo entre mis dedos. A esta hora del día es el momento en el que mejor me siento. Entonces me permito pensar en ella: me digo que, por fin, he dejado atrás el pasado, que ya no es una carga que envuelvo en papel de fumar para intentar que arda. Sentado donde cuarenta años atrás empezamos a murmurarnos nuestras primeras palabras de amor, me atacan todos los recuerdos que compartimos. “Todos” se resumen en uno.

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Sobre aquel día

Fruto dulce

Bailarines de tango en la playa (Nueva York)

Por fin pisa la playa. Descalzo, siente en su piel el calor de la arena fina. Aspira la brisa salada y fresca que anuncia un próximo atardecer. El rumor de las olas viene y va. Piensa en los viajes que iluminaron su mundo de oscuridad: siente el tacto rugoso de la ciudad perdida de Angkor. Se ahoga con el olor de los callejones en Beijing. Paladea la mezcla de especias que probó en la India. Sus oídos recuperan voces en cientos de idiomas diferentes, voces amigas, seguras y protectoras. Voces que le han llevado a que, por fin, pise esa playa argentina.

La tarde le trae el bullicio de la gente que ha salido a ver la puesta de sol. A unas dos cuadras, como dicen allí, un puesto vende empanadas recién hechas, inundando con su aroma todo el paseo marítimo. Más cerca, unos chicos juegan a fútbol entre gritos, vítores y celebraciones, que no son más que sueños de convertirse en ídolos mundiales.

Las olas vienen, van y su rumor se apaga cuando tras él una orquesta regala un tango al anochecer. Una mano tierna y femenina cae sobre su hombro. Él se gira con una sonrisa educada al oír esa voz argentina, tan de programa radiofónico para noches en vela, que le dice:

—Venga, flaco. Aquí se viene a bailar.

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Fruto dulce