Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)

El sudor se le pegaba a la camisa. Desde el piso treinta dos veía todo Eliat. Sus playas abarrotadas de sombrillas, sus calles desbordadas por el gentío en busca de un restaurante lo menos caro posible, el bullicio de un pueblo que hace tiempo dejó de ser de pescadores. Aquello era un enorme parque de atracciones. Apuró el cigarrillo y lo dejó caer más allá de la barandilla que separaba el abismo vacacional del lujoso apartamento que le había cedido la universidad. Llevaba dos horas allí y ya lo odiaba.

Nadir volvió a la habitación cerrando la puerta de la terraza tras de sí. Se tumbó en la cama y encendió el aire acondicionado. No recordaba haber estado de vacaciones antes. Prefería pasar el tiempo en el observatorio, buscando estrellas cada vez más diminutas. Allí, en medio del desierto, la soledad se convertía en paz interior, lejos de voces cuestionando sus búsquedas ínfimas.

La llamada desde la universidad tardó en llegar, como si la línea telefónica se hubiera perdido entre las dunas que escondían el camino entre el observatorio y Tel Aviv. Tardó, pero llegó. Fue un reproche seco. Había dedicado demasiado tiempo a la búsqueda de las estrellas mínimas. Y ni siquiera era una investigación oficial. En la capital querían resultados de cosas más importantes. Supernovas. Agujeros negros. Nuevos planetas. Pero no de estrellas demasiado pequeñas como para ser descubiertas. Seguir leyendo “Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)”

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Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)

La muerte es buena gente

—¿Sabes qué es lo que me da más miedo?

Lara depositó los cubiertos en la mesa. La frase de Lucas bastó para que el ruido del restaurante desapareciera. Las luces se hicieron tenues, dando paso a la intimidad que requería la conversación.

—¿Qué? —preguntó ella.

Lucas titubeó. Resopló haciendo bailar su flequillo moreno y dijo:

—Equivocarme —miró a Lara a los ojos. —Equivocarnos.

La joven cogió la mano de su novio. ¿Quién no tenía miedo a eso? Puede que solo necesitaran un poco de confianza.

—Puede que solo necesitemos un poco de confianza —resolvió ella. —Ya sabes. Darnos tiempo, ir poco a poco…

El chico se soltó la mano para gesticular con vehemencia.

—No lo entiendes. Seguir leyendo “La muerte es buena gente”

La muerte es buena gente

El matemático, el imbécil y yo.

Allí estábamos los tres, el matemático, el imbécil y yo. Corríamos esquivando árboles de hoja perenne, agachándonos cuando las ramas eran bajas y saltando las rocas que se interponían en nuestro camino. Tras nosotros, nuestros captores nos perseguían cantando una horrible canción. Querían que supieran que no íbamos a escapar. Que estaban cerca. Todo lo cerca que querían; que se divertían con aquel intento de huida.

El imbécil tropezó. Maldito imbécil. Tropezó y con un quejido se quedó en el agujero donde había caído. El matemático y yo volvimos a por él. Aún éramos un equipo. Pero no nos dejó ayudarle. El muy imbécil tiró de nosotros hacia dentro del agujero que resultó ser una pequeña gruta. Allí ganaríamos tiempo. Tiempo para pensar, para descansar. ¿Cómo se le habría ocurrido a él solo?

Sumidos en oscuridad, escuchamos a nuestros perseguidores alejarse. Por fin, un respiro.

—Es mejor no hacer luz—dijo la voz del matemático.— Sería arriesgado.

—¿Alguna idea?—pregunté.

—Esperar. Esperar a que dejen de cantar. Se hará de noche y escaparemos en esta misma oscuridad.

El matemático, a mi izquierda, se dejó caer sobre la pared lisa de la gruta suspirando, para terminar sentado en el suelo. A mi derecha estaba el imbécil, respirando con dificultad.

—¿Y la alambrada?—imité al matemático sentándome—. ¿Cómo la saltaremos?

—Utilizan demasiada energía—contestó el matemático.

—¿Demasiada energía?—repetí sustituyendo al imbécil.

—Sí—dijo impaciente el matemático.— Las alambradas están electrificadas. Pero estos hombres son unos dementes. Tratan de que no escapemos con tanto ahínco, que sobrecargan las verjas.

—Entonces se cortocircuitarán.

—Sí ¿lo has notado?—No, no lo había notado. Ante mi silencio, el matemático prosiguió.—Exactamente a las 3.31 minutos de la madrugada se produce un pequeño cortocircuito que desconecta una sección de la alambrada. Sin embargo es algo que parece pensado. Es decir; es una sección muy estrecha. La valla es circular y la desconexión se produce en el punto más alejado de las celdas, en un espacio de un metro de alambrada y por unos treinta segundos.

—Bueno, eso nos da una pequeña oportunidad—repuse esperanzado. Los cálculos mentales, los murmullos y las molestas observaciones nocturnas del matemático por fin cobraban sentido.

—No a todos—dijo el matemático. Seguir leyendo “El matemático, el imbécil y yo.”

El matemático, el imbécil y yo.

Ruta en bicicleta

El fresco de la mañana de otoño le impedía sudar. Pedaleaba, pedaleaba y pedaleaba persiguiendo a Toni en el ascenso por un terreno ligeramente húmedo. Era un día perfecto para rodar en bicicleta. Tenían los maillots cubiertos de barro y el sol empezaba a secar la tierra que había alcanzado su casco, su cara y su barba. Martín volvió a comprobar la aplicación de su móvil. Ya llevaban 900 metros de ascenso continuado que, sumados a los 20 kilómetros que habían recorrido, pesaban sobre sus piernas.

—¡Vamos, Martín!—le animó Toni poniéndose de pie sobre la bici—. No querrás pagar las cañas.

Trató de pisar más fuerte los pedales, pero no podía hacer más esfuerzo. Así que en vez de responder a su amigo rebasándole de forma impresionante, emulando a los mejores escaladores de la historia, farfulló un gruñido y giró la cara para ocultar su cansancio. Más allá de sus ruedas, el valle se extendía ante él, poblado de árboles ocres y grises, coronado por una Cruz que, como una cicatriz, hacia de frontera entre la montaña y cielo. Aquel bloque de piedra realzaba el contraste de colores en el valle y construía un paisaje que, cada vez que lo había escalado, le había dejado sin palabras.

La presión desapareció de sus piernas al coronar la cima, donde Toni le esperaba tocando su móvil.

—Te haces mayor…—se burló sin mirarle.

Martín echó el pie al suelo.

—Menudas vistas—dijo.

Toni ajustó el teléfono en un adaptador sobre el manillar del sillín.

—No me dirás que te has quedado atrás por mirar el paisaje.

—Tampoco he tardado tanto.

—No tío, pero es que…—Toni buscó una forma de decirlo con suavidad— Ni siquiera has sudado.

Martín se encogió de hombros.

—Hace frío.

— ¡Venga ya! Yo estoy empapado. Podrías haberle dado más.

—No sé…—Martín señaló hacia el Valle. —Dicen que murieron un montón de presos políticos construyendo eso, ¿lo sabías?

— ¿Qué? ¿Ya estás con tus lecciones de historia? —A Toni le agotaban las lecciones de historia de Martín. —Por eso te cansas tanto, no te concentras. Prefieres pensar en gente que ya no existe. Céntrate, que tenemos carrera en nada.

—También dicen que es mentira, que los que trabajaron en la abadía estuvieron contratados.

—Oye, luego debatiremos eso. “Los intereses tras los datos históricos”, “qué difícil es encontrar testimonios verídicos”; y todas esas cosas. Pero ahora —Toni tocó el móvil— sígueme, he preparado un descenso diferente, ¡vas a ver lo que es sudar!

Sin darle tiempo a protestar, Toni se lanzó cuesta abajo. Martín arrancó tras él. Al principio recorrieron el camino habitual; un tramo sin dificultad por el que, a medida que rodaban, iban perdiendo el valle de vista por su derecha. Martín se puso a rueda de Toni y aceleró para adelantarle, pero su amigo no se dejó. La senda estaba algo más seca y levantaron polvo entre los árboles. Toni le hizo una señal a Martín y este le siguió para girar hacia una estrecha “trialera” repleta de raíces y piedras.

Bajaron a toda velocidad saltando sobre el sillín y manteniendo el equilibrio con dificultad, arriesgando en cada pequeño giro para evitar el choque y la caída. La senda era muy estrecha y tenían que ir uno detrás del otro. Cualquier error les habría llevado a un accidente. Pero lograron mantener el ritmo gracias a su técnica experimentada.

Los árboles se abrieron y los dos ciclistas atravesaron un cruce para lanzarse por un camino empedrado. Al final del mismo, la montaña que les separaba del Valle se acercaba imparable hacia ellos. En su base, una pequeña boca negra les esperaba. Seguir leyendo “Ruta en bicicleta”

Ruta en bicicleta

Otoño

Para Bernard el hallazgo ha sido molesto porque sabe lo que significa. Ya no recuerda cuánto tiempo lleva vagando por el desierto, deslizándose ocioso entre dunas, bañándose en oasis secretos y jugando con chacales hasta el fin de la madrugada. Bernard disfruta del calor y camina sobre la arena pensando que nunca se acabará. Nunca termina pero en medio de su alegría ha encontrado lo que más odia y lo que, al fin y al cabo, le llevará a un final que antes no existía.

Decir que no le gustan los ascensores resultaría poco preciso porque los detesta de tal forma que desconoce si hay alguna palabra para definir la sensación que le provocan. Cuando le preguntan, Bernard se encoge de hombros y con la mirada dice: «¿Pero cómo no me va a causar repulsa una caja con luz artificial que se desplaza en vertical sin ningún tipo de control y nos suspende a grandes alturas? La vida se transforma mientras nos encerramos en ese horrible cubo y todo nos es desconocido cuando salimos de él». Lo dice así, con esa mirada azul que siempre ha huido del frío. Y así lo entiende la gente que, por toda respuesta, solo pueden imitarle y encogerse de hombros.

Por eso cuando se encuentra un ascensor en lo alto de la última duna a Bernard se le revuelve algo en el estómago. Como cuando alguien estropea una velada con un comentario desafortunado. Todo sigue ahí: el desierto, su felicidad y los coyotes que mordisquean juguetones su túnica. Pero un elemento extraño ha irrumpido y, aunque mire hacia otro lado, aunque trate de ignorarlo, sabe que sigue ahí y eso le molesta tanto que no puede dejar de pensar en ello.

Bernard sabe que esa sensación no desaparecerá mientras que el ascensor siga allí. Así que desplaza la verja hacia fuera y deja al descubierto un cajón de pino con una puerta doble. En cada hoja hay un cristal translucido decorado con árboles semidesnudos sobre un manto de hojas. Hasta a Bernard le parece una imagen hermosa. Suspirando, tira de los pomos dorados y entra a la caja.  Seguir leyendo “Otoño”

Otoño

Crítica: “Las palabras inexistentes”; de Aleksandar Divac

Probablemente, quien haya leído alguna vez a Aleksandar Divac se habrá quedado con la idea de que es un desequilibrado mental. Seguramente tenga razón, tal vez sea ese el motivo de su escasa e intermitente obra literaria. O tal vez sea un genio oculto en nuestra era que no hemos sabido valorar debidamente.

Que a las puertas de la disolución yugoslava, el escritor pensara que su mejor contribución al país era un compendio de pianos abandonados en lugares extraños no habla muy bien de su ubicación en la realidad. De hecho, Aleksandar nunca viajó a los lugares de los que habló en su libro. Jamás escaló a la cima de un volcán. No hay certeza de que navegara el Pacífico Sur. Y, desde luego, nunca empuñó un arma; ni siquiera participó en los conflictos de los Balcanes. El yugoslavo solo había visto su país y no se planteó ver nada más, a pesar de tener pasión por describir el mundo. A lo largo de los capítulos de “La terrible vida de los pianos nómadas” podía profundizar en descripciones muy detalladas sin explicar el motivo de la aparición de un piano en un lugar en el que estaba claramente fuera de contexto. Aparentemente, su preocupación era más bien estética, y no buscaba justificación o hilo argumental; ni en lo fantástico ni en lo real.

A pesar de esta obra poblada de pianos en situaciones bizarras, Divac se granjeó gran respeto y admiración tanto de serbios, como de bosnios, croatas y del resto de realidades nacionales que conformaron su viejo país. Se dice que pasó la guerra en las laderas de Derevica; viviendo y escribiendo en la frontera albano kosovar; recibiendo saludos y respeto de cualquier bando de militares que pasara por allí. Tal vez fue capaz de crear el único espacio de paz en el país durante los primeros años de los noventa.

Yo mismo pensaba que el yugoslavo era un loco pero en estos cinco últimos años he encontrado dos motivos para cambiar mi opinión. Todo empezó cuando encontré un texto de Roberto Bolaño en el que relataba una conversación con Divac. Los motivos por los que Aleksandar recibió a Bolaño me son desconocidos porque tras la guerra el autor serbio se enclaustró en su cabaña a lo Salinger, para no salir nunca de allí.

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Crítica: “Las palabras inexistentes”; de Aleksandar Divac

Trazos

 

El papel asimila la tinta negra que ha recibido desde un golpe de pincel. Estoy embelesado. Y sacudo la cabeza recordando que no es un golpe, es un trazo o, más bien, es una caricia. Es eso. El maestro gira la muñeca de forma imperceptible y, desde el pincel, acaricia el papel para crear una línea perfecta. Es la cantidad de tinta justa, proyectada de la forma correcta para que el papel, que es un lienzo, absorba la sangre negra que le va a dar vida permitiendo que se extienda con un sonido inaudible. Pero no casual. Todo es como él quiere: la anchura del trazo, la profundidad de la mancha, los claros en el papel. Todo. Llevamos el día entero sentados sobre el tatami, como es habitual, y su concentración va más allá de esos detalles. En la penumbra de la habitación no se escucha nada, ni siquiera su respiración.

Tras el último gesto se levanta, sacude el kimono, impoluto, y abre la puerta corredera para salir al jardín que el papel de arroz no nos dejaba ver. Cuando desaparece de mi vista, me levanto ansioso para asomarme a su obra.

Es perfecta. Una “u” inversa partida en la mitad por una línea coronada por otro trazo horizontal mucho más corto, como un paraguas. Dentro del símbolo cuatro toques, cuatro gotas para completar el símbolo “ame”. Lluvia.

Miro al jardín y el sol me ciega ligeramente. Acostumbrado a la penumbra de la habitación tapo la luz con mis manos para disfrutar de la vida que tenemos a solo cuatro pasos de nosotros. El maestro siempre cultivó un huerto que ahora debo cuidar yo. Es pequeño, con tomateras, lechugas y otras plantas como albahaca y lavanda. Nunca trabajamos fuera aunque el día sea tan fresco y despejado como el de hoy.

Oigo sus pasos y me deslizo al lugar donde pertenezco. Espero con aire circunspecto pero él no disimula su enfado. Entra, coge su obra, se acerca a la mía, las mira, gruñe, las arruga, las lanza al jardín y se va. Seguir leyendo “Trazos”

Trazos