El spray mágico

(Cuento basado en “El pincel mágico”; un cuento popular chino. Se puede leer una versión aquí. El cuento está publicado en Editorial Juventud)

 

No terminó de rellenar la frase “¿Qué es poesía?” en el muro del Museo del Prado. En cuanto oyó a los guardias, precedidos por sus perros, recogió los botes de pintura y echó a correr.

La mochila, repleta de sprays, le pesaba. El pantalón, anchísimo, se caía. Fido tropezaba, perdía botes de spray y temía quedarse en calzoncillos mientras huía. A la altura de un portal, alguien le interceptó empujándole hacia dentro.

Fido intentó resistirse pero la mano de su captor, sucia y maloliente, le tapó la boca:

– Chstt…- susurraron unos ojos rodeados de pelo canoso y alborotado.

Afuera los perros pasaron de largo seguidos de los guardias, que intentaban alcanzarlos.

El extraño soltó a Fido. Era un hombre anciano con aspecto de mendigo. Estaba sucio, vestía un abrigo andrajoso y su aliento mareaba:

– Te gusta pintar, ¿eh?

Fido asintió:

– Yo tengo algo con lo que podrás pintar todo lo que quieras – el viejo empezó a rebuscar en su abrigo, hasta que sacó un spray oscuro y oxidado, sin marca ni etiqueta. – Toma, pruébalo. Sé que lo usarás bien.

Al viejo le brillaban los ojos, pero no dijo nada más. Cuando Fido cogió el spray lo examinó un momento. Volvió a buscar los ojos del mendigo para pedir una explicación, pero el anciano ya no estaba allí.

Fido llegó al portal de su casa jugueteando con el bote de pintura. Además de parecer muy antiguo y usado, no le veía nada especial. Empezó a hacer la forma oscura un pingüino en la pared. Luego rellenó con el mismo color negro del spray gran parte del cuerpo. Le gustaban los pingüinos, le divertía como se balanceaban de un lado a otro para caminar, como si se fueran a caer; y cómo se volvían totalmente ágiles cuando cazaban algún pez incauto.

Aún sin tener más colores, empezó a trazar el pico. Y entonces, automáticamente, el bote lo pintó de naranja oxidado, justo el color que él había imaginado. Fido estaba tan impresionado que no podía parar de dibujar, completando los detalles del pingüino con colores imposibles que solo cabían en su imaginación y que salían del spray según entraban en su cabeza.

Al terminar, dio dos pasos atrás para completar el total de su obra. Era el pingüino más bonito que había hecho nunca. Además del pico anaranjado, los ojos le habían quedado grandes y azules. En las alas, le había añadido detalles rojos y morados, como si fuera una especie de pingüino emperador viejo y sabio. Fido estaba realmente satisfecho con el bote del mendigo misterioso.

Cuando Fido iba a subir a casa haciéndose mil preguntas sobre la composición del bote, escuchó un graznido que venía de la pared. Volvió atrás y lo que vio le dejó pasmado: el dibujo ya no estaba allí. Es decir, ya no estaba en la pared. El muro estaba totalmente limpio y ante él, el pingüino paseaba balanceándose patosamente, como si siempre hubiera tenido vida y nunca hubiera sabido caminar.

Fido no se lo podía creer. Pintó en la misma pared un pez hermoso que, al momento, cayó al suelo boqueando en busca de mar. El pingüino se lanzó a por él y lo engulló.

El spray que le había dado el viejo era mágico.

Fido pasó los días siguientes pintando las cosas que siempre había querido ver en su barrio: Sobre el descampado hizo un parque en el que vivían un montón de aves, con un lago para los patos que dibujó a continuación. Al lado pintó una cancha de baloncesto y una pelota con la que los más pequeños podían jugar. A las familias más pobres les coloreó un huerto y a los más mayores, bastones, sillas de ruedas y ayudas para su movilidad.

Todos los vecinos estaban contentos con Fido y su spray mágico.

Un día llegaron los antidisturbios al barrio. Iban a ejecutar el desahucio de Doña Fernanda, una de las señoras más pobres y ancianas de la zona. Los vecinos se reunieron para evitarlo: gritaron consignas, hicieron sentadas y, cuando la cosa se puso más fea, lanzaron piedras contra la autoridad. Fido no podía permitirlo, así que grafiteó un gigante de un solo ojo, deseando que fuera uno de esos gigantes a los que no les gusta mucho la policía. En efecto, en cuanto el inmenso ser despertó, enfureció al ver a tantos uniformados por la calle, y comenzó a atacarlos con puñetazos y patadas.

La policía huyó asustada y los vecinos vitorearon a Fido y al gigante. Pero la alegría no podía durar mucho: pocas horas después aparecieron más efectivos de los antidisturbios; tantos que casi no cabían en el barrio. Cuando estaban tratando de tumbar al gigante escalando sobre él, Fido dibujó un dragón verde, deseando que sintiera mucha simpatía por los gigantes valientes de un solo ojo y que lanzara por la boca un gas verdoso que confundiera a los policías y les hiciera llorar hasta comer cocido de Doña Fernanda, probablemente el mejor del barrio. Así despertó el dragón, con grandes ansias de salvar a su buen amigo el gigante de un solo ojo. Echó a volar y gaseó a todos los policías. Al momento, el barrio era un baño de lágrimas de cocodrilo que pedían un bocado de ese cocido de Doña Fernanda. Y ella, muy ufana, se puso a cocinar al momento para todos los agentes de la autoridad: “Si realmente quieren sacarme de mi piso, necesitan un montón de energía”; bromeó ella. Pero cada agente que comía y olvidaba su llanto declaraba que no tenía corazón para dejar en la calle a una mujer que cocinaba tan bien como Doña Fernanda.

Alguien importante se enfadó viendo que un solo chico tenía tanto poder y lograba detener dos veces un desahucio. Puede que Doña Fernanda, su piso y su cocido le importaran un comino. Pero no podía permitir esa afrenta a la autoridad. Así que mientras policías, vecinos, gigante de un solo ojo y dragón verde celebraban lo que pasó a ser conocido como la primera gran fiesta del cocido de la Fernanda; un equipo de operaciones especiales capturó a Fido y se lo llevó a una prisión de alta seguridad.

La cárcel no tenía ni barrotes ni ventanas. Un pequeño colchón ocupaba una esquina, en otra había una palangana para hacer las cosas que el cuerpo necesitaba hacer, en la siguiente estaba la puerta; grande, gris y metálica y; en la última esquina, Fido se acurrucaba preguntándose qué sería de su suerte.

Con gran estruendo la puerta se abrió. Un señor trajeado, con gafas y barba entró y ,tras él, alguien cerró la puerta. El señor trajeado se identificó como el presidente del país:

– Soy una persona muy importante, me tienes que hacer caso, chaval – aclaró.

No se anduvo por las ramas: sabían lo del spray mágico e iban a necesitarlo para colorear un país mejor. Fido se negó, no pensaba entregar el bote a nadie. El señor trajeado, que era una persona muy importante y presidente del país, permaneció impasible:

– ¡Entra! – gritó al aire.

Un hombre con mala pinta entró y ,sin decir nada, le dio un coscorrón a Fido, le quitó el bote mágico y se lo dio al señor trajeado. El presidente sonrió y, como si tuviera un tic, empezó a guiñar el ojo.

– Vamos a probar.

Fue hacia la pared y dibujó una montaña de billetes de quinientos euros. Al instante, los billetes comenzaron a materializarse en el suelo de la celda. El señor trajeado estaba entusiasmado:

– ¡Rápido, traed los sobres!

Pero fue inútil, porque tan rápido como tocaban los billetes, estos se deshacían dejando un rastro de polvo donde antes había millones de euros. El hombre importante estaba entonces enfurecido:

– ¿Por qué no funciona? – preguntó lanzando el spray contra Fido.

El muchacho cogió el bote al vuelo y contestó:

– Solo las cosas que yo dibuje perdurarán más allá de esta celda.

– Pues dibujarás para mi. Lo que yo ordene, cuando yo lo diga.

– Ni soñarlo.

– Tienes tres días, chico – amenazó el presidente. – Y si no, puedes olvidarte de tu dragón verde, de tu gigante de un solo ojo y de que Doña Fernanda prepare un cocido más.

En cuanto el hombre trajeado e importante que decía ser presidente del país le dejó a solas con la amenaza en el aire, Fido se puso manos a la obra.

En una de las paredes trazó un hermoso paisaje. Al fondo unas montañas nevadas invitaban a la aventura, y desde ellas, descendía un río hasta el suelo de la celda, que bordeaba un bosque frondoso y misterioso.

Tardó los tres días en pintar el paisaje y su fauna. Cuando terminó, dibujó un caballo blanco con una mancha negra en el lomo y montó sobre él para cabalgar hacia la profundidad del paisaje y desaparecer por siempre.

Al final del tercer día los guardias encontraron la celda vacía. Cuando intentaron lanzarse a perseguir a Fido a través del paisaje, solo consiguieron mancharse toda la ropa de pintura, que aún no estaba seca del todo.

El spray mágico