Grunt y Grant

Grunt y Grant se observan con la desconfianza del que cree que va a ser víctima de un atraco. Desde la distancia no habría porqué sospechar nada. Dos hombres que caminan con porte elegante, conectados por sus trajes de cachemira y sus corbatas discretas, casi deberían de hacerse un guiño al encontrarse: una media sonrisa, una ligera reverencia, un mutuo aprecio por el brillo de sus gemelos. Algo así. Grunt y Grant tienen, sin embargo, motivos suficientes para ser cautelosos: dos hombres trajeados cruzándose en las arenas del desierto no es algo habitual.

Finalmente, en un lugar donde solo hay arena y dos dunas se unen, Grunt y Grant se encuentran frente a frente. Grant observa a Grunt. Grunt escruta a Grant. Grant carraspea incómodo, tratando de mantener el porte. Lo hace con un sonido similar a “grumpf” que a Grunt le suena a “grunt”. Sintiéndose identificado con la onomatopeya, Grunt da un respingo y comienza a hacer gala de una educación automática, habitual en cualquier otra circunstancia:
—Encantado señor…— dice ofreciendo su mano.
—Grant—responde el otro estrechándola—. Señor Grant. Un placer encontrarle, señor…
—Grunt—completa Grunt disimulando desconcierto.
—Oh…¡Claro!

Las dos figuras hunden sus pies en la arena mientras mantienen sus manos estrechadas y miradas fijas en silencio. Grant, suelta la mano con forzada naturalidad y extrae de su bolsillo un pequeño reloj.

—¡Vaya! Se hace tarde— comenta como si le esperaran en algún lugar.
—¡Oh!¿Es un Buringuer?—Grunt mira el reloj fingiendo admiración.

Grant responde ufano:

—Claro. Un 40—16 de 300 bares y 4ks diseñado por Carli Bruna.
—No está mal—asiente Grunt—. Yo lo cambié hace poco por el 40—18—.Sin que Grant lo solicite, Grunt extrae de su bolsillo su flamante Buringuer 40—18. —Solo tiene 600 bares y 8ks, pero pedí que pusieran remaches en oro en forma de mi nombre.
Grunt muestra el reverso del reloj donde se hace difícil leer Grunt por los destellos que lanza al reflejar el sol del desierto.
—No está mal—confirma Grant deslumbrado—. Aunque, ya sabe, yo el oro lo prefiero en el Banco Exclusivo de las Islas Vírgenes. Solo aceptan a otras diez personas en el mundo y es más seguro que llevarlo encima.
Grunt se encoge de hombro y guarda el Buringuer.
—No es todo mi oro, por supuesto —tras las presentaciones, ya siente que está hablando con un igual—.¿Qué hace usted por aquí?
—¡Oh!—Grant balancea su cuerpo adelante y atrás sin mover los pies del suelo—. Me dirigía al Club oasis para gente muy especial, por supuesto. Ya sabe, palmeras, cócteles, delicias exóticas y unos días de asueto para millonarios cansados.
—¡Qué casualidad!—Grunt no cabe en sí de gozo—.Justo vengo de allí.
—¡Será verdad!¿Y qué tal?
—Pst… Para serle sincero, ha bajado la calidad de atención: me cambio al Club oasis para gente REALMENTE especial.
—¿Le han admitido?—Grant no puede evitar torcer el gesto. Grunt se encoge de hombros como si lo lógico fuera que, como de hecho ha ocurrido, le admitieran.
—Ya sabe: palmeras, cócteles, delicias exóticas y unos días de asueto para millonarios realmente cansados.
—A mi me invitaron a entrar, pero…
—¿Pero?
—Lo típico, en aquel momento no estaba REALMENTE cansado.
—Usted no lo necesitaba.
—No—confirma Grant como despistado—. Estaba ocupado siendo muy millonario.
—Como todos—asiente Grunt.
—Tiempos difíciles—apostilla Grant.

Los dos hombres buscan una forma de finalizar la conversación, pero ninguno se siente capaz de hacerlo de forma exquisita y educada. Miran a los lados tanteando posibles salidas en los horizontes de arena, pero solo encuentran la cálida brisa del desierto recorriendo sus dunas. Los trajes de Grunt y Grant se agitan con los golpes de aire, hasta que del hombro izquierdo de Grunt se escapa un pedacito minúsculo de tela elevándose hacia el cielo del desierto como una mota de ceniza al final de un incendio. Ante esa visión, Grant se tapa la boca, conmocionado y señala al hombro de Grunt, desde el que más pedacitos de tela empiezan a escaparse, rasgando el porte señorial del hombre.

—Pero…¿usted?—Grant señala a Grunt, estupefacto.
—¡No lo comprendo!—Exclama Grunt—. Me aseguraron en el club que no habría problema.

Grunt trata de contener la descomposición de su chaqueta tapándose el hombro con la mano. La posición, además de desesperada, resulta inútil, porque la ropa comienza a deshacerse desde el otro hombro. Sería cómico describir a Grunt dando saltitos en la arena, tratando de atrapar pequeñas piezas de tela con el mentón, si no fuera porque sabemos que, realmente, está pasando por un mal momento.

—¡Usted es un fraude!
Grant le señala con el dedo.
—¡Ayúdeme, por favor!—Grunt se ha rendido y la chaqueta ya es un vestigio de lo que era.
—¡Jamás! ¿Qué dirán de mí si ayudo a un miserable?
—Fue una mala inversión. ¡De verdad! Un pequeño error…
—¡Claro!¿Y eso te obligó a evadir impuestos?¿A caer en la ruina?
—¡Se lo ruego! ¡Ayúdeme a entrar al club!
—¡Vende el Buringuer!

Grunt se deja caer entre los pedacitos de tela que revolotean a su alrededor.

—Es todo lo que tengo—dice sollozando.

Grant comienza a sentir auténtica lástima por Grunt. Un tenue calor calienta su pecho y no tiene nada que ver con el clima del desierto. Tal vez sea un momento hermoso para ofrecer un acto de caridad, revertir de algún modo su fortuna en los demás. Si le apuran, incluso arriesgar su imagen pública por una persona tan ajena a su realidad.

—Mira, tengo una propuesta—Grant levanta a Grunt—. Te compro el Buringuer, por un cuarto de la mitad de lo que te costó. Invertiré el dinero de forma inteligente. Y, si algún día quieres recuperarlo, podrás recomprármerlo por tres veces el doble de lo que te costó.

Grunt es un hombre derrotado. Se seca las lágrimas y mira a Grant, que le ofrece la mano con una sonrisa de alta sociedad. Cuando está a punto de estrechársela, de aceptar lo que ,definitivamente, sería un atraco, el robo del siglo en aquel desierto, se percata de algo. En la americana de Grant el bolsillo se ha deshilachado y las costuras comienzan a abombarse. La tela no tarda en rasgarse y elevarse hacia el sol del desierto poco a poco, pedazo a pedazo. Rodeados de los trocitos de tela, los dos hombres se miran en silencio. Grant incluso se esfuerza por parecer algo avergonzado.

—¡Tú también eres un maldito fraude!—le grita Grunt.
—Y bien…¿qué esperabas encontrar por aquí?—responde Grant.

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