Grasa runner

La bulliciosa calma del pueblo se ve interrumpida por una pesada polvareda que se acerca entre los campos de cultivo del este. A pesar de que la tierra tiembla los lugareños aún no se inmutan: tienden a pensar que la tranquilidad estival no se rompe así porque sí. Un tractor demasiado grande. Una manada de ovejas descarriadas. O, por fin, el camión cisterna listo para paliar la sequía que asola la meseta.

Nada de eso. Oteando desde el bar, los parroquianos distinguen en la nube de polvo una figura monstruosa. Un gordo. Un hombre obeso corre desnudo entre campos de trigo amarillo. Nadie le conoce. Nadie le espera. Las piedras del camino huyen de sus zancadas. Sus piernas fofas están cubiertas de suciedad arrastrada por kilómetros ya aplastados. Las lorzas bailan sobre sus nalgas, cubriendo mundos infinitos entre pliegues y pellejo. No hay un centímetro de piel sin su pelo. Ni milímetro desprovisto de una capa de sudor protectora. El gordo, grande, barbudo, extraño; solo viste una visera de Barcelona 92 sobre la cabeza para evitar que el sol deslumbre su ojos y le desvie del trayecto que se ha marcado.

El hombre de grasa se dirige hacia el pueblo con ritmo regular y respiración entrecortada. Los lugareños intercambian miradas desconcertadas, confirmando lo que se les echa encima. Las señoras cierran ventanas y echan postigos. Pero el pueblo sigue en silencio, escuchando el trote cochinero del gordo que es un runrún haciéndose más y más grande.

Corriendo ya pisa asfalto y no se inmuta. No le importa el calor de las cuatro de la tarde, le da igual el chorretón de sudor surcando el labio. Los pies descalzos chafan carretera como hierba fresca y el avance es imparable. El gordo remonta la cuesta del pueblo, pocas casas sobre una colina que domina terrenos de cultivo: trigo por un lado, frutales por el otro y viñedos bien repartidos entre ambos. El sol cae como un castigo y los habitantes se mantienen en las sombras frescas de sus calles. Temen cruzarse con esa mole imparable, que no saben si funciona por inercia o por fuerza centrífuga. Tienen miedo de ser arrollados y que el calor les aprisione sobre el pavimento de sus calles, que han visto tanto y nunca han presenciado algo así. La decisión unánime, silenciosa, es permanecer expectantes y seguir observando como una definición mórbida de obesidad atraviesa el lugar que ellos llaman hogar.

Ese hombre que corre no se sabe desde dónde ni desde cuándo, alcanza la calle principal del pueblo. El sonido amortiguado de las callosas plantas de sus pies contra el pavimento acompaña los movimientos del gordo, ágiles para una persona de su tamaño. La aldea es bonita. Casas bajas y blancas rematadas con tejas rojas, humilde iglesia románica y un molino ancestral presidiendo el paisaje quijotesco. No es, sin embargo, un lugar detenido en el tiempo. En la primera esquina de la primera casa, una cuadrilla de adolescentes se arrebujan en una sombra comiendo pipas y dando voces vacías, ajenos a la mole que rompe la paz que ellos ya no descomponen por formar parte de un cuadro costumbrista mesetario. Al ver llegar al gordo, uno de los chavales da un codazo a otro y todos se giran para contemplar, boquiabiertos, la densa imagen que se viene encima. Es casi una bola de pelo húmeda andante y, si el silencio fuera completo y aquello un spaguetti western, podrían oír cómo gira sobre sí misma, atravesando el desierto de Almería previo al duelo final que cerrará la película. Ellos no hablan, pero las cáscaras de pipa sí golpean el suelo e, inevitablemente, se acompasan al galope del obeso que, ahora en llano y terreno liso, puede apretar el paso. El corredor pasa ante los jóvenes dejando tras de sí su olor a deportista de élite por duchar y los chavales miran hipnotizados su trasero, grande y parcialmente cubierto por capas de tocino, pelo y metros de piel inabarcables.

Para uno de ellos es demasiado. Y empieza a reír. Se carcajea de la imagen. Se mofa de las formas redondas, de la desnudez ridícula del corredor de fondo que mejor estaría en un sofá ingiriendo hidratos. A alguien se le ocurre un chiste que es secundado por otro y una tercera chanza provoca que los jóvenes se revuelquen sobre el suelo, sin importar que las cáscaras de pipas se claven en sus camisetas ajustadas, porque no pueden evitar burlarse de un físico imposible, de un corredor absurdo. Y de una visera Barcelona 92 que casi desnuda más que viste.

El jolgorio recorre el pueblo y los postigos se vuelven a abrir. Al principio las señoras se desconciertan contemplando el paso de un cuerpo trémulo a alta velocidad. Pero ven a los jóvenes señalándolo desde el suelo, desternillados, y apoyan sus brazos también trémulos sobre los alféizares, los ventanales, las barandillas; así ríen un poco tímidas, escondiendo la carcajada como si el gordo, su desnudez, o que esté haciendo deporte fueran un tema tabú en la zona.

Cuando el solitario corredor de fondo llega al bar ubicado en la última casa del pueblo, ya se ha dado cuenta de que es objeto de todas las burlas y comidillas de la localidad. No se rinde y mantiene el ritmo, ignorando a los viejos que brindan con una copa de anís por tantos kilómetros como metros de piel le protegen en su camino. Alzan las copas mostrando dentaduras sucias, desdentadas, doradas; y beben por él, o porque abandone sus calles tan pronto como parece que va a ser y les libre de su horrible visión.

Con la barba goteando, el gordo ataca el descenso hacia la llanura castellana mientras el eco de las burlas le persigue. Y aprieta el paso, corre más, hunde pisadas enormes en la carretera para llegar más lejos, más rápido. Desde su frente, el sudor es una cascada que desciende haciendo meandros por los poros de su piel. De esos poros, jinetes de las lorzas imposibles, empieza a escaparse grasa. Tocino de cielo para el pueblo castellano,  sebo que vuela desde el gordo, mantequilla que aterriza sobre el pueblo haciendo resbalar a sus gentes, chorretones pringosos que cubren campos de trigo, árboles frutales y algunos viñedos. El gordo se va librando de la grasa que le posee y se la deja en herencia al pueblo que se burló de él. Sin dejar de correr, sintiéndose más ligero, viendo sus lorzas desaparecer, el gordo se quita la visera un momento y se rasca la cabeza, de donde también escapa algo de tocino destinado a cubrir la iglesia románica. Aliviado, adelgazado, el hombre se alegra de correr desnudo, porque realmente temía que la ropa no dejara escapar a toda esa grasa de la que se quería desprender.

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