Semana Santafit

Viernes santo

El suelo no existía. El suelo era un charco claro de sudores entremezclados sobre el que se dibujaban las ondas de sonido proyectadas desde aquellos enormes altavoces. Cuatro amplificadores con los graves ecualizados hasta arriba que nos marcaban un ritmo de pedaleo infernal. El monitor nos vigilaba desde su altar con los ojos inyectados en sangre. Al principio nos animaba, nos gritaba, nos insultaba. Luego pasó a amenazarnos, a gritarnos, a insultarnos. Nos habíamos aprendido la rutina, a fuerza de repetirla, y lo único que entraba en nuestras cabezas era tratar de predecir cuánto tiempo aguantaríamos sobre las bicicletas.

Mcfly lo sabía. Yo lo sabía. Samantha lo sabía más que ninguno de nosotros. Ella pedaleaba sobre la bicicleta estática con la misma habilidad que un pato; tan solo sus lorzas seguían el ritmo del reggeaton que sonaba en nuestros ejercicios. Se ahogaba: boqueaba como un pez recién sacado del mar, luchando por asimilar oxígeno por encima del manillar. Pero no podía más. Miré a Mcfly por el rabillo del ojo. Él también se había dado cuenta. Si no hacíamos nada, Samantha no pasaría de la siguiente canción.

Se lanzó Mcfly. Supe que lo haría porque me miró y se atusó aquel horrible bigote ochentero. Fue una señal para que le siguiera. Asentí y fingí disminuir mi pedaleo. La rutina llegó a su fin. El monitor empezó aplaudir:

—¡Bravo chicos! ¿Os apetece otra ronda?

Solo podíamos responder con más pedaleos porque no teníamos fuerzas para protestar.

—¡Genial!

Parecía creer que realmente estábamos disfrutando. Se giró a tocar el ordenador. A veces lo hacía, se daba la vuelta y cambiaba la lista de reproducción, supongo que no existe ningún tarado al que le guste escuchar las mismas canciones una y otra vez. Samantha se dejó caer sobre el manillar. No podía más. Simplemente, sus pies dejaron de mover los pedales.

—¿Qué hemos dicho antes de dejar de pedalear? Seguir leyendo “Semana Santafit”

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Grasa runner

La bulliciosa calma del pueblo se ve interrumpida por una pesada polvareda que se acerca entre los campos de cultivo del este. A pesar de que la tierra tiembla los lugareños aún no se inmutan: tienden a pensar que la tranquilidad estival no se rompe así porque sí. Un tractor demasiado grande. Una manada de ovejas descarriadas. O, por fin, el camión cisterna listo para paliar la sequía que asola la meseta.

Nada de eso. Oteando desde el bar, los parroquianos distinguen en la nube de polvo una figura monstruosa. Un gordo. Un hombre obeso corre desnudo entre campos de trigo amarillo. Nadie le conoce. Nadie le espera. Las piedras del camino huyen de sus zancadas. Sus piernas fofas están cubiertas de suciedad arrastrada por kilómetros ya aplastados. Las lorzas bailan sobre sus nalgas, cubriendo mundos infinitos entre pliegues y pellejo. No hay un centímetro de piel sin su pelo. Ni milímetro desprovisto de una capa de sudor protectora. El gordo, grande, barbudo, extraño; solo viste una visera de Barcelona 92 sobre la cabeza para evitar que el sol deslumbre su ojos y le desvie del trayecto que se ha marcado.

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Grasa runner