Humo

Allí dentro también olía a humo. Como en el bosque reducido a cenizas. El bosque que ya no era bosque. Como en los edificios grises, derruidos. Allí dentro el humo era aire sin incendios. Persianas bajadas y polvo acumulado. Cuando Fran y sus investigadores abrieron dejando a la luz seguir su camino natural descubrieron el peso de la suciedad llenando un apartamento vacío. Tan solo una de las esquinas estaba ocupada por un colchón desnudo, rodeado de carpetas arrugadas y libretas blancas. El blanco era un color extraño, contraste al hollín que no estaba allí. Y que, sin embargo, se sentía en los más profundo de la nariz.

El niño también olía a humo. Convaleciente en la cama del hospital, lleno de quemaduras, dejó una emanación de tizne y cenizas en la nariz de Fran. Supo que la sensación no le abandonaría hasta cerrar la investigación. La declaración del niño fue extraña, como un sueño confuso. El fuego rodeó al chico, atrapado en medio del bosque, sin posibilidad de escape. Entre el calor y los árboles que caían, mientras esquivaba pequeños animales ardiendo que luchaban por su vida, vio algo que le dejó paralizado. Una figura se abría paso entre el fuego. Un ser extraño, de formas redondeadas, de cuya cabeza emergía un gran tubo y que le miraba desde un solo ojo metálico. El ser se aproximó al niño mostrando su piel desnuda, arrugada, libre de toda quemadura a pesar de que había atravesado un muro de fuego. Le puso las manos sobre el hombro, murmuró algo ininteligible y, entonces, el chico se desmayó.


Fran abrió una de las carpetas arrugadas al azar. A su alrededor el equipo de forenses tomaba muestras, alguien hacía fotos y él tenía que comprobar que realmente la persona que buscaban vivía allí. Aquel ser extraño. La carpeta contenía recortes de periódicos sin un orden aparente. Todos hablaban de incendios. En bosques. Apartamentos. Colegios. Veranos. Inviernos. En la provincia. Fuera del país. Eran más de doscientas noticias sobre tierra quemada. Algunas estaban en otros idiomas.Ninguna parecía esclarecer las causas o el culpable de la destrucción del fuego.

El investigador dejó la carpeta a un lado. Pensó en cómo habían encontrado al niño. Cuando los bomberos llegaron al límite del bosque vieron un traje térmico cubriendo el cuerpo del chico. Magullado, con quemaduras leves para lo que estaba ocurriendo en el monte, el niño respiraba bajo un gran ojo de metal. Alguien le había sacado de allí, dejándole bajo la protección del traje y de una bombona de oxígeno.

Las libretas blancas solo tenían fotos. Menos que recortes de prensa había en las carpetas. Imágenes repetitivas de distintos grupos de chavales posando en equipo, agarrados por los hombros, mirando desafiantes a la cámara, dispuestos a comerse el mundo, al rival o quien se interpusiera entre ellos y el balón de baloncesto que custodiaban. Las edades de los chicos y los años en los que se tomaban las imágenes -estaban fechadas- eran variadas. Pero todas tenían algo en común; un hombre, joven, de ojeras profundas y eterna barba de cuatro días; les acompañaba en todas ellas. De vez en cuando algunas fotografías eran diferentes: excursiones, paseos por el bosque, noches de acampada. En esas imágenes, y en una de los equipos más recientes, Fran encontró al niño que sobrevivió al incendio. De mirada limpia, libre del humo que casi le había ahogado aquella mañana, con la piel clara, sin quemaduras. Al lado del joven ojeroso.

Un ayudante interrumpió los pensamientos del investigador. «Jefe, venga aquí». Dejó la libreta y se acercó a una habitación contigua, una suerte de vestidor. Los investigadores ya habían hecho sus deberes dejando al descubierto una pared falsa que ocultaba bidones de gasolina, hachas, trajes térmicos, botas, máscaras y bombonas de oxígeno. El teléfono de Fran comenzó a sonar. Antes de descolgar ya sabía a dónde les llevaría la llamada.

El cadáver apareció aproximadamente un kilómetro más abajo de donde encontraron al niño, muy cerca del segundo foco del incendio. Los forenses tendrían que practicar la autopsia para confirmarlo, pero todo apuntaba a que el cuerpo carbonizado pertenecía al joven ojeroso. No parecía llevar ropa y lo único que le identificaba eran unas botas de intervención, similares al equipamiento habitual de bomberos que habían encontrado tras la pared falsa del apartamento. Fran dio la espalda al bosque calcinado y aspiró aire. A pesar de estar tan cerca de la gris desolación en la que se había transformado el bosque, a pesar del cuerpo inerte a pocos metros de él; la vista desde aquella ladera seguía ofreciendo hermosos tonos verdosos salpicados de los rojizos pueblos de la zona. Sus pulmones filtraron el humo, la nariz se le destapó, a la boca volvieron sabores limpios, familiares, puros. Fran no quiso hacerse las preguntas. Solo pensaba que, por fin, tras tanto tiempo persiguiendo al hombre que había provocado todos aquellos incendios; podrían volver a respirar tranquilos. A respirar sin miedo de estar tragando humo.

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