Humo

Allí dentro también olía a humo. Como en el bosque reducido a cenizas. El bosque que ya no era bosque. Como en los edificios grises, derruidos. Allí dentro el humo era aire sin incendios. Persianas bajadas y polvo acumulado. Cuando Fran y sus investigadores abrieron dejando a la luz seguir su camino natural descubrieron el peso de la suciedad llenando un apartamento vacío. Tan solo una de las esquinas estaba ocupada por un colchón desnudo, rodeado de carpetas arrugadas y libretas blancas. El blanco era un color extraño, contraste al hollín que no estaba allí. Y que, sin embargo, se sentía en los más profundo de la nariz.

El niño también olía a humo. Convaleciente en la cama del hospital, lleno de quemaduras, dejó una emanación de tizne y cenizas en la nariz de Fran. Supo que la sensación no le abandonaría hasta cerrar la investigación. La declaración del niño fue extraña, como un sueño confuso. El fuego rodeó al chico, atrapado en medio del bosque, sin posibilidad de escape. Entre el calor y los árboles que caían, mientras esquivaba pequeños animales ardiendo que luchaban por su vida, vio algo que le dejó paralizado. Una figura se abría paso entre el fuego. Un ser extraño, de formas redondeadas, de cuya cabeza emergía un gran tubo y que le miraba desde un solo ojo metálico. El ser se aproximó al niño mostrando su piel desnuda, arrugada, libre de toda quemadura a pesar de que había atravesado un muro de fuego. Le puso las manos sobre el hombro, murmuró algo ininteligible y, entonces, el chico se desmayó.

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