Paralelo 30 norte (4:Guadaquil, México).

En algún lugar del desierto de Sonora existe un poblado que no sale en los mapas. Los que viajan por la zona lo llaman Guadaquil. Sus habitantes son todos indios, bajos y fornidos, que pasan la mayor parte de su tiempo en el gimnasio, cuyo local se localiza al final de la única calle del pueblo.

Allí el aire está viciado. Sudado. La encargada se niega abrir las ventanas porque teme ahogarse de calor mientras ve la novela. Jamás se perdería la novela, así que descarta el morir asfixiada. Por eso, los indios bajos y fornidos que matan las horas en ese gimnasio, es decir, todos los hombres de Guadaquil, levantan pesas con dos gotas de perfume de mujer sobre su piel. Toscos pero delicados, la mayoría de ellos colocan cada una de las dos gotas en cada lado de su cuello de toro.

Dos pequeñas gotas de perfume de mujer en cada atleta les permite olvidar el olor nauseabundo del local.

La costumbre se ha extendido de tal manera que todos tienen pequeños frascos de distintos perfumes en sus taquillas y, cada día, se turnan para compartir el mismo. Gracias a este aroma democrático, evitan que los olores se mezclen y se pierdan entre sí.

Un día el ministro de deportes mexicano visitó Guadaquil y quiso conocer las instalaciones del pueblo que no salía en el mapa. Cuando le guiaron hasta el gimnasio y olió a mezcla de rosa y jazmín no ocultó su desagrado y preguntó si acaso le habían llevado a visitar el entrenamiento de unos excelentes deportistas, o tan solo iba a ver una reunión de culturistas indios putos.

El comentario no pasó desapercibido entre los atletas de Guadaquil.

En aquella ocasión, la dueña abrió las ventanas del gimnasio por primera vez. Jamás encontraron al ministro de deportes mexicano. Desde los medios oficiales se le dió por desaparecido, perdido en algún lugar del desierto. La investigación libró de toda sospecha a los habitantes de Guadaquil. Nadie más mencionó aquello. Hasta que la viuda del ministro visitó de nuevo el poblado, buscando pistas sobre su marido, y olió su perfume, caro y exclusivo, entre los ejercicios del gimnasio. Esa misma noche salió al desierto, tecleó un número en su teléfono y clamó venganza contra los hombres del pueblo que no salía en los mapas.

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Paralelo 30 norte (4:Guadaquil, México).

Paralelo 30 norte (3:Agadir, Marruecos).

La pelota cayó cerca de la orilla y los niños corrieron para evitar que huyera mar adentro. El más rápido pateó desde el agua y el partido volvió a jugarse sobre la arena. Desde un chiringuito con mesas en la playa, dos hombres de negocios miran el partido.

-¿Te acuerdas?-le dice uno al otro-Nuestro balón era más viejo.

-Y más sucio-responde el otro.

-Sí-recuerda el uno-, se escapaba siempre al mar. Éramos tan bajitos que cualquier ola podía ahogarnos en un momento.

El otro rió:

-Una vez tuvimos que hacer una cadena de niños para recuperarla. Una pequeña cadena humana.Corta, pero fuerte como la amistad que nos unía.

El uno se recuesta y bebe un poco de cerveza, directamente desde un botellín.

-¿Qué habrá sido del resto?- se pregunta en alto con voz triste.

-Ya nada será como antes- responde el otro encogiéndose de hombros.

Hacen un brindis automático, entrechocando las botellas de cristal que suenan como una canción nostálgica. Continúan bebiendo sin prestar atención a un hombre alto y delgado, de aspecto extranjero, que se acerca a la barra y paga su cuenta. El sol comienza a esconderse tras el horizonte donde acaba el mar.

Paralelo 30 norte (3:Agadir, Marruecos).