Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)

El sudor se le pegaba a la camisa. Desde el piso treinta dos veía todo Eliat. Sus playas abarrotadas de sombrillas, sus calles desbordadas por el gentío en busca de un restaurante lo menos caro posible, el bullicio de un pueblo que hace tiempo dejó de ser de pescadores. Aquello era un enorme parque de atracciones. Apuró el cigarrillo y lo dejó caer más allá de la barandilla que separaba el abismo vacacional del lujoso apartamento que le había cedido la universidad. Llevaba dos horas allí y ya lo odiaba.

Nadir volvió a la habitación cerrando la puerta de la terraza tras de sí. Se tumbó en la cama y encendió el aire acondicionado. No recordaba haber estado de vacaciones antes. Prefería pasar el tiempo en el observatorio, buscando estrellas cada vez más diminutas. Allí, en medio del desierto, la soledad se convertía en paz interior, lejos de voces cuestionando sus búsquedas ínfimas.

La llamada desde la universidad tardó en llegar, como si la línea telefónica se hubiera perdido entre las dunas que escondían el camino entre el observatorio y Tel Aviv. Tardó, pero llegó. Fue un reproche seco. Había dedicado demasiado tiempo a la búsqueda de las estrellas mínimas. Y ni siquiera era una investigación oficial. En la capital querían resultados de cosas más importantes. Supernovas. Agujeros negros. Nuevos planetas. Pero no de estrellas demasiado pequeñas como para ser descubiertas.

Allí no entendían que las cosas mínimas eran las claves de los grandes misterios del universo. Nadir lo aprendió tras el último gran descubrimiento que regaló a Israel. Mientras a su alrededor brindaban por futuras subvenciones de investigación para el observatorio, Nadir se preguntaba por las cosas que no conocía. Un hallazgo abría nuevos interrogantes y otro más multiplicaba las posibles respuestas generando dudas incluso sobre los avances anteriores. Nunca hallaba la clave del conocimiento definitivo, del cómo funcionaba el universo, del porqué estaba allí, paseando su mirada por el cielo desde la tierra, haciéndose las mismas preguntas una y otra vez. Hasta que en la noche del desierto vió nacer una estrella. Apareció de la nada, pero nació fija en un punto del espacio, reclamando el lugar del cielo que siempre había sido suyo.

Era una estrella blanca. Diminuta. Un punto de luz que guardaba un secreto inabarcable. Nadir estaba convencido de que, de algún modo, esa estrella ya estaba allí, solo que no había sido capaz de verla hasta el momento. Encontrar esos cuerpos celestes invisibles al ojo humano era para Nadir la clave del universo.

Pero en Tel Aviv no supieron verlo. Los ciegos le enviaron allí, a descansar, unas vacaciones gentileza de la universidad, en deferencia a todo el trabajo que había realizado hasta el momento pero con la exigencia de reconducir sus investigaciones astronómicas.

Nadir se incorporó. No podía estar allí perdiendo tiempo. El mundo seguía girando, se acercaba la noche y fallaría a su cita con las estrellas.Volvió a la terraza pensando qué hacer. La humedad le golpeó en la cara. Nadir se apoyó en la barandilla. Alto y muy delgado, podía asomar más de medio cuerpo sin temor a que sus pies se despegaran del suelo. El vértigo le llamó, gritó para que bajara de un salto al asfalto caliente de la ciudad de las vacaciones. Sonrió pensando en el impacto que causaría y estuvo a punto de darse un impulso. Pero un sonido le distrajo. Allá arriba, cruzando el cielo, a lo lejos, un avión diminuto dejaba un estela de combustión a su paso mientras que la noche le perseguía y con ella las primeras constelaciones empezaban a enviar sus señales a la tierra.
Nadir tuvo una idea. Y volvió a la habitación.

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Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)

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