Paralelo 30 norte (2:Isla de Kuchinoshima, Japón).

Kuchinoshima es una isla volcánica situada al sur de un archipiélago japonés. Ocupa un espacio de 13,33 kilómetros cuadrados y está habitada por 140 personas. De noche, en el punto más elevado de la isla, un monje budista medita ante un templo. El monje es viejo, calvo, arrugado. Resulta difícil adivinar su edad y la primera apuesta siempre debería ser superior a cien años. Por supuesto, es imposible ser tan mayor y vivir solo en lo alto de una isla diminuta.

Al lado del monje, un gato mueve la cola.

-Maestro-pregunta el monje-¿qué son las estrellas?

El gato maulla:

-Son puntos de sutura del espacio exterior, mantienen el universo unido, evitando que nos separemos de la realidad.

El anciano asiente en silencio.

-Maestro-vuelve a preguntar.-¿Por qué algunas estrellas son grandes y amarillas, por qué otras son pequeñas y blancas?

El gato ronronea:

-Las pequeñas son cerezas recién brotadas, blancas porque aún son puras; están verdes para alimentarnos y su resplandor no llega a nosotros. Pero son fuertes y duras: cada una de esas pequeñas estrellas podría soportar el peso del universo. Las grandes y amarillas ya han cumplido su cometido, son cicatrices en el firmamento destinadas a caer, desaparecer y ser olvidadas. Cerezas tan maduras que ya nadie querría probar y que se marchitarán bajo el peso de la eternidad.

El anciano asiente en silencio.

La noche alcanza la isla del volcán silencioso. Gato y monje observan como el cielo se puebla de parpadeos amarillentos. Los blancos son consistentes, pero casi imperceptibles. Por el oeste, una sandía verde, grande, redonda y resplandeciente, surge ocupando su lugar satélite del templo. Al aparecer, las dos figuras que vigilan los cuerpos celestes se relajan. El anciano se pone en pie con agilidad y comienza a hacer estiramientos. El gato se despereza a su manera y salta hacia el bosque, buscando algún ratón que llevarse a la boca.

Paralelo 30 norte (2:Isla de Kuchinoshima, Japón).

Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)

El sudor se le pegaba a la camisa. Desde el piso treinta dos veía todo Eliat. Sus playas abarrotadas de sombrillas, sus calles desbordadas por el gentío en busca de un restaurante lo menos caro posible, el bullicio de un pueblo que hace tiempo dejó de ser de pescadores. Aquello era un enorme parque de atracciones. Apuró el cigarrillo y lo dejó caer más allá de la barandilla que separaba el abismo vacacional del lujoso apartamento que le había cedido la universidad. Llevaba dos horas allí y ya lo odiaba.

Nadir volvió a la habitación cerrando la puerta de la terraza tras de sí. Se tumbó en la cama y encendió el aire acondicionado. No recordaba haber estado de vacaciones antes. Prefería pasar el tiempo en el observatorio, buscando estrellas cada vez más diminutas. Allí, en medio del desierto, la soledad se convertía en paz interior, lejos de voces cuestionando sus búsquedas ínfimas.

La llamada desde la universidad tardó en llegar, como si la línea telefónica se hubiera perdido entre las dunas que escondían el camino entre el observatorio y Tel Aviv. Tardó, pero llegó. Fue un reproche seco. Había dedicado demasiado tiempo a la búsqueda de las estrellas mínimas. Y ni siquiera era una investigación oficial. En la capital querían resultados de cosas más importantes. Supernovas. Agujeros negros. Nuevos planetas. Pero no de estrellas demasiado pequeñas como para ser descubiertas. Seguir leyendo “Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)”

Paralelo 30 norte (1: Eliat, Israel)