La muerte es buena gente

—¿Sabes qué es lo que me da más miedo?

Lara depositó los cubiertos en la mesa. La frase de Lucas bastó para que el ruido del restaurante desapareciera. Las luces se hicieron tenues, dando paso a la intimidad que requería la conversación.

—¿Qué? —preguntó ella.

Lucas titubeó. Resopló haciendo bailar su flequillo moreno y dijo:

—Equivocarme —miró a Lara a los ojos. —Equivocarnos.

La joven cogió la mano de su novio. ¿Quién no tenía miedo a eso? Puede que solo necesitaran un poco de confianza.

—Puede que solo necesitemos un poco de confianza —resolvió ella. —Ya sabes. Darnos tiempo, ir poco a poco…

El chico se soltó la mano para gesticular con vehemencia.

—No lo entiendes.

Lara le miró extrañada. Se pasó la mano por la melena, corta y pelirroja, disimulando lo que le había molestado esa frase, esperando a que Lucas terminara de hablar para decidir si enfadarse o no.

—Ahora mismo iría contigo a cualquier sitio —prosiguió Lucas. —Pero ¿y dentro de unos años? ¿Y después de unos cuantos más?

Ella no sabía qué pensar. Se había sonreído al escuchar eso de acompañarla a cualquier parte, pero no entendía el sentido de aquellas preguntas.

—Lucas, cuando nos hartemos de esto, lo dejamos y ya está. No es un drama.

—Exacto — respondió él. — ¿Y si lo es? ¿Y si tenemos miedo?

—¿De qué?

—De estar solos, Lara. ¿Y si nos convertimos en una de esas parejas que no hablan, que duermen en habitaciones separadas porque no se soportan? De las que no se separan porque son viejos, porque tienen miedo y deciden ocultar todo tras sus silencios.

—¿Miedo a estar solos? —Lara mordisqueó un trozo de pan. —A mí no me preocupa estar sola.

—A morir solos — aclaró, al fin, Lucas. —De lamentarnos de una vida no aprovechada, de que llegue la muerte sin saber lo que realmente es vivir.

Acomodada en un gran butacón color magenta, guarecida en una túnica oscura, La Muerte vigilaba a la joven pareja a través de una pantalla tan grande que su cristal ocupaba toda la pared de aquella sala de control desde donde seguía la evolución de sus próximos encargos. La indignación de La Muerte se adivinó cuando, al escuchar la última frase de Lucas, esta alzó al aire sus brazos esqueléticos y, desde la capucha sin rostro, gritó con voz aguda:

—¡Pues claro, tío! Si desaprovechas la vida, la culpa es de La Muerte, que es muy mala gente.

La Muerte desatendió la pantalla para dirigirse a un bulldog rosa que estaba sentado tras ella, observando.

—¿Te lo puedes creer? Que si su vida es un asco, la culpa es mía. ¿No alucinas?

El perro hizo un ruidito, como carraspeando, y con voz ronca respondió:

—Hombre, Muerte, no te rayes. Ya sabes cómo son los humanos. Necesitan culpar a alguien. O a algo.

La Muerte se levantó del butacón y empezó a pasear por la sala de control. Estaba harta de que siempre le recriminaran todo. No comprendía porqué la gente no sabía ver lo bondadosa que era. Ella, y solo ella, cerraba el ciclo de la vida. ¿No era eso algo positivo, algo de lo que alegrarse? No le molestaría nada toda esa mala prensa que venía con el cargo si de vez en cuando los humanos añadieran alguna coletilla sobre su benevolencia. Algo como: “Sí, esa tal Muerte rasga nuestras almas ¡pero bueno, lo inmortal resulta de un tedioso que no veas!”. O, si se prefería, un comentario más sutil del tipo: “Vale que un día vas y desapareces… ¡Pero de no ser por la Muerte terminaríamos agobiados, amontonados…¡No cabríamos ni aquí, ni en Marte!”.

Ni siquiera intervenía en los procesos vitales de los humanos, como hacían Azar y Destino. Esos sí que tenían mala leche. Pero era ella, que solo cumplía con el único spoiler que ofrecía la vida, que daba el gran motivo para disfrutarla al máximo, la que se comía todos los temores mundanos de los humanos. Ella la tétrica. Ella la tenebrosa… ¡con lo de buen ver que había sido en los albores de la existencia! La Muerte cogió su guadaña, fría, alargada, afilada, y en el reflejo de la hoja vio la oscura cara de la tristeza que siempre, siempre, le había acompañado. Estaba harta de que no la comprendieran.

—Estoy harta de que no me comprendan —musitó.

—Vamos, Muerte. Yo te pillo, tía —le animó el bulldog rosa.

La Muerte miró a su compañero. Agradecía sus palabras, pero no eran suficientes para sacarla de su amargura natural.

—Ya, pero —contestó— tú eres tú.

—Oh, Muerte. Estás de una depresiva insoportable —dijo el bulldog. —Venga, no te hundas, cárgate al Lucas y nos vamos de guateque. Te invito a unos gintonics, ya verás como te suben y te animas, tía.

La Muerte miró la pantalla. Lucas seguía parloteando sobre sus inseguridades respecto al futuro mientras que Lara buscaba desesperada al camarero para pagar la cuenta y salir del restaurante. No sabía lo que lamentaría después aquel gesto, que acortaría la cena bastante más de lo que la pareja había previsto.

—¡Eso es!— exclamó La Muerte.

—Eso es, Muerte —ladró el bulldog. — Guateque. Fuego y cenizas. Que se prepare el barrio que vamos a liarla de verdad. Botellón a tope. Voy a por hielos.

—No. Eso no es. Es esto — aclaró la Muerte señalando a la pantalla. —Un plan para que los humanos comprendan lo buena gente que soy. Y empieza en Lucas.

El bulldog miró a la pareja, que en ese momento discutía por ver quién pagaba la cuenta:

—Venga ya, Muerte ¿No irás a salvarle?

—Justo es lo que voy a hacer.

Nervioso, el perro empezó a dar saltos alrededor de la butaca, desde donde La Muerte ya tecleaba comandos que se traducían en caracteres de aspecto extraño y antiguo para seres terrenales, aunque muy habituales para una profesional como ella.

—Pero, Muerte, tía se te ha ido la pinza—protestó el bulldog. — Tú no puedes hacer eso. No decides cuando alguien la picha: “Esto viene a tiro hecho”. “Son órdenes”. “A cada cual su hora”. Y todas esas cosas que siempre dicen los de arriba. Los de arriba, Muerte. Esos tipos se van a cabrear. Tienen muy malas pulgas, chica. No se andarán con chiquitas contigo.

—¿Los de arriba? ¡Ja! — Rió La Muerte. — Que vengan y me hagan algo. A ver si encuentran a otra que recoja sus almas lo que queda de eternidad. ¿Quién va a hacer el curro? ¿Tú?

—Jo, Muerte. No hace falta que te pongas chunga conmigo—dijo el perro con quebranto.

La Muerte seguía tecleando casi sin prestar atención al perro, pero tuvo el detalle darle un par de golpecitos cariñosos en la cabeza a modo de disculpa. Mientras se mantenía atenta a la pantalla, donde la pareja ya dejaba el restaurante para salir a la calle, dijo:

—Ya lo sé, perdona.

Satisfecho, el bulldog rosa hizo varios giros sobre si mismo, distrayéndose un momento al ver que por fin tenía una oportunidad real de capturar su rabo. Sin embargo, su fidelidad le recordó que La Muerte necesitaba apoyo, así que terminó sentándose sobre sus patas y preguntando:

—Entonces, Muerte. ¿Cómo lo vas a hacer? Porque no puedes evitar que muera. Si no le pasa nada, el pavo ese ni se entera, tía.

—Eres un perro listo. Tranquilo, que se va a enterar. Lucas va a morir. Pero su alma no va a salir volando como las demás.

—Pero, Muerte, anda que te mola ser misteriosa. Enróllate y dime cómo lo vas a hacer.

La Muerte sonrió desde la oscuridad de su capucha.

—Mira y aprende.

Con un dedo huesudo pulsó un botón y comenzó a desvanecerse.

Por la calle Lucas cogía de la mano a Lara, tratando de explicar lo que se había convertido en la metedura de pata de su cena.

—No es que dude de nosotros…

—¿Cómo que no?—Lara soltó su mano.—¡Eres un imbécil!

Cloc. Crash.

Entre los trozos de una maceta rota, Lucas yacía inconsciente. Su novia se inclinó sobre él:

—¡Lucas!¡Lucas!

Varias personas se congregaron alrededor y ella, desesperada, pidió ayuda:

—¡Por favor! Llamen a una ambulancia.

Lucas abrió los ojos. Ante él, todo era borroso. No sabía si estaba de pie, sentado o tumbado. No discernía si caminaba boca arriba o boca abajo. Había perdido la noción del todo, la consciencia de la realidad. Pero él no lo sabía. Como no sabía qué significaba ver o sentir. Como ignoraba que podía hablar, o incluso oír.

Una joven rubia apareció ante él. Una chaqueta universitaria roja enmarcaba un polo blanco en un cuerpo delgado rematado por unos vaqueros ajustados. La chica guiñó un ojo y, mientras se aclaraba ante Lucas, surgiendo del mundo inexistente y difuminado que rodeaba al joven, se ajustó una enorme gorra de visera plana negra, ladeándola ligeramente, como dejándola mal colocada sobre su cabeza.

—Lucas—dijo la chica. —Escúchame bien. Soy La Muerte. Quiero hacerte un regalo: Lara es la mujer de tu vida. Serás feliz con ella, no lo dudes. Para que lo compruebes, para que vivas sin miedo, te permito volver con ella. Lo único que tienes que hacer a cambio es hablarles a todos de que yo, La Muerte, te salvé. Ahora vuelve a tu cuerpo y sé un poco más positivo con Lara, hombre, que ya la estás hartando.

—¿No hay ningún médico?—La voz rota de Lara llegaba desde alguna parte.—¡Se va a morir aquí!

—Tranquila, soy del SAMUR…—dijo un desconocido.

Lucas abrió los ojos. Ante él, los rostros perplejos de Lara y de un médico le observaban. Volvía a ser consciente de sí mismo, de lo que le rodeaba. Había recuperado sus sentidos. Buscó la mano de Lara:

—Cariño —dijo Lucas. —Te quiero. Quiero estar siempre contigo. Lo sé porque La Muerte me ha salvado, me ha traído de vuelta y me ha dicho que seremos felices. Nunca más dudaré de nosotros.

Con los ojos enrojecidos, Lara miró al médico:

—¡Ay!—preguntó—¿Es que le van a quedar daños cerebrales?

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