Ruta en bicicleta

El fresco de la mañana de otoño le impedía sudar. Pedaleaba, pedaleaba y pedaleaba persiguiendo a Toni en el ascenso por un terreno ligeramente húmedo. Era un día perfecto para rodar en bicicleta. Tenían los maillots cubiertos de barro y el sol empezaba a secar la tierra que había alcanzado su casco, su cara y su barba. Martín volvió a comprobar la aplicación de su móvil. Ya llevaban 900 metros de ascenso continuado que, sumados a los 20 kilómetros que habían recorrido, pesaban sobre sus piernas.

—¡Vamos, Martín!—le animó Toni poniéndose de pie sobre la bici—. No querrás pagar las cañas.

Trató de pisar más fuerte los pedales, pero no podía hacer más esfuerzo. Así que en vez de responder a su amigo rebasándole de forma impresionante, emulando a los mejores escaladores de la historia, farfulló un gruñido y giró la cara para ocultar su cansancio. Más allá de sus ruedas, el valle se extendía ante él, poblado de árboles ocres y grises, coronado por una Cruz que, como una cicatriz, hacia de frontera entre la montaña y cielo. Aquel bloque de piedra realzaba el contraste de colores en el valle y construía un paisaje que, cada vez que lo había escalado, le había dejado sin palabras.

La presión desapareció de sus piernas al coronar la cima, donde Toni le esperaba tocando su móvil.

—Te haces mayor…—se burló sin mirarle.

Martín echó el pie al suelo.

—Menudas vistas—dijo.

Toni ajustó el teléfono en un adaptador sobre el manillar del sillín.

—No me dirás que te has quedado atrás por mirar el paisaje.

—Tampoco he tardado tanto.

—No tío, pero es que…—Toni buscó una forma de decirlo con suavidad— Ni siquiera has sudado.

Martín se encogió de hombros.

—Hace frío.

— ¡Venga ya! Yo estoy empapado. Podrías haberle dado más.

—No sé…—Martín señaló hacia el Valle. —Dicen que murieron un montón de presos políticos construyendo eso, ¿lo sabías?

— ¿Qué? ¿Ya estás con tus lecciones de historia? —A Toni le agotaban las lecciones de historia de Martín. —Por eso te cansas tanto, no te concentras. Prefieres pensar en gente que ya no existe. Céntrate, que tenemos carrera en nada.

—También dicen que es mentira, que los que trabajaron en la abadía estuvieron contratados.

—Oye, luego debatiremos eso. “Los intereses tras los datos históricos”, “qué difícil es encontrar testimonios verídicos”; y todas esas cosas. Pero ahora —Toni tocó el móvil— sígueme, he preparado un descenso diferente, ¡vas a ver lo que es sudar!

Sin darle tiempo a protestar, Toni se lanzó cuesta abajo. Martín arrancó tras él. Al principio recorrieron el camino habitual; un tramo sin dificultad por el que, a medida que rodaban, iban perdiendo el valle de vista por su derecha. Martín se puso a rueda de Toni y aceleró para adelantarle, pero su amigo no se dejó. La senda estaba algo más seca y levantaron polvo entre los árboles. Toni le hizo una señal a Martín y este le siguió para girar hacia una estrecha “trialera” repleta de raíces y piedras.

Bajaron a toda velocidad saltando sobre el sillín y manteniendo el equilibrio con dificultad, arriesgando en cada pequeño giro para evitar el choque y la caída. La senda era muy estrecha y tenían que ir uno detrás del otro. Cualquier error les habría llevado a un accidente. Pero lograron mantener el ritmo gracias a su técnica experimentada.

Los árboles se abrieron y los dos ciclistas atravesaron un cruce para lanzarse por un camino empedrado. Al final del mismo, la montaña que les separaba del Valle se acercaba imparable hacia ellos. En su base, una pequeña boca negra les esperaba.

—¿Túnel?—se extrañó Martín.

—Vamos, será divertido—respondió Toni. — Procura ir en línea recta.

El túnel les engulló y Martín rodó en la oscuridad. Confiando en Toni, siguió recto sin esperar ningún giro imprevisto. Allí dentro el frío era más denso que en el exterior. Martín apretó el manillar para recuperar calor en las manos, pero no pudo evitar que sus dientes castañetearan dejando escapar entre ellos una bola de vaho.

De repente, se hizo la luz. Se hizo el calor. Un sol seco y potente cayó sobre la cabeza de Martín provocando las primeras gotas de sudor en su frente. El día se había vuelto sofocante. Además, había perdido a Toni. Tenía que haber acelerado en la oscuridad, o a la salida del túnel, pero Martín estaba convencido de no haberlo adelantado. Sin dejar de pedalear buscó en los laterales del camino. Lo único que vio fue a un niño. Un chico con pantalones negros y camisa azul que se cubría la cabeza con una boina roja. La cara la tenía sucia, llena de tierra seca y rojiza. Al paso de Martín, fijando en él unos ojos tristes, el niño levantó el brazo derecho. Y, sin dejar de seguirle con la mirada, se mantuvo así hasta que Martín lo perdió tras un repecho.

Inquieto, Martín cogió el teléfono para llamar a Toni. Imposible. La pantalla estaba negra y el aparato no respondía a la orden de encenderse. «Siempre fallan en el peor momento», pensó Martín. Guardó el móvil y pedaleó más rápido para alcanzar a su compañero. Entonces escuchó un grito. Paró para oír mejor. Eran gritos de terror. De una mujer. Gritaba y lloraba. Pedía auxilio, pedía piedad. Martín arrancó otra vez la pedalada. Los gritos parecían venir de la siguiente curva. Estaba cerca y cada vez se oían más fuertes, más lastimeros, más llenos de terror. Hasta que dos disparos los interrumpieron. Al girar en el camino no vio nada. El mismo calor, la misma tierra seca. Pero nada más.

Martín se detuvo asustado. De allí venía la voz, estaba seguro. Pero no había ningún indicio que lo corroborara. La mujer gritaba, había sido disparada. El no ver su cuerpo o su sangre le provocó un escalofrío. Martín se planteó volver, cruzar el túnel de nuevo y buscar ayuda. Aunque tampoco sabía si debía buscar ayuda por algo en concreto. Así que decidió encontrar a Toni y pensar juntos qué hacer. Si algo estaba ocurriendo allí, no debían de estar separados.

Hizo los metros siguientes nervioso, a punto de caer varias veces porque no dejaba de otear el camino tratando de localizar algún rastro de su amigo. Lo que apareció fueron otras personas. Un grupo, que parecía de militares, rodeaba a alguien. En el tumulto se escuchaba «¡rojo!»,«¡asesino!» y «¡traidor!» entre otras lindezas. Los militares golpeaban al hombre del centro, que no podía hacer nada para defenderse. Milagrosamente, el hombre se escabulló entre las piernas de sus agresores y empezó a correr. Pero no pudo llegar lejos: herido, andrajoso, sucio, el pobre diablo huía confuso haciendo eses por el camino. Fue un blanco fácil para uno de los militares. Un disparo en la espalda bastó para que el fugitivo se desplomara sin aliento.

Fue entonces cuando Martín advirtió que los soldados iban armados con fusiles y pistolas. Y fue cuando ellos repararon en el ciclista. Estupefactos, no daban crédito a sus ojos. Parecían no haber visto una bicicleta como la de Martín en toda su vida.

—¿Y tú quién eres?—preguntó el que había disparado.

No quiso responder. Volvió a pedalear sintiendo que su vida dependía de ello. Tras él, escuchaba las maldiciones y los gritos de los hombres que comenzaron a perseguirle. A su alrededor, las balas silbaban cercándole. Frente a él, otra vez la montaña con su boca negra, sobre la que se lanzó sin mirar atrás.

La oscuridad volvía a ser fría y silenciosa. Martín pedaleaba rezando para no tener que huir más. Aterrorizado por lo que acababa de ver y vivir, por fin, alcanzó la luz.

—¿Qué?, esta bajada sí que te ha hecho sudar ¿eh?

Toni le miraba con una sonrisa de triunfo. Martín se tocó la cara con una mano temblorosa. Estaba totalmente empapado.

—Oye, ¿te pasa algo?—preguntó Toni. —Tío, estás blanco. ¿Quieres comer algo?

Martín negó con la cabeza.

—No. Volvamos a casa. Te has ganado esas cañas.

—Vale, pero nada de chapas históricas.

Mientras Toni arrancaba, Martín miró el teléfono. Estaba encendido. El GPS marcaba en ningún momento había abandonado el túnel.

—No— murmuró Martín. —Nada de historia.

 

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