El matemático, el imbécil y yo.

Allí estábamos los tres, el matemático, el imbécil y yo. Corríamos esquivando árboles de hoja perenne, agachándonos cuando las ramas eran bajas y saltando las rocas que se interponían en nuestro camino. Tras nosotros, nuestros captores nos perseguían cantando una horrible canción. Querían que supieran que no íbamos a escapar. Que estaban cerca. Todo lo cerca que querían; que se divertían con aquel intento de huida.

El imbécil tropezó. Maldito imbécil. Tropezó y con un quejido se quedó en el agujero donde había caído. El matemático y yo volvimos a por él. Aún éramos un equipo. Pero no nos dejó ayudarle. El muy imbécil tiró de nosotros hacia dentro del agujero que resultó ser una pequeña gruta. Allí ganaríamos tiempo. Tiempo para pensar, para descansar. ¿Cómo se le habría ocurrido a él solo?

Sumidos en oscuridad, escuchamos a nuestros perseguidores alejarse. Por fin, un respiro.

—Es mejor no hacer luz—dijo la voz del matemático.— Sería arriesgado.

—¿Alguna idea?—pregunté.

—Esperar. Esperar a que dejen de cantar. Se hará de noche y escaparemos en esta misma oscuridad.

El matemático, a mi izquierda, se dejó caer sobre la pared lisa de la gruta suspirando, para terminar sentado en el suelo. A mi derecha estaba el imbécil, respirando con dificultad.

—¿Y la alambrada?—imité al matemático sentándome—. ¿Cómo la saltaremos?

—Utilizan demasiada energía—contestó el matemático.

—¿Demasiada energía?—repetí sustituyendo al imbécil.

—Sí—dijo impaciente el matemático.— Las alambradas están electrificadas. Pero estos hombres son unos dementes. Tratan de que no escapemos con tanto ahínco, que sobrecargan las verjas.

—Entonces se cortocircuitarán.

—Sí ¿lo has notado?—No, no lo había notado. Ante mi silencio, el matemático prosiguió.—Exactamente a las 3.31 minutos de la madrugada se produce un pequeño cortocircuito que desconecta una sección de la alambrada. Sin embargo es algo que parece pensado. Es decir; es una sección muy estrecha. La valla es circular y la desconexión se produce en el punto más alejado de las celdas, en un espacio de un metro de alambrada y por unos treinta segundos.

—Bueno, eso nos da una pequeña oportunidad—repuse esperanzado. Los cálculos mentales, los murmullos y las molestas observaciones nocturnas del matemático por fin cobraban sentido.

—No a todos—dijo el matemático. Seguir leyendo “El matemático, el imbécil y yo.”

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El matemático, el imbécil y yo.

Ruta en bicicleta

El fresco de la mañana de otoño le impedía sudar. Pedaleaba, pedaleaba y pedaleaba persiguiendo a Toni en el ascenso por un terreno ligeramente húmedo. Era un día perfecto para rodar en bicicleta. Tenían los maillots cubiertos de barro y el sol empezaba a secar la tierra que había alcanzado su casco, su cara y su barba. Martín volvió a comprobar la aplicación de su móvil. Ya llevaban 900 metros de ascenso continuado que, sumados a los 20 kilómetros que habían recorrido, pesaban sobre sus piernas.

—¡Vamos, Martín!—le animó Toni poniéndose de pie sobre la bici—. No querrás pagar las cañas.

Trató de pisar más fuerte los pedales, pero no podía hacer más esfuerzo. Así que en vez de responder a su amigo rebasándole de forma impresionante, emulando a los mejores escaladores de la historia, farfulló un gruñido y giró la cara para ocultar su cansancio. Más allá de sus ruedas, el valle se extendía ante él, poblado de árboles ocres y grises, coronado por una Cruz que, como una cicatriz, hacia de frontera entre la montaña y cielo. Aquel bloque de piedra realzaba el contraste de colores en el valle y construía un paisaje que, cada vez que lo había escalado, le había dejado sin palabras.

La presión desapareció de sus piernas al coronar la cima, donde Toni le esperaba tocando su móvil.

—Te haces mayor…—se burló sin mirarle.

Martín echó el pie al suelo.

—Menudas vistas—dijo.

Toni ajustó el teléfono en un adaptador sobre el manillar del sillín.

—No me dirás que te has quedado atrás por mirar el paisaje.

—Tampoco he tardado tanto.

—No tío, pero es que…—Toni buscó una forma de decirlo con suavidad— Ni siquiera has sudado.

Martín se encogió de hombros.

—Hace frío.

— ¡Venga ya! Yo estoy empapado. Podrías haberle dado más.

—No sé…—Martín señaló hacia el Valle. —Dicen que murieron un montón de presos políticos construyendo eso, ¿lo sabías?

— ¿Qué? ¿Ya estás con tus lecciones de historia? —A Toni le agotaban las lecciones de historia de Martín. —Por eso te cansas tanto, no te concentras. Prefieres pensar en gente que ya no existe. Céntrate, que tenemos carrera en nada.

—También dicen que es mentira, que los que trabajaron en la abadía estuvieron contratados.

—Oye, luego debatiremos eso. “Los intereses tras los datos históricos”, “qué difícil es encontrar testimonios verídicos”; y todas esas cosas. Pero ahora —Toni tocó el móvil— sígueme, he preparado un descenso diferente, ¡vas a ver lo que es sudar!

Sin darle tiempo a protestar, Toni se lanzó cuesta abajo. Martín arrancó tras él. Al principio recorrieron el camino habitual; un tramo sin dificultad por el que, a medida que rodaban, iban perdiendo el valle de vista por su derecha. Martín se puso a rueda de Toni y aceleró para adelantarle, pero su amigo no se dejó. La senda estaba algo más seca y levantaron polvo entre los árboles. Toni le hizo una señal a Martín y este le siguió para girar hacia una estrecha “trialera” repleta de raíces y piedras.

Bajaron a toda velocidad saltando sobre el sillín y manteniendo el equilibrio con dificultad, arriesgando en cada pequeño giro para evitar el choque y la caída. La senda era muy estrecha y tenían que ir uno detrás del otro. Cualquier error les habría llevado a un accidente. Pero lograron mantener el ritmo gracias a su técnica experimentada.

Los árboles se abrieron y los dos ciclistas atravesaron un cruce para lanzarse por un camino empedrado. Al final del mismo, la montaña que les separaba del Valle se acercaba imparable hacia ellos. En su base, una pequeña boca negra les esperaba. Seguir leyendo “Ruta en bicicleta”

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