Otoño

Para Bernard el hallazgo ha sido molesto porque sabe lo que significa. Ya no recuerda cuánto tiempo lleva vagando por el desierto, deslizándose ocioso entre dunas, bañándose en oasis secretos y jugando con chacales hasta el fin de la madrugada. Bernard disfruta del calor y camina sobre la arena pensando que nunca se acabará. Nunca termina pero en medio de su alegría ha encontrado lo que más odia y lo que, al fin y al cabo, le llevará a un final que antes no existía.

Decir que no le gustan los ascensores resultaría poco preciso porque los detesta de tal forma que desconoce si hay alguna palabra para definir la sensación que le provocan. Cuando le preguntan, Bernard se encoge de hombros y con la mirada dice: «¿Pero cómo no me va a causar repulsa una caja con luz artificial que se desplaza en vertical sin ningún tipo de control y nos suspende a grandes alturas? La vida se transforma mientras nos encerramos en ese horrible cubo y todo nos es desconocido cuando salimos de él». Lo dice así, con esa mirada azul que siempre ha huido del frío. Y así lo entiende la gente que, por toda respuesta, solo pueden imitarle y encogerse de hombros.

Por eso cuando se encuentra un ascensor en lo alto de la última duna a Bernard se le revuelve algo en el estómago. Como cuando alguien estropea una velada con un comentario desafortunado. Todo sigue ahí: el desierto, su felicidad y los coyotes que mordisquean juguetones su túnica. Pero un elemento extraño ha irrumpido y, aunque mire hacia otro lado, aunque trate de ignorarlo, sabe que sigue ahí y eso le molesta tanto que no puede dejar de pensar en ello.

Bernard sabe que esa sensación no desaparecerá mientras que el ascensor siga allí. Así que desplaza la verja hacia fuera y deja al descubierto un cajón de pino con una puerta doble. En cada hoja hay un cristal translucido decorado con árboles semidesnudos sobre un manto de hojas. Hasta a Bernard le parece una imagen hermosa. Suspirando, tira de los pomos dorados y entra a la caja. 

En el ascensor la luz es tan artificial como temía y las puertas se cierran tras él sin remedio. Sin remedio porque en cuanto escucha el crujido de la madera tras él, se revuelve intentando abrirla. Pero no puede. Podría ser una puerta creada para permanecer cerrada. Al darse la vuelta se da cuenta de que las paredes del ascensor están revestidas de terciopelo rojo. «¡Qué horror!», piensa. Es un espacio tan claustrofóbico que ni tan siquiera tiene un espejo en el que ensayar un gesto de serenidad. Si que hay un sofá, también aterciopelado, también rojo. Resignado, Bernad se sienta y observa incómodo que algo tira de su pierna. Ya no viste con las cómodas prendas del desierto: el tuareg, la túnica, las sandalias… todo ha sido sustituido por unos zapatos elegantes, un traje oscuro y una coqueta corbata verde. Molesto, Bernard estira un poco los pantalones para sentirse más ancho.

En el ascensor suena un hilo musical, una versión lenta en jazz de la Vié en Rose.

—¿Le gusta la música, señor?

Bernard repara en el ascensorista, camuflado tras su chaqueta de botones roja. Se pregunta si también es de terciopelo y no se decide sobre qué es más ridículo, si el gorro que remata la inocente mirada del joven que le ha hablado o esa chaqueta cosida con los restos del revestimiento del ascensor.

—No. La verdad es que no.

—Vaya, es una lástima.

Parece que lo siente de verdad. El ascensorista acciona una palanca que tiene tras él y ascensor comienza a descender. Bernard está horrorizado. Siente un descenso normal, sin complicaciones, pero no hace más que pensar en la arena tragándose el ascensor.

—¡Deténlo!

—No se puede.

El efecto es inmediato. Bernard tiene atrapado al ascensorista, que ya sangra por la nariz, entre su brazo, sobre la garganta del joven, y la pared.

—¿Cómo que no? Claro que se puede.

El ascensorista sorbe un poco para hablar:

—No. No se puede. Yo al menos nunca lo he hecho.

—Si no lo haces tú, lo haré yo.

Decidido a cumplir su amenaza, Bernard pone la mano sobre la palanca que ha iniciado el descenso.

—¡No!—Exclama el chico—. Podríamos parar en cualquier parte.

—Cuanto antes paremos, más cerca estaré del desierto.

—Escuche, señor—que el ascensorista no pierda la compostura, a pesar de su mala situación, detiene a Bernard por un momento—.¿Por qué no deja que lleguemos al destino previsto?

—¿No lo entiendes? ¡Porque no quiero estar allí!

—Nadie quiere. Yo tampoco.

—¿Y por qué vas?

—Porque es diferente. Es nuevo. ¿No le parece emocionante?

—Te han lavado el cerebro.

—Lo digo de verdad. Hemos estado muy cómodos, es bueno cambiar. Plantearnos nuevos retos o retomar los que dejamos a medias un día.

Bernard suelta al chico, que aprovecha para asegurarse de que la nariz sigue en su sitio. Bernard había vivido tan despreocupado, que había olvidado la parte emocionante de asomarse al abismo cada día.

—Yo…tengo miedo—reconoce Bernard.

—¿Y quién no? Espere un momento, verá que no es para tanto.

Bernard se afloja el nudo de la corbata pero al instante este vuelve a estar en su sitio. Impecable. Da pequeños paseos por el ascensor mientras que el chico se guarda un pañuelo rojo, que antes era blanco, en el bolsillo.

—Perdona lo de…la nariz.

El ascensorista niega con la cabeza.

—Gajes del oficio.

Un ruido seco detiene la caja de pino. El chico sonríe y abre la puerta. Lo que Bernard ve es maravilloso. Y también le parece terrorífico. Una playa. Una playa extensa. Cubierta de hojas secas, marrones. El cielo está poblado de nubes que peregrinan hacia otro lugar y, en su camino, lloran más hojas; marchitas y rojizas, que caen sobre la playa aumentando la alfombra cobriza que llega hasta el mar; teñido de ocre porque en él también se bañan antiguas plantas color castaño.

Bernard no quiere salir, no quiere entrar en el otoño. Mira al ascensorista y el joven le devuelve un gesto de ánimo. Vacilante, da un paso, después otro, y por fin pisa barro y hojarasca. Observa a su alredor y ve como el ascensor cierra sus puertas para continuar el descenso, desapareciendo bajo el manto marrón y descubriendo tras él un bosque de árboles semidesnudos. Bernard camina a la playa, la brisa acaricia su cara y siente el olor de un nuevo tiempo en el que no hace frío ni calor, en el que todo está por hacer. Entonces se da cuenta de que el ascensorista tenía razón: había estado cómodo. Pero el cambio era bueno. Era emocionante.

Bernard se zambulle en el mar. El otoño ha empezado.

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