Crítica: “Las palabras inexistentes”; de Aleksandar Divac

Probablemente, quien haya leído alguna vez a Aleksandar Divac se habrá quedado con la idea de que es un desequilibrado mental. Seguramente tenga razón, tal vez sea ese el motivo de su escasa e intermitente obra literaria. O tal vez sea un genio oculto en nuestra era que no hemos sabido valorar debidamente.

Que a las puertas de la disolución yugoslava, el escritor pensara que su mejor contribución al país era un compendio de pianos abandonados en lugares extraños no habla muy bien de su ubicación en la realidad. De hecho, Aleksandar nunca viajó a los lugares de los que habló en su libro. Jamás escaló a la cima de un volcán. No hay certeza de que navegara el Pacífico Sur. Y, desde luego, nunca empuñó un arma; ni siquiera participó en los conflictos de los Balcanes. El yugoslavo solo había visto su país y no se planteó ver nada más, a pesar de tener pasión por describir el mundo. A lo largo de los capítulos de “La terrible vida de los pianos nómadas” podía profundizar en descripciones muy detalladas sin explicar el motivo de la aparición de un piano en un lugar en el que estaba claramente fuera de contexto. Aparentemente, su preocupación era más bien estética, y no buscaba justificación o hilo argumental; ni en lo fantástico ni en lo real.

A pesar de esta obra poblada de pianos en situaciones bizarras, Divac se granjeó gran respeto y admiración tanto de serbios, como de bosnios, croatas y del resto de realidades nacionales que conformaron su viejo país. Se dice que pasó la guerra en las laderas de Derevica; viviendo y escribiendo en la frontera albano kosovar; recibiendo saludos y respeto de cualquier bando de militares que pasara por allí. Tal vez fue capaz de crear el único espacio de paz en el país durante los primeros años de los noventa.

Yo mismo pensaba que el yugoslavo era un loco pero en estos cinco últimos años he encontrado dos motivos para cambiar mi opinión. Todo empezó cuando encontré un texto de Roberto Bolaño en el que relataba una conversación con Divac. Los motivos por los que Aleksandar recibió a Bolaño me son desconocidos porque tras la guerra el autor serbio se enclaustró en su cabaña a lo Salinger, para no salir nunca de allí.

Lo que traslució de aquella conversación, publicada en una escueta columna en La Vanguardia, fue el primer motivo para cambiar de opinión sobre Divac. Bolaño recordaba en esa columna como el yugoslavo hablaba con profunda admiración del pianista Ivo Pogorelich que, a pesar de haber nacido en Belgrado, se considera croata, como lo era su madre. Para Divac, el pianista era un ejemplo del triunfo del individuo contra el sistema, en especial de un sistema que solo llevaba a la lucha y a la violencia entre hombres que no deseaban nada más que la paz. Por eso le dedicó tres capítulos en su libro de pianos: el primero, el central y el último. Según Bolaño, la dedicatoria no es nada evidente, pero si comprensible para los que conocen a Pogorelich y su carácter, que en la antigua Yugoslavia son muchos. Puede que la creación de esta íntima relación entre música y literatura nacional llevara a Divac a vivir la guerra como alguien ajeno a ella pero admirado por todos sus contendientes.

El segundo motivo fue dar con su última obra, recién publicada en la editorial “Notas de letras”. “Las palabras inexistentes” narra la historia de un anciano serbio que vive aislado en una cabaña en la ladera de una montaña cerca de la frontera albano kosovar. Las primeras páginas describen las últimas horas del día del anciano que se lamenta de estar particularmente cansado. El hombre lo atribuye a la primera conversación que ha tenido en años. Describe la charla como demasiado cargada de significado como para comprenderla y a su interlocutor como un joven sudamericano parlanchín, de pelo revuelto y gafas grandes y redondas. Cuando despierta al día siguiente, el anciano sale de la cabaña y descubre que ya no está en las laderas de los Balcanes, sino en una isla paradisíaca. Confundido, pasea alrededor de la cabaña y decide proseguir con su encierro habitual esperando que al día siguiente vuelva todo a la normalidad. Sin embargo, desde entonces cada día amanece en un lugar diferente, como si la cabaña hubiera adquirido la capacidad de transportarse rápidamente alrededor del mundo. Así viaja el anciano; viendo por primera vez el bullicio de las calles de Tokyo, la agresividad de la jungla en Kenia, el frío de la lejana Antártida, los rascacielos de la estimulante Nueva York… y así; Divac describe, sin haber salido nunca de su propia cabaña, sin tener un ordenador o conexión a internet, todos los lugares del globo que a la mayoría de los terrícolas nos gustaría visitar. El desenlace no es sorprendente, más que nada porque será bien conocido por el lector. Al final de la historia, el anciano tiene miedo de volver a amanacer en un nuevo lugar. Ha visto tanto que teme no saber describir un nuevo paisaje. Así que se sienta ante su vieja máquina de escribir y teclea: “No hay palabras”. La última frase de la novela es esa; “no hay palabras”, y corresponde exactamente a las últimas palabras que escribió Divac en vida. Pasaron varios días hasta que lo encontraron muerto sobre su máquina de escribir.

No pretendía desvelar prematuramente ningún final, pero me extrañaría que usted no lo conociera si está leyendo esta crítica sobre este escritor. Tampoco será ajeno, entonces, a la polémica que rodeó la publicación de “Las palabras inexistentes”; con su editor asegurando que Aleksandar le avisó de que terminaría su obra con esa frase final y que por eso consideraba que estaba lista para el gran público. Desde luego, no es un libro para el gran público. “Las palabras inexistentes” recoge las mejores descripciones de Divac pero es una obra de comprensión limitada y, para llegar a esa comprensión, se hace necesario conocer su vida y sus anteriores trabajos. “La luna cayó al suelo”, que narraba las peripecias de unos niños que tratan de esconder la luna, recién caída de cielo, temerosos de que sus padres piensen que han sido los causantes de la caída y de recibir un buen castigo en consecuencia; fue un trabajo cargado de controversia política en la Yugoslavia de Tito, que no permitió su exportación porque a nadie le quedaba claro si era una obra de unidad nacional o no. En aquella primera novela, Divac exploró exclusivamente lo fantástico en su forma más pura: los niños eran mayores y los padres eran niños, la luna era enana, incluso más pequeña de lo que la vemos en el cielo, y nunca se hacía de noche. En perspectiva, podemos decir que “La terrible vida de los pianos nómadas” era una obra de transición, en la que se mezclaba la fantasía con la multiubicuidad del piano y se comenzaba a explorar la realidad, describiéndola desde distintos entornos. Finalmente, “Las palabras inexistentes”, última obra; y desde luego definitiva de Divac; pretende beber exclusivamente de la realidad; provocando las descripciones más ricas y detalladas del yugoslavo, definidas por algunos como “hiperrealistas” o “fotografías textuales”.

Sin embargo, decidir si Divac logró su objetivo o si no pudo evitar dejarse llevar por su desbordante capacidad para la fantasía mientras escribía, será un cuestión que dependerá, exclusivamente, de lo que el lector quiera (o desee) creer.

 

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