Otoño

Para Bernard el hallazgo ha sido molesto porque sabe lo que significa. Ya no recuerda cuánto tiempo lleva vagando por el desierto, deslizándose ocioso entre dunas, bañándose en oasis secretos y jugando con chacales hasta el fin de la madrugada. Bernard disfruta del calor y camina sobre la arena pensando que nunca se acabará. Nunca termina pero en medio de su alegría ha encontrado lo que más odia y lo que, al fin y al cabo, le llevará a un final que antes no existía.

Decir que no le gustan los ascensores resultaría poco preciso porque los detesta de tal forma que desconoce si hay alguna palabra para definir la sensación que le provocan. Cuando le preguntan, Bernard se encoge de hombros y con la mirada dice: «¿Pero cómo no me va a causar repulsa una caja con luz artificial que se desplaza en vertical sin ningún tipo de control y nos suspende a grandes alturas? La vida se transforma mientras nos encerramos en ese horrible cubo y todo nos es desconocido cuando salimos de él». Lo dice así, con esa mirada azul que siempre ha huido del frío. Y así lo entiende la gente que, por toda respuesta, solo pueden imitarle y encogerse de hombros.

Por eso cuando se encuentra un ascensor en lo alto de la última duna a Bernard se le revuelve algo en el estómago. Como cuando alguien estropea una velada con un comentario desafortunado. Todo sigue ahí: el desierto, su felicidad y los coyotes que mordisquean juguetones su túnica. Pero un elemento extraño ha irrumpido y, aunque mire hacia otro lado, aunque trate de ignorarlo, sabe que sigue ahí y eso le molesta tanto que no puede dejar de pensar en ello.

Bernard sabe que esa sensación no desaparecerá mientras que el ascensor siga allí. Así que desplaza la verja hacia fuera y deja al descubierto un cajón de pino con una puerta doble. En cada hoja hay un cristal translucido decorado con árboles semidesnudos sobre un manto de hojas. Hasta a Bernard le parece una imagen hermosa. Suspirando, tira de los pomos dorados y entra a la caja.  Seguir leyendo “Otoño”

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Otoño

Crítica: “Las palabras inexistentes”; de Aleksandar Divac

Probablemente, quien haya leído alguna vez a Aleksandar Divac se habrá quedado con la idea de que es un desequilibrado mental. Seguramente tenga razón, tal vez sea ese el motivo de su escasa e intermitente obra literaria. O tal vez sea un genio oculto en nuestra era que no hemos sabido valorar debidamente.

Que a las puertas de la disolución yugoslava, el escritor pensara que su mejor contribución al país era un compendio de pianos abandonados en lugares extraños no habla muy bien de su ubicación en la realidad. De hecho, Aleksandar nunca viajó a los lugares de los que habló en su libro. Jamás escaló a la cima de un volcán. No hay certeza de que navegara el Pacífico Sur. Y, desde luego, nunca empuñó un arma; ni siquiera participó en los conflictos de los Balcanes. El yugoslavo solo había visto su país y no se planteó ver nada más, a pesar de tener pasión por describir el mundo. A lo largo de los capítulos de “La terrible vida de los pianos nómadas” podía profundizar en descripciones muy detalladas sin explicar el motivo de la aparición de un piano en un lugar en el que estaba claramente fuera de contexto. Aparentemente, su preocupación era más bien estética, y no buscaba justificación o hilo argumental; ni en lo fantástico ni en lo real.

A pesar de esta obra poblada de pianos en situaciones bizarras, Divac se granjeó gran respeto y admiración tanto de serbios, como de bosnios, croatas y del resto de realidades nacionales que conformaron su viejo país. Se dice que pasó la guerra en las laderas de Derevica; viviendo y escribiendo en la frontera albano kosovar; recibiendo saludos y respeto de cualquier bando de militares que pasara por allí. Tal vez fue capaz de crear el único espacio de paz en el país durante los primeros años de los noventa.

Yo mismo pensaba que el yugoslavo era un loco pero en estos cinco últimos años he encontrado dos motivos para cambiar mi opinión. Todo empezó cuando encontré un texto de Roberto Bolaño en el que relataba una conversación con Divac. Los motivos por los que Aleksandar recibió a Bolaño me son desconocidos porque tras la guerra el autor serbio se enclaustró en su cabaña a lo Salinger, para no salir nunca de allí.

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Crítica: “Las palabras inexistentes”; de Aleksandar Divac