Trazos

 

El papel asimila la tinta negra que ha recibido desde un golpe de pincel. Estoy embelesado. Y sacudo la cabeza recordando que no es un golpe, es un trazo o, más bien, es una caricia. Es eso. El maestro gira la muñeca de forma imperceptible y, desde el pincel, acaricia el papel para crear una línea perfecta. Es la cantidad de tinta justa, proyectada de la forma correcta para que el papel, que es un lienzo, absorba la sangre negra que le va a dar vida permitiendo que se extienda con un sonido inaudible. Pero no casual. Todo es como él quiere: la anchura del trazo, la profundidad de la mancha, los claros en el papel. Todo. Llevamos el día entero sentados sobre el tatami, como es habitual, y su concentración va más allá de esos detalles. En la penumbra de la habitación no se escucha nada, ni siquiera su respiración.

Tras el último gesto se levanta, sacude el kimono, impoluto, y abre la puerta corredera para salir al jardín que el papel de arroz no nos dejaba ver. Cuando desaparece de mi vista, me levanto ansioso para asomarme a su obra.

Es perfecta. Una “u” inversa partida en la mitad por una línea coronada por otro trazo horizontal mucho más corto, como un paraguas. Dentro del símbolo cuatro toques, cuatro gotas para completar el símbolo “ame”. Lluvia.

Miro al jardín y el sol me ciega ligeramente. Acostumbrado a la penumbra de la habitación tapo la luz con mis manos para disfrutar de la vida que tenemos a solo cuatro pasos de nosotros. El maestro siempre cultivó un huerto que ahora debo cuidar yo. Es pequeño, con tomateras, lechugas y otras plantas como albahaca y lavanda. Nunca trabajamos fuera aunque el día sea tan fresco y despejado como el de hoy.

Oigo sus pasos y me deslizo al lugar donde pertenezco. Espero con aire circunspecto pero él no disimula su enfado. Entra, coge su obra, se acerca a la mía, las mira, gruñe, las arruga, las lanza al jardín y se va.

Mis trazos no inspiraban nada, no transmitían lo que yo buscaba, no eran dignos de mi suerte de estar allí, bajo la tutela de aquel gran sensei. Su caligrafía, sin embargo, resultaba profunda, evocadora. Leer esos pinceles dolía. Había algo sumergido en la tinta, algo que te asaltaba presionando tu pecho hasta ahogarte. Transmitía un dolor puro, genuino. Y, aunque yo estaba allí, con él, día tras día, cada una de sus líneas también gritaba sentimientos de soledad.

Siempre intenté darle un motivo para sonreír. Obedecí sus normas de silencio creyendo que así él trabajaría mejor, pero nunca estaba satisfecho con los resultados. Dibujé kanjis noche tras noche, hasta altas horas de la madrugada, tratando de conectar el pincel con el papel, de superar unas obras que no alcanzaban la mediocridad. Jamás apreció mis esfuerzos. Busqué símbolos positivos y con curvas alegres para motivarle; pero los rechazaba todos imponiendo palabras de significado triste en nuestra práctica diaria.

Yo seguí porque creía en él. Quería creer en los dos. El jardín crecía mientras yo lo cuidaba, así que me hice responsable de que siguiéramos dando algo al mundo desde nuestros pinceles. O al menos que él lo siguiera dando.

Hoy volverá después de una semana fuera. Ha estado en una feria de arte. Una vez al año va, la gente le aplaude y consigue dinero para encerrarse tranquilamente otro año a pintar.

He seguido sus costumbres. Cada mañana he revisado el huerto. He quitado malas hierbas, he regado cuando era necesario. Me he puesto el kimono y me he sentado, en mi sitio, a trabajar. Cada día con un kanji distinto, cada día un símbolo horrible en el que transmitir toda mi tristeza sobre el papel. Su tristeza. Al final de la jornada he abierto la puerta corredera, deslizando el papel de arroz para dejar entrar el aire fresco del jardín a la habitación. He salido, he paseado mi mirada perdida por el cielo. He vuelto a la habitación, he cogido el papel, he despreciado mi trabajo y lo he arrugado para arrojarlo al jardín. Así le he esperado y así aguardo como si él hubiera estado conmigo cada día.

En su ausencia han llegado los primeros fríos y con él la primera nevada. Entra sin haberse abrigado, con su kimono de siempre, pero se sacude el manto blanco del pelo como si no le molestara. Sin preámbulos se sienta, humedece el pincel y comienza a pintar. No puedo evitar observarle de reojo. Hay algo en él que es poco habitual. Una leve sonrisa se dibuja en su rostro. Mueve el pincel con más ligereza, como si estuviera limpio de tinta. Así pasan horas y horas; mientras pierdo la capacidad de concentración él no deja de moverse entre hojas en blanco que garabatea febrilmente.

Por fin atardece. Se levanta y desliza la puerta de papel de arroz. Los copos caen sin prisa. El jardín es un manto blanco. Él se va, me parece que silbando. Me apresuro a lanzarme sobre las hojas que inundan su mesa y lo que veo me deja estupefacto. Hay cientos de símbolos, ninguno repetido, todos positivos: vida, futuro, espíritu, diversión… y así, ese hombre ha recorrido todas las palabras optimistas: desde “alegría” hasta “esperanza”, incluso pintando el “amor” que ha debido encontrar en otra persona.
Desolado, escapo de allí. Cruzo el jardín arrancando la nieve a mi paso. Ya nunca más podré volver. Nunca más pintaré otra vez.

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