Knitters

La última vez se escapó y fui el hazmerreír de la comisaría. Excepto del comisario. El comisario estaba siempre muy serio. La última vez se parecía a esta. Debíamos de estar todas las patrullas rodeando el banco. Lynda se recostaba en el coche, jugueteando con su pelo; esperando aburrida a que el comisario diera una orden coherente. Tenían rehenes, nunca nos habíamos enfrentado a ellas y, aunque yo esperaba que no fuera nada, no sabíamos lo que podía ocurrir.

Me tocó a mí. Llevábamos varias horas con la zona acordonada, controlando todas las vías de escape. Pero al comisario se le acababan los cigarrillos y, al parecer, solo yo podía hacer algo. Así que entré, despacio, con las manos en alto, rezando para que a nadie le traicionaran los nervios, para que ninguna bala se escapara por error o por tembleques. Dentro, el más absoluto de los silencios. No había nadie. Ni rehenes, ni empleados, ni atracadoras. La caja fuerte limpia. Y en el suelo, la ropa de mi madre y sus compinches perfectamente estirada. ¿Cómo lo habían hecho?

—Es tu madre otra vez ¿verdad? — Lynda me sacó de mis pensamientos. — Si no, ¿por qué no han entrado todavía?

—El procedimiento habitual…—dije yo sin pensar.

—Dejarte a ti y recoger la ropa de tu madre — se burló ella. —No se atreven a hacer nada porque es tu madre, pero sigue siendo una delincuente.

Me encogí de hombros. Seguramente tenía razón. Ella habría entrado disparando a todas partes, para dar una lección a los atracadores y al resto de cacos que pudieran verlo por las noticias. Era demasiado joven e impulsiva. En realidad, hacíamos las cosas de otra manera. Evitando muertes innecesarias.

Llegamos y todo el mundo estaba allí. Coches patrulla con las luces encendidas y un montón de policías mirando fijamente la puerta del Banco de España; donde un grupo de agentes luchaba con fuerza contra una red de lana de alpaca prácticamente irrompible. Los hombres pedían auxilio a gritos o, al menos, un poco de agua. El comisario nos vio y se acercó:

—Su madre y las knitters—anunció.

—¿Knitters?—preguntó Lynda.

—Tejedoras—aclaró el comisario y señaló hacia los agentes que luchaban bajo la lana — ¿Ve a esos pobres diablos? Si no hacemos algo pronto, se ahogarán de calor. Pero cada vez que nos acercamos esas brujas nos lanzan ovillos de lana vieja de la peor calidad. Duros como piedras. Es imposible llegar hasta ellos.

Apreté los dientes. Me arrepentía profundamente de haberle regalado a mi madre aquellas agujas de tejer. Al principio me hacía bufandas y jerséis, pero luego empezó a quedar con un grupo de knitters y cada vez que hablaba con ella estaba más rara. Me contestaba con evasivas y nunca sabía si podía ir a visitarla el fin de semana. Debería de haber sospechado algo.

—¿Qué quieren?—pregunté imaginando la respuesta.

—Vaciar de oro las cámaras del banco y que les dejemos salir como si vinieran de misa de 12.

—Mi madre no va a misa.

—Era una forma de hablar, aunque no diré que me sorprende.

—¿Alguna idea?— se impacientó Lynda.

El comisario me mira. Ahí viene.

—Hemos asegurado una ventana que da un despacho. Cuélate por ahí. Desármalas. O al menos a tu madre. Mientras estás con ella liberaremos a los compañeros. Si tardas más de una hora, entramos.

Lynda refunfuña como una niña pequeña y se cruza de brazos. No le gusta que me manden solo otra vez. Aunque ya no sé si porque no se fía o porque no quiere quedarse sin acción. Parece que va a decir algo, pero el comisario le echa una mirada severa y se lo piensa mejor.

Ando a hurtadillas por uno de los pasillos del Banco de España. Estoy llegando a la cámara y voy con cuidado. Me asomo en una esquina y allí están, mi madre y su banda. Parece que se ha convertido en la líder rápidamente, la verdad es que mi madre tiene madera para eso. Delante de ella cinco o seis señoras tejen sin parar una especie de sacos, mientras que unas chicas algo más jóvenes sacan oro de la cámara y lo dejan dentro de las bolsas de lana. Supongo que de alpaca. Maldita alpaca.

Mi madre coordina, anima para que vayan más rápido y de vez en cuando grita a la señora que vigila la entrada, para ver qué tal va todo. Sin novedad. Y es que no han pasado ni quince minutos. Me decido por la vía rápida, salgo de mi escondite y digo:

—¡Hola, mamá!

Como quien se encuentra a su madre en el parque, se la lleva a pasear o le llama por teléfono después de dos semanas sin dar señales de vida.

La respuesta es inmediata. Siete señoras desenfundan sus pistolas, forradas de lana de muchos colores y empiezan a dispararme sin piedad. Automáticamente un montón de ovillos de lana vieja y de mala calidad impactan en mi cuerpo. Me cubro la cabeza con los brazos y me agacho, pero estoy seguro de que me quedarán hematomas.

—¡Alto el fuego!¡Alto el fuego!— La voz de mi madre se impone sobre los disparos. — ¡Que es mi hijo, viejas locas!

No recibo más golpes. Levanto la cabeza y mi madre está ante mí. Me acaricia la cara y me besa en la frente.

—¡Ay, mi niño! ¿Estás bien? ¿Has venido a ver a la mamá trabajar?

—Mamá, pero qué haces. Estáis rodeadas, salid de aquí.

—Ya habéis oído, viejas— reacciona mi madre dirigiéndose a sus secuaces—. Salid. Nos vemos en el punto de reunión.

Las señoras y las chicas más jóvenes empiezan a lanzar los sacos hacia la cámara del oro. Cuando no quedan, prácticamente desaparecen; entran en la cámara y no vuelven a salir. Deben de haber hecho un túnel o algo. No lo sé, mi madre es increíble.

—¡Usted también, Eufrasia!— grita mi madre hacia la entrada.

Pero Eufrasia ya llega cojeando ligeramente. Antes de irse, repara en mi presencia y se acerca a mí.

—¡Ay! ¿Este es tu nene?

Mi madre asiente, ufana.

—Sí, el policía.

Eufrasia me agarra de los mofletes y empieza a apretarlos con excesivo cariño. Intento escabullirme, pero no puedo. Los hematomas no dolerán tanto como esto.

—¡Ay!¡Pero que reguapetón!¡Estarás orgullosa!

—¡Vaya que sí!Pero corre, Eufrasia, que ya está toda la policía de Madrid allí fuera.

—Claro, claro – responde alejándose.

Cuando Eufrasia se marcha, aprovecho para poner en su sitio a mi madre.

—¿Pero qué haces, mamá? Te van a detener.

—Hijo, creo que tus compañeros son un poco inútiles. ¡Nada puede detener a tu madre y sus knitters!

—Eso es lo que tú te crees.

Mientras intentaba asimilar que la banda criminal de mi madre ya tenía nombre con ella como protagonista, una voz nos interrumpe. Un arma reglamentaria apunta a la cabeza de mi madre, a escasos centímetros de ella. Lynda. Ha ignorado al comisario, me ha seguido, tiene a mi madre a tiro.

Va a estar complicado invitarla a cenar un día.

Mi madre no se lo esperaba pero aún se pone chula.

—Jovencita, es de muy mala educación apuntar así a una señora.

—Señora, es de peor educación desvalijar el Banco de España.

—A ver, a ver — intercedo yo. — A todos nos ha faltado un pelín de educación. ¿Vale?¿Por que no…?

Pero no termino la frase. Las dos me miran muy indignadas. Mi madre jamás considerará que eso de robar esté tan mal. Lynda no me respetará si no detengo a mi madre allí mismo. Se debe de estar preguntando por qué no lo he hecho todavía. Nervioso, hago lo único que puedo hacer. Dejar de ser un caballero. Trato de controlar mi respiración, pienso “nunca pegues a un mujer, nunca pegues a una mujer…” y golpeo secamente a Lynda que, desprevenida, cae al suelo como un peso muerto.

En casa, mi madre ha atado a Lynda a una silla con lana de alpaca. Yo la miro, preocupado, no sé qué le voy a decir cuando despierte. Ahora parece tan tranquila. Tan en paz. Nada que ver con lo que será cuando recupere el conocimiento.

—Es muy guapa—dice mi madre detrás de mí.

No respondo. Me quedo mirando a Lynda. Sí que es guapa. Pero ya me puedo ir olvidando de ella.

—Tienes que dejarlo, mamá.

—¿Por qué?

—¡Porque no está bien!

—A mi me gusta—responde. —Y creo que tú a ella también.

Miro a mi madre como si viniera de otro mundo. Ella sonríe y me da un beso.

—No tardará en despertar —añade. —Voy a por los álbumes de fotos y a preparar té.

Se va hacia la cocina, feliz. Y yo me llevo las manos a la cabeza.

 

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