Ese pelo feo

La señora abandona el apartamento con prisa, dejando a su paso la leve fragancia que desprende su pelo. Una melena larga, morena, que hoy lleva suelta y que salta sobre su espalda cuando abre la puerta. Se gira sacudiendo con gracia el flequillo y sonríe a su pequeña, en pijama de invierno y abrazada al conejo de peluche blanco que le acompaña cada noche. La niña se despide de su madre sacudiendo la mano y esta responde con una sonrisa. Por fin se va y me deja a cargo de la casa.

La niña me mira. Quiere ver televisión. Pero tiene que cenar primero. No le gusta el puré de verduras, solo se comerá el yogur. Así que le acaricio la cabeza y le prometo que si se come todo podrá ver una película de dibujos. Tiene el cabello moreno, como el de su madre, pero mucho más corto, a la altura del cuello. Se aleja contenta con la promesa, haciendo bailar su pelo suelto con cada saltito de emoción.

Le doy la cena. No rechista, se lo acaba todo. Tenía hambre. O ganas de ver la tele. Cuando termina el postre corre a la nevera y coge un papel. Me lo da. Es un dibujo. Es un dibujo de mí. En él estoy cocinando. El delantal no se parece al que uso normalmente. Me ha hecho algo más delgada y rubia de lo que soy. El pelo le ha quedado un poco más largo, incluso más bonito. A pesar de ser un dibujo infantil, cualquiera diría que lo tengo increíblemente suave, largo, aterciopelado. Alrededor de mí revolotean una cantidad exagerada de corazones. Eso me hace sonreír. Le doy un beso. Ella se sonroja y corre a tumbarse en el sofá. Pero le digo que no, que tiene que lavarse los dientes. Aunque se hace la remolona, no tarda en ir al baño. Realmente tiene ganas de tele.

Mientras se cepilla los dientes yo recojo la cocina. Pongo en marcha el lavavajillas. Barro el suelo. Me como un yogur. Está tardando demasiado. Preocupada, dejo el yogur a medio acabar y voy al baño. Se ha subido a un taburete y se mira en el espejo. Con las patas del peluche se peina el pelo. Dice que es una princesa y que el pueblo la eligió por su hermosa melena. Le digo que es verdad, que tiene el cabello más bonito del reino. Le acaricio suavemente la cabeza. Ella me mira con los ojos bañados en lágrimas. Echa de menos tenerlo largo. No le gusta que su madre se lo haya cortado. No es justo. Me agacho, me pongo a su altura, le doy un beso en la mejilla. Le cuento que el pelo volverá a crecer y que entonces será todavía más envidiada en su reino. Me abraza y vamos al sofá para ver su película de dibujos favorita.

No tarda en dormirse. Está cansada. Es como un pequeño ángel. Apago la tele, apago las lámparas y cojo en brazos a la pequeña. Ya me sé la casa, los objetos que hay desperdigados. Puedo llevarla a su habitación sin tropezar. La acuesto y, al tocar la cama, me pide un beso de buenas noches. Por supuesto, se lo doy. La arropo. Salgo de la habitación y cierro la puerta.

Vuelvo a la cocina para terminarme el yogur a medio empezar. Lo saboreo despacio. La señora tardará en llegar. Cuando acabo, tiro el envase a la basura. Voy al baño y aparto el taburete. Me miro en el espejo. Me toco el pelo. Lo acaricio suavemente. No es suave, no tanto como me gustaría. Es largo, pero es casi rugoso. Es rubio, pero claro, muy claro, casi canoso. Observo que le falta brillo, mi melena es opaca. He debido descuidarla sin darme cuenta. Tal vez he trabajado muchas horas seguidas esos días. El señor fuera. La señora en cenas de directivos. No me gusta cómo tengo el pelo. Veo el conejo de peluche en el suelo. Lo cojo.

Apago la luz del baño y vuelvo al pasillo. Me detengo ante la habitación de la niña. Abro la puerta de par en par. Duerme. Duerme como un bebé. Duerme como el pequeño milagro que es. Y tiene un pelo precioso.

Me siento en el borde la cama. Lo hago con cuidado, para no despertarla. La pequeña respira profundamente y se gira. Su cara queda hacia mí. El flequillo casi le tapa los ojos cerrados. Dejo el peluche a su lado. Le acaricio la cabeza. Es lo más suave que he tocado nunca. Palpo debajo de la cama. Ahí está la caja de latón, la vieja caja de galletas que guardé hace tiempo allí. La abro y saco las tijeras. Vuelvo a acariciar el pelo de la pequeña y corto. Un mechón.

Vuelvo a la caja. Introduzco el pelo en una pequeña bolsa de plástico transparente. La cierro. Alumbrada por la luz que se cuela desde el pasillo, cuento bolsas. Cada una contiene un mechón. Diferentes colores, diferentes suavidades, distintos niños. Termino de contar, termino de recordar. Y, sin duda, este es mi mechón favorito. El mechón de una princesa.

Guardo las tijeras y cierro la caja. La pequeña sigue durmiendo. No debería saber lo que ha pasado. Cojo el conejo y lo aprieto levemente contra su cara. Espero unos minutos. La niña deja de dormir.

Con la caja en la mano salgo de la habitación, salgo del apartamento y entro en el ascensor. Es viejo y lento. La maquinaria cruje en el descenso. Frente a mi hay un espejo desgastado. En él, me miro el pelo. Mi pelo rugoso. Asqueroso. Casi canoso.

Ese pelo feo.

 

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