El día rebelde de Juan el evangelista

En las sandalias de Juan entraba más arena de lo habitual. O así lo sentía él. Enfurruñado, Juan prolongaba cada zancada que daba para alejarse del grupo mientras se sacudía la tierra del camino.

Unos metros atrás Jesús saludaba a unas prostitutas, como hacía siempre que llegaban a una ciudad. Decía que, al final del día, ellas eran las que habían hablado con más personas. Las mejores para difundir su mensaje en ese momento. Si era así… ¿para qué estaban ellos?

Alguien tiró de su túnica, ralentizando su paso.

—¿A qué viene esa prisa, Juan? —Pedro le rodeó con el brazo amigablemente. —El maestro se ha detenido un momento.

—Ya he visto al maestro. Me apetecía estar solo.

—A todos nos hace falta estar solos de vez en cuando.

Sin embargo Pedro se quedó allí, cogiéndole del hombro y caminando a su lado. Juan se lo quitó de encima con un manotazo. Sorprendido, Pedro le preguntó:

—Juan, ¿qué te ocurre?

—Ya te lo he dicho, necesito estar solo.

—Si pasa algo debes de contármelo. Estoy aquí para ayudaros a todos.

—Sabes lo que me pasa.

—Entonces, tienes que asumirlo: no puedes anteponer tus intereses a los del grupo.

—A los del maestro, quieres decir.

Pedro negó con la cabeza.

—A los grupo. Sus intereses son los nuestros. Nos debemos todos a la misma causa.

—Como quieras. Entonces no hay nada más que hablar —sentenció Juan.

Aceleró aún más el paso pensando ya en encontrar la taberna más cercana a la puerta de la muralla principal. Pero Pedro se interpuso en su camino y le agarró de los hombros.

—Escucha, sé que tienes otra forma de contar las cosas —dijo Pedro.

—¿No estaba ya todo hablado?

—Necesito que comprendas…

—No hace falta comprender nada. El maestro y tú lo tenéis todo claro. Tal vez deberías contar cuántas monedas de plata lleva Judas en su bolsa y dejarnos trabajar a los demás como queremos.

—No te preocupes por Judas. Eso está arreglado.

—¿De forma milagrosa?

Pedro se rascó la barba, asimilando la impertinencia de Juan.

—Estoy cansado de tanta fantasía ¿No podemos contar las cosas como son? — se quejó Juan. —El maestro hizo una gran obra repartiendo pan y peces el otro día pero…¿A partir de un paz y un pez? ¿Quién se va a creer eso, Pedro? Cada vez que leo lo que me haces escribir…¡siento vergüenza!

Pedro alzó la mano pidiendo silencio y Juan interrumpió su verborrea.

—Entiendo que a ti te guste contar las cosas de forma más… realista, Juan.

—Me gusta contar la verdad.

—La verdad no está solo en los hechos. La verdad está en lo que estos representan. ¿No te das cuenta?

—No te entiendo —reconoció Juan.

—El mensaje que estamos lanzando es bueno pero ¿cómo lo recibirán las generaciones venideras? Necesitamos que tenga impacto, hacer que perdure.

—¡Pero mentimos a la gente!

—No mentimos. Estamos transmitiendo un mensaje. Lo que importa no es que Jesús reparta pan y peces. Lo que importa es que comparte lo que tiene con todos.

Juan calló, dubitativo.

—Ya queda poco, Juan —insistió Pedro.—Dentro de nada podrás volver a ejercer tu estilo hiperrealista. Pero ahora tenemos un deber. ¿De acuerdo?

—Está bien —suspiró Juan.

Pedro le dio un par de palmadas en la espalda, sonriendo.

—Fantástico. ¿Has preparado lo de Lázaro?

Juan rebuscó en su bolsa y sacó un pequeño frasco. En su interior se veía una pócima morada. Mostrándoselo a Pedro, comentó:

—Recibí un mensaje de Lázaro. Ayer tomó la primera dosis de esta poción. Le adormecerá tanto que parecerá muerto.Ya le deben haber dado sepultura.

—¿Y cómo despertará?

—Con otra dosis similar. Esta noche me colaré en el sepulcro y se la pondré. Despertará para la sexta.

—Buen trabajo —dijo Pedro complacido.—Pero…¿y si no consigues dársela?¿O si le das demasiado?

Juan se encogió de hombros.

—Supongo que despertaría igual. Pero no en su estado habitual. Tal vez se levantaría violento,incapaz de articular palabra o incluso recordar a sus seres queridos. Es impredecible.

La cara de Pedro palideció ligeramente.

—No sabía que había tanto riesgo.

—No lo hay, si pongo la cantidad adecuada. Tranquilo, está controlado.

—Gracias —dijo Pedro, visiblemente más relajado.

A la hora sexta del día siguiente estaban todos congregados alrededor del sepulcro de Lázaro. Al lado de Jesús, sus hermanas, Marta y María, lloraban desconsoladas. Juan, junto a Pedro, observaba apartado como María reprochaba a su maestro el no haber llegado antes. Compungido, dijo Jesús:

—Quiten la piedra.

Y un grupo de hombres abrió el sepulcro. Entonces, Jesús levantó los brazos al cielo y dijo:

—Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero te pido por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.

Juan se inclinó hacia Pedro.

—¿Quién ha escrito eso?

—Marcos.

—¡Vaya tío!¡Qué bueno es!

—Ya —respondió Pedro, ufano.

Ante el sepulcro, Jesús bajó los brazos, y gritó hacia la oscuridad:

—¡Lázaro, ven afuera!

Tras un silencio, los congregados comenzaron a murmurar. ¿Realmente había resucitado un hombre por gracia de aquel Dios del que les hablaban? Pedro hizo un gesto a Jacobo, uno de los discípulos, y este señaló la gruta exclamando:

—¡Milagro!¡Es un milagro!

Aún no se veía nada, pero eso bastó para que se escuchara algún “oh” de sorpresa. En ese momento apareció tambaleándose el cadáver de Lázaro, arrastrándose contra la pared de piedra porque estaba vendado de pies y manos, por lo que no podía moverse con libertad.

—¡Soltadme, cabrones!— gritó Lázaro.

Pedro se puso blanco mientras que Juan disimulaba una sonrisa. A Jesús las palabras de Lázaro le pillaron por sorpresa, pero lo disimuló bien, sin salirse del guión.

—Emmm…Desátenlo para que pueda caminar — ordenó.

Cuatro hombres se acercaron a Lázaro que se movía nervioso intentando librarse de su ataduras. Esta vez, Pedro se inclinó hacia Juan.

—¿Qué has hecho, desgraciado?

—Nada más que agrandar el milagro.

En cuanto se vio libre, Lázaro empezó a gritar enfadado.

—¡Joder! ¿Por qué me teníais atado?

Lázaro cogió a su liberadores y empezó golpearles, haciendo que sus cabezas chocaran unas con otras y manchándose con su sangre. Sin capacidad de reacción, los cuerpos cayeron como sacos de patatas ante él. La multitud comenzó a huir despavorida. Algunos apóstoles corrieron a proteger a su maestro mientras que otros intentaban reducir a Lázaro, conocido desde entonces como la bestia resucitada.

Pedro estaba furioso. Girándose a Juan, dijo:

—¿Por qué?¿Por qué lo has hecho?

—Pensé que así el golpe de efecto sería más potente —respondió Juan, inocente.

—Ya veremos cómo acaba esto —dijo Pedro señalándole.—Por ahora espero que en tu crónica se lea un milagro más acorde a nuestras necesidades.

Pedro salió corriendo a ayudar al resto de discípulos.

—Pensaba que la cuestión era transmitir un mensaje — contestó Juan al aire.—Otra cosa es que el mensaje haya gustado…

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