El día rebelde de Juan el evangelista

En las sandalias de Juan entraba más arena de lo habitual. O así lo sentía él. Enfurruñado, Juan prolongaba cada zancada que daba para alejarse del grupo mientras se sacudía la tierra del camino.

Unos metros atrás Jesús saludaba a unas prostitutas, como hacía siempre que llegaban a una ciudad. Decía que, al final del día, ellas eran las que habían hablado con más personas. Las mejores para difundir su mensaje en ese momento. Si era así… ¿para qué estaban ellos?

Alguien tiró de su túnica, ralentizando su paso.

—¿A qué viene esa prisa, Juan? —Pedro le rodeó con el brazo amigablemente. —El maestro se ha detenido un momento.

—Ya he visto al maestro. Me apetecía estar solo.

—A todos nos hace falta estar solos de vez en cuando.

Sin embargo Pedro se quedó allí, cogiéndole del hombro y caminando a su lado. Juan se lo quitó de encima con un manotazo. Sorprendido, Pedro le preguntó:

—Juan, ¿qué te ocurre?

—Ya te lo he dicho, necesito estar solo.

—Si pasa algo debes de contármelo. Estoy aquí para ayudaros a todos.

—Sabes lo que me pasa.

—Entonces, tienes que asumirlo: no puedes anteponer tus intereses a los del grupo.

—A los del maestro, quieres decir.

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