Fruto dulce

Bailarines de tango en la playa (Nueva York)

Por fin pisa la playa. Descalzo, siente en su piel el calor de la arena fina. Aspira la brisa salada y fresca que anuncia un próximo atardecer. El rumor de las olas viene y va. Piensa en los viajes que iluminaron su mundo de oscuridad: siente el tacto rugoso de la ciudad perdida de Angkor. Se ahoga con el olor de los callejones en Beijing. Paladea la mezcla de especias que probó en la India. Sus oídos recuperan voces en cientos de idiomas diferentes, voces amigas, seguras y protectoras. Voces que le han llevado a que, por fin, pise esa playa argentina.

La tarde le trae el bullicio de la gente que ha salido a ver la puesta de sol. A unas dos cuadras, como dicen allí, un puesto vende empanadas recién hechas, inundando con su aroma todo el paseo marítimo. Más cerca, unos chicos juegan a fútbol entre gritos, vítores y celebraciones, que no son más que sueños de convertirse en ídolos mundiales.

Las olas vienen, van y su rumor se apaga cuando tras él una orquesta regala un tango al anochecer. Una mano tierna y femenina cae sobre su hombro. Él se gira con una sonrisa educada al oír esa voz argentina, tan de programa radiofónico para noches en vela, que le dice:

—Venga, flaco. Aquí se viene a bailar.

Ella guía sus primeros pasos sobre la arena mientras él se posiciona. Deja que le coja la mano y pone la otra sobre su espalda suave y desnuda. Los pies se acarician sin querer y nota como el vestido cae hasta un poco antes de los tobillos. Es un vestido ligero cuya falda vuela a cada movimiento que hacen, erizando la piel del chico cuando la tela roza su pierna.

Termina la canción y se detienen. Hay más gente alrededor que aplaude su baile, el propio o el de otros, mientras que la banda agradece a los asistentes la presencia de todos. Nota como ella susurra sin soltarle:

—Pues no bailás mal.

—¿Para ser ciego? — responde sonriendo.

Siente como devuelve la sonrisa. Niega con la cabeza y su pelo, corto, vuela desatando un perfume de jazmín y madreselva que embriaga su olfato.

—Para ser un hombre… — aclara la argentina.

La banda toca otra vez y él se deja bailar, embelesado. Así giran y giran hasta que el sol desaparece, en la playa refresca y, sobre ellos, hileras de farolillos dan calor a su vida mientras iluminan la del resto.

Entre tangos y milongas, beben, hablan y comparten caricias disimuladas. Él descubre en los surcos de su cara una mujer que se le antoja excepcional. No recuerda haber sentido nada así, recorriendo con el paso de sus yemas unas mejillas que forman su cara ovalada, unos labios largos, sensuales; y una barbilla algo redondeada que termina por sobresalir en forma de corazón. Mientras desentraña el misterio, evidente para el resto de bailarines, ella se acalora un poco, tiñéndose de vergüenza. Él ríe divertido al notar su sofoco:

—Creía que no eras tímida — dice.

Por toda respuesta un beso. Un beso suave al que le sigue otro, con el que sus cuerpos se juntan y él se transporta un lugar muy alto y alejado. Se ve a sí mismo sobre una estrella, observando al mundo que se ha detenido porque hay dos personas entregándose a la orilla del mar, bajo la luz de los faroles. Desde ahí podría contemplar galaxias, asteroides y planetas extraños. Podría espiar a todos los humanos, o a los habitantes del resto del universo. Pero él solo ve una pareja besándose como si fuera la primera y última vez.

En su estrella escucha la música que vuelve a empezar. La chica sonríe, olvida el tango y se estrecha contra el joven, compartiendo la arena que pisan. Entonces ella canta con los tangueros:

—Bésame, y ahuyentas el dolor, que al partir, desgarra nuestro amor…

Y responde susurrando:

—Beso, fruto dulce de tu boca, que a mi corazón provoca, místico embeleso de amarte más…

La mujer se separa un poco para mostrar otra sonrisa que el ciego siente aunque no pueda ver.

El sol calienta su cara y el rumor mañanero de las olas le ayudan a despertarse. El joven se incorpora, sacudiéndose la arena. Del bolsillo de su chaqueta saca una manzana roja. La huele. Aún desprende olor a jazmín y madreselva. Tal vez aquella haya sido su noche. Seguro que sí. Por eso muerde la manzana, para volver a saborear el fruto más dulce que ella le dejó.

 

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