Una noche en Madrid

Le encanta la noche. No la noche de los fines de semana. Le encanta la noche extraña, de entre semana, de calles vacías y oscuras, donde los pecados cambian de nombre y se transforman en todas las cosas secretas que uno puede permitirse hacer sin ser juzgado por la sociedad que duerme.

Abandona su apartamento en la calle Velázquez. Desde el salón se pueden contar las luces de la ciudad; pero en el exterior respirará el mismo aire frío con el que crecen los edificios, contra el que luchan operarios de limpieza para completar su tarea, sobre el que se congelan los sueños de los oficinistas más amargados.

No ha tardado en llegar. La sala está repleta de zombis como él, zombis que ya llevan tiempo danzando. En ese momento suena “Rosa María” con la voz de Camarón, la guitarra de Paco de Lucía y una mezcla de ritmos electrónicos a lo Chambao. En una cabina situada en lo más alto de la sala, el DJ se mueve rítmicamente. Lleva la cara tapada con una máscara de gas rusa y el pecho descubierto. A cada movimiento, sus pectorales, sus abdominales, todos sus músculos esculpidos tras horas de gimnasio, palpitan al ritmo de las mezclas, embobando a las jóvenes primerizas que se mantienen lo más cerca posible de su púlpito, tan hechizadas que son las únicas estatuas en ese antro lleno de cuerpos descontrolados.

Llega a la barra y El Kurdo, dueño y amo del lugar, el único con poder de detener o alargar el transcurso de esa fiesta bizarra, le saluda desde su ojo de cristal.

– ¿Qué va a ser, Pepe?

Hoy se llama Pepe. Otros días ha sido El Ruso, Toni, Zacarías, Dante, Boris, Juan e incluso Heródoto. Nadie conoce a nadie y El Kurdo prefiere mantenerlo así, por lo que cada noche bautiza a sus parroquianos favoritos

Pepe se apoya en la barra y observa a los habituales del lugar, a los que cambian de nombre cada noche y que se han convertido en desconocidos familiares.

Está el anciano con gafas y casco de aviador, vestido con un traje rosa claro, que siempre se mueve como desquiciado. También el gorila con pajarita y chistera que, como siempre, va agarrando de los pelos a alguna de las nuevas admiradoras del DJ para obligarlas a bailar con él. Y por, supuesto, la negra rechoncha, vestida de militar, con la cara cubierta de polvos blancos y un paraguas japonés verde a juego, que siempre lleva abierto allá donde está bailando.

Esos son solo algunos de los clásicos que se desenfrenan en aquel lugar destinado al desenfreno. El paraíso de los enfermos por desidia, el punto de encuentro de los desquiciados de la ciudad; donde todos dan rienda suelta a su imaginación y no importa lo que sean, de dónde vengan, ni lo que hagan. Puede que lo que hagan sea lo que menos importa porque las normas no existen en aquel espacio. Allí solo hay zombis que beben y bailan hasta que el DJ se quita la máscara, se descubre ante las nuevas jóvenes que le adoran con su rostro quemado, desfigurado, y todos ríen viendo como la mayoría huyen. Entonces vuelven a casa sin saber qué hora es.

– Hoy nada. Hoy vengo a mirar – responde Pepe.

El Kurdo sonríe como si hubiera escuchado ese chiste que siempre le ha hecho reír:

– ¿A mirar? Pues vete, hombre. Aquí no hay nada que ver.

Pepe repasa a los zombis que bailan y se pregunta si realmente no hay nada que ver o si alguien querría ver aquello.

– Tengo algo nuevo. Algo especial.

El Kurdo ha dejado el vaso a un lado y en su mano tiene una bola del tamaño de una pelota de ping-pong, envuelta en papel plata. Curioso, Pepe la coge y empieza a deshacer el papel:

– ¿Qué mierda es esta, Kurdo?

– ¡No! No la desha…- comienza El Kurdo.

Pero al Kurdo no le da tiempo a terminar su frase. O al menos eso piensa Pepe. Porque, de repente, Pepe ya no está rodeado de zombis que bailan, ya no está delante de la barra de El Kurdo y, desde luego, ya no siente la vigilancia de su ojo de cristal. Ahora todo a su alrededor es vegetación. Húmeda. Espesa. Viva.

Pepe busca una respuesta a las preguntas que bloquean su cabeza pero no ve nada que le ayude. En su mano la pequeña bola, sin envoltorio, tiene un color gris apagado. El silencio que respira en esa jungla le inquieta, en especial comparándolo con el ruido del antro. Arrastra los pies para comprobar que no se ha quedado sordo y cree escuchar como el barro se deshace bajo las suelas de sus zapatos. Se acuclilla un momento y hunde su mano en la tierra: mojada, pero limpia, parece pura y virgen, como si nadie la hubiera chafado en años y hubieran pasado mil tormentas desde entonces. El barro es pegajoso y no consigue limpiárselo del todo a pesar de sacudir su mano con fuerza.

No sabe dónde está. No entiende ese silencio. Pepe comienza a plantearse si está muerto. Si ha dejado su cuerpo comentando asuntos triviales con El Kurdo y ahora su alma está perdida en medio de una jungla que puede llevarle al cielo, al infierno, a otro sitio desconocido o ser su limbo particular. Tal vez la humanidad ha tenido siempre miedo a desaparecer de la vida pensando que era algo oscuro y, tal vez, sea algo igual de terrible (o no lo sea tanto) pero luminoso. El no saber hace temer, porque no sabemos vivir en la incertidumbre. Y por eso Pepe supone que debe estar muerto.

Se reincorpora con una mano manchada de barro y una pelota gris en la otra pensando que, en efecto, en general, no sabemos nada. Se está planteando hacia dónde ir, cuál será el camino correcto, cuando oye un gran ruido. Ante él, unos grandes árboles empiezan a agitarse inquietos y de ellos vuelan bandadas de aves extrañas que gritan “¡ya viene!¡ya viene!”. Pepe sigue con la mirada al grupo y entonces distingue el ruido, que no es un ruido cualquiera, más bien es un rugido de un animal grande. Y suena muy cerca.

Los árboles se abren y de ellos emerge un enorme dinosaurio. Si Pepe fuera paleontólogo, o aficionado al tema, habría distinguido al bicho como un Carnotaurus de mal humor. Pepe no necesita muchos conocimientos para saber que está en serio peligro. El dinosaurio se ha lanzado a por él sin ningún miramiento y parece que va embestirle. La única reacción de Pepe es cerrar los ojos y apretar los puños, por lo que no puede ver como la pelota se vuelve de mil colores y el dinosaurio desaparece.

No es exactamente que el dinosaurio haya desaparecido. En realidad, el que ha desaparecido ha sido Pepe. Lo sabe en cuanto abre los ojos; y sabía que podía abrirlos porque el rugido del dinosaurio ya no se escuchaba. Se había cortado en seco. Pepe se mira las manos para comprobar si, en caso de que no estuviera antes muerto, sigue vivo. En su mano izquierda sigue la pelota, a la que los mil colores se le apagan y vuelve a su tono gris pálido. Su mano derecha sigue manchada de barro.

Ahora está en la ladera de una colina. Abajo, en el valle, dos ejércitos luchan. No parecen hacerse mucho daño, aunque pelean encarnizadamente. Uno lleva estandartes blancos y armaduras doradas mientras que en los escudos del otro los colores son azules y granates. Alrededor de ellos, como delimitando su campo de batalla, hay un río de sangre en el que se ahogan banderas de distintos colores.

En lo alto de la colina, ajena a la lucha del valle, hay una pequeña cabaña de madera. Al lado, sobre un tendal, sábanas blancas bailan mecidas por un viento suave. De la casa sale una mujer llorando:

– ¡Dejad de luchar! – grita hacia el valle.

Con lágrimas desbordando sus mejillas femeninas, se acerca al tendal y suelta una sábana que comienza a volar hacia los ejércitos. Mientras se aproxima, la sábana parece crecer, tanto, que Pepe ve cómo la tela termina por cubrir a los dos ejércitos y al río de sangre. Bajo el mar blanco, se adivinan a los contendientes, que no cejan en su empeño de luchar. La mujer llora más y sus lágrimas forman un río que cae por la ladera como una cascada: arrasando todo con tanta fuerza que está a punto de llevarse a Pepe.

Pepe, que hace mucho que no nada, tiene miedo. Tiene miedo de ahogarse, en caso de que esté vivo, y no quiere que la fuerza del agua, que no deja de crecer, le lleve con los ejércitos. Así que vuelve a apretar los puños y, esa vez sí, ve como de su mano izquierda, donde tiene la pelota, nacen mil colores. Con un destello, todo desaparece.

Mientras sus ojos se acostumbran a la luz, oye ruido de cláxones, motores y conductores cabreados. Pepe está en medio de la Castellana, cree que cerca de Cuzco, pero no está seguro. Los coches están detenidos y sus ocupantes le observan sorprendidos: le han visto materializarse ahí, de repente, y no entienden nada. Pepe está más asustado que nunca, porque con el sol que hace deben ser las cuatro de la tarde y eso le parece horrible. Así que aprieta los puños esperando que pase algo.

Sus sábanas están sudadas. Desde la cama, puede mirar la ventana de su piso en la calle Velázquez. Es de noche. Noche cerrada. Pepe se incorpora jadeando. De su mano izquierda cae una pelota color gris pálido. Su mano derecha está manchada de barro.

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3 comentarios en “Una noche en Madrid

    1. Isma dijo:

      Es un poco loco y a lo mejor mezcla demasiadas cosas. De hecho, podría haber sido un buen relato solo en el antro y explorando más las idas de olla de los “zombis”.

      Gracias 😀

      Me gusta

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