Princesa al rescate.

El profesor Hasselbaink ultimaba el plan más malvado que había concebido hasta el momento: conseguiría que todas las máquinas de los gimnasios funcionaran al revés haciendo que la gente que las utilizara engordara y se sintiera débil en vez de adelgazar y vitalizarse. Tras este “secuestro de la salud físico – corporal”, como le gustaba denominar al plan, pedirá un gran rescate a la Unión Internacional de Gimnasios para Guapos.

Tan solo faltaba un pequeño detalle para tenerlo todo bien atado: ¿cómo reivindicar su obra sin ponerse en peligro? Tenía todo listo para grabar un vídeo, subirlo a youtube a través de un montón de líos informáticos para no ser rastreado; y comunicarse con los líderes de los gimnasios. Su primera idea fue ponerse un pasamontañas, pero no le parecía nada elegante. Él era un villano con estilo.

Una voz infantil interrumpió sus pensamientos:

– ¡Tíííííííííííoooo!

Su sobrina de cuatro años irrumpió en la habitación vestida de princesa rosa y con una espada de juguete en la mano, corriendo hacia él hasta abrazarse a sus piernas. Hasselbaink no pudo evitar esbozar una sonrisa maliciosa, la única que sabía esbozar, pero bien le servía para expresar la felicidad de la interrupción.

– Dígame, princesa – saludó Hasselbaink a la pequeña.

– ¡He salvado a mi príncipe azul!

– ¿Sí? ¿Cómo ha sido eso? – preguntó el malvado profesor.

– Puessss… estaba encarcelada en lo alto de una torre sin saber el porqué…

– ¡Algo habrías hecho!

– ¡No tío! – dijo la niña haciéndose la indignada. – Esta vez no.

– Bueno, ¿entonces?

– Estaba encerrada en la torre máááááás alta del reino de la gente alta – continuó la sobrina del Hasselbaink. – Y entonces vi a un príncipe que se acercaba en moto. Le grité:”holaaaa señor príncipe.” Y el príncipe se asustó y se cayó de la moto. Y la moto (era enorme, tío) se le cayó encima. Así que di una patada a la puerta, empujé al guardia y corrí a salvar al príncipe.

– ¡Qué bien, nena! – celebró el profesor. – ¿Ahora sois felices y coméis perdices?

– ¡No, no! Que era muy feo. Y no me gustan las perdices.

Hasselbaink acrecentó su sonrisa malvada y acarició la cabeza de su sobrina con todo el cariño que era capaz de mostrar. De repente, recordó lo importante de la tarea que tenía entre manos y dejó a la pequeña en el suelo:

– ¡Vamos! El tío tiene mucho trabajo, vete a jugar un rato.

La niña miró con sus enormes ojos al profesor y le preguntó:

– ¿Estás sembrando el caos en el mundo, tío?

– Claro.

La pequeña salió corriendo de la habitación gritando “yupiiii” dejando a Hasselbaink con sus elucubraciones. “Tal vez”, pensó, “sea conveniente disfrazarme de un animal que no pueda usar un gimnasio, para confundir y ganar tiempo: un pollo coqueto, un oso o un elefante”.

“Y si…”

Nuevos chillidos de efusividad interrumpieron el curso de la conciencia del malvado profesor. Su sobrina acababa de entrar en el despacho montada sobre una escoba más alta que ella.

– ¡Tíííííííííííoooo!

Hasselbaink miró con curiosidad a la niña.

– ¿Eres una bruja volando con su escoba?

La niña se detuvo repentinamente, mirando la escoba como dándose cuenta en ese momento de que estaba ahí.

– ¡No tío! – Respondió. – ¡Soy una piloto de Fórmula 1 ganando el mundial de Fórmulas 1 eléctricos! ¡Brmmm… brrmmm!

La chiquilla comenzó a recorrer el espacio de trabajo del profesor Hasselbaink en círculos. Admirado por la imaginación de la niña, el hombre la observaba divertido. La pequeña arrastraba su vestido de princesa por el suelo, tapando el cepillo de la escoba. Su madre se iba a enfadar cuando viera el vestido hecho un desastre. Pero a él no le preocupaba eso, su cabeza estaba en otro sitio.

– Escucha, Sara.

La princesa se detuvo a escuchar, obediente.

– Eres la mejor piloto que he visto nunca.

– ¡Ya lo sé, tío!

– ¿Qué te parece si me esperas en el salón y celebramos el campeonato haciendo un pastel? Aún tengo que decidir qué me voy a poner mañana.

Sara suelta la escoba emocionada y sale corriendo mientras chilla:

– ¡Sí! ¡Un pastel! ¡Yupiiiii!

“Y si…” recuperó Hasselbaink el hilo de sus pensamientos “…si me pusiera una careta a lo V de Vendetta. Como los Anonymus. Tal vez alguno tenga fobia al ejercicio y se unan a mi causa…”. Hasselbaink garateaba en un papel sus ideas con una extraña pluma de capuchón verde, punta dorada y unas inscripciones en cirílico en el cuerpo. Se distrajo otra vez recordando cuando el alcalde de un pequeño pueblo búlgaro cercano al Mar Negro le regaló la pluma como símbolo de agradecimiento por detener la actividad de una central nuclear cercana. En realidad, Hasselbaink solo quería producir problemas en el suministro eléctrico de la zona para después robar unas antigüedades muy raras del museo del pueblo, evitando luces y alarmas. Era la época en la que empezaba a hacer fechorías, pero todavía por encargo. Esa pluma le recordaba a sus inicios en la senda del mal. Y eso le gustaba, le hacía sentir la punzada de la nostalgia, de los días en los que los planes le venían a la cabeza y no dudaba en ejecutarlos. A veces esa inconsciencia le traía problemas, pero su capacidad de improvisación siempre le había puesto a salvo e incluso le había proporcionado momentos divertidos y emocionantes. Ahora pensaba que, más mayor y con más responsabilidades, era tiempo de cuidarse más.

No sabía cuánto tiempo había pasado ensimismado. Pero debió ser bastante porque descubrió a su sobrina mirándole con el gesto algo fruncido y los brazos cruzados.

– ¡Tío! ¡El pastel!

Hasselbaink se disculpó.

– Perdona, es que no me decido con lo de mañana.

Pero la pequeña sacó una hoja de papel sonriendo:

– Mira lo que te he hecho.

El profesor cogió a la niña en brazos y la sentó en sus rodillas:

– ¿A ver?

Era un dibujo. En él, un hombre con traje, chistera y antifaz estaba ante una cámara. Era él, dominando el mundo. Estaba claro qué ropa debía llevar para grabar.

– Muchas gracias, me encanta.

– Tío – empezó la niña.– Cuando sea grande…¿Podré ayudarte a crear planes malvados?

Hasselbaink sonrió. Puede que la sonrisa menos maléfica y más sincera que nunca había esbozado. Acarició el pelo a la pequeña y respondió:

– Claro que sí, princesa.

 

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Princesa al rescate.

2 comentarios en “Princesa al rescate.

    1. Isma dijo:

      ¡Hola, Sergio!

      Muchas gracias por tu comentario, creo que eres de Literautas, ¿no? Este mes no pude participar en el taller, espero ponerme con el de marzo.

      Este relato tengo preparados unos arreglos, pero mientras te puedo comentar estos dos, que son mis favoritos:

      http://www.ismaeln.es/blog/?p=121

      http://www.ismaeln.es/blog/?p=77

      Veo que también tienes bastante material en tu blog, me he suscrito para seguirlo. En cuanto tenga un rato le echaré una lectura.

      ¡Estamos en contacto!

      Me gusta

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