Fruto dulce

Bailarines de tango en la playa (Nueva York)

Por fin pisa la playa. Descalzo, siente en su piel el calor de la arena fina. Aspira la brisa salada y fresca que anuncia un próximo atardecer. El rumor de las olas viene y va. Piensa en los viajes que iluminaron su mundo de oscuridad: siente el tacto rugoso de la ciudad perdida de Angkor. Se ahoga con el olor de los callejones en Beijing. Paladea la mezcla de especias que probó en la India. Sus oídos recuperan voces en cientos de idiomas diferentes, voces amigas, seguras y protectoras. Voces que le han llevado a que, por fin, pise esa playa argentina.

La tarde le trae el bullicio de la gente que ha salido a ver la puesta de sol. A unas dos cuadras, como dicen allí, un puesto vende empanadas recién hechas, inundando con su aroma todo el paseo marítimo. Más cerca, unos chicos juegan a fútbol entre gritos, vítores y celebraciones, que no son más que sueños de convertirse en ídolos mundiales.

Las olas vienen, van y su rumor se apaga cuando tras él una orquesta regala un tango al anochecer. Una mano tierna y femenina cae sobre su hombro. Él se gira con una sonrisa educada al oír esa voz argentina, tan de programa radiofónico para noches en vela, que le dice:

—Venga, flaco. Aquí se viene a bailar.

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Fruto dulce

N

Un día N se sentó en su banco favorito de su parque preferido. Se sentía triste y se puso a llorar en silencio porque no quería incomodar a nadie. Tardó en darse cuenta de que no importaba si ahogaba su llanto: el parque estaba desierto.

Entonces ocurrió: una hoja de periódico voló caprichosa hasta el banco de enfrente.

Y otra.

Otra más.

Una más.

Y así varias hojas de varios periódicos volaron caprichosas hasta ese banco antes solitario: se juntaron, se arrugaron y se apretujaron formando una figura que N adivinó humana.

N se levantó para examinar la forma de papel que había surgido ante ella. No se atrevía a acercarse demasiado. Sentada en su banco, la multitud de hojas de periódico tenía un aire a lo James Joyce con gafas, sombrero y la cara algo alargada. James leía un libro, formado también por varias piezas de papel.

La lectura relajada de Joyce enterneció (aún más) a N.

Perdió la timidez, se secó las lágrimas y abrazó al tumulto de papel que, entre sus manos, se desvaneció, quedando tan solo una hoja.

Era un periódico del día anterior.

James Joyce

N

Una noche en Madrid

Le encanta la noche. No la noche de los fines de semana. Le encanta la noche extraña, de entre semana, de calles vacías y oscuras, donde los pecados cambian de nombre y se transforman en todas las cosas secretas que uno puede permitirse hacer sin ser juzgado por la sociedad que duerme.

Abandona su apartamento en la calle Velázquez. Desde el salón se pueden contar las luces de la ciudad; pero en el exterior respirará el mismo aire frío con el que crecen los edificios, contra el que luchan operarios de limpieza para completar su tarea, sobre el que se congelan los sueños de los oficinistas más amargados.

No ha tardado en llegar. La sala está repleta de zombis como él, zombis que ya llevan tiempo danzando. En ese momento suena “Rosa María” con la voz de Camarón, la guitarra de Paco de Lucía y una mezcla de ritmos electrónicos a lo Chambao. En una cabina situada en lo más alto de la sala, el DJ se mueve rítmicamente. Lleva la cara tapada con una máscara de gas rusa y el pecho descubierto. A cada movimiento, sus pectorales, sus abdominales, todos sus músculos esculpidos tras horas de gimnasio, palpitan al ritmo de las mezclas, embobando a las jóvenes primerizas que se mantienen lo más cerca posible de su púlpito, tan hechizadas que son las únicas estatuas en ese antro lleno de cuerpos descontrolados.

Llega a la barra y El Kurdo, dueño y amo del lugar, el único con poder de detener o alargar el transcurso de esa fiesta bizarra, le saluda desde su ojo de cristal.

– ¿Qué va a ser, Pepe? Seguir leyendo “Una noche en Madrid”

Una noche en Madrid

Princesa al rescate.

El profesor Hasselbaink ultimaba el plan más malvado que había concebido hasta el momento: conseguiría que todas las máquinas de los gimnasios funcionaran al revés haciendo que la gente que las utilizara engordara y se sintiera débil en vez de adelgazar y vitalizarse. Tras este “secuestro de la salud físico – corporal”, como le gustaba denominar al plan, pedirá un gran rescate a la Unión Internacional de Gimnasios para Guapos.

Tan solo faltaba un pequeño detalle para tenerlo todo bien atado: ¿cómo reivindicar su obra sin ponerse en peligro? Tenía todo listo para grabar un vídeo, subirlo a youtube a través de un montón de líos informáticos para no ser rastreado; y comunicarse con los líderes de los gimnasios. Su primera idea fue ponerse un pasamontañas, pero no le parecía nada elegante. Él era un villano con estilo.

Una voz infantil interrumpió sus pensamientos:

– ¡Tíííííííííííoooo!

Su sobrina de cuatro años irrumpió en la habitación vestida de princesa rosa y con una espada de juguete en la mano, corriendo hacia él hasta abrazarse a sus piernas. Hasselbaink no pudo evitar esbozar una sonrisa maliciosa, la única que sabía esbozar, pero bien le servía para expresar la felicidad de la interrupción.

– Dígame, princesa – saludó Hasselbaink a la pequeña.

– ¡He salvado a mi príncipe azul!

– ¿Sí? ¿Cómo ha sido eso? – preguntó el malvado profesor.

– Puessss… estaba encarcelada en lo alto de una torre sin saber el porqué…

– ¡Algo habrías hecho!

– ¡No tío! – dijo la niña haciéndose la indignada. – Esta vez no.

– Bueno, ¿entonces?

– Estaba encerrada en la torre máááááás alta del reino de la gente alta – continuó la sobrina del Hasselbaink. – Y entonces vi a un príncipe que se acercaba en moto. Le grité:”holaaaa señor príncipe.” Y el príncipe se asustó y se cayó de la moto. Y la moto (era enorme, tío) se le cayó encima. Así que di una patada a la puerta, empujé al guardia y corrí a salvar al príncipe.

– ¡Qué bien, nena! – celebró el profesor. – ¿Ahora sois felices y coméis perdices?

– ¡No, no! Que era muy feo. Y no me gustan las perdices.

Hasselbaink acrecentó su sonrisa malvada y acarició la cabeza de su sobrina con todo el cariño que era capaz de mostrar. De repente, recordó lo importante de la tarea que tenía entre manos y dejó a la pequeña en el suelo:

– ¡Vamos! El tío tiene mucho trabajo, vete a jugar un rato.

La niña miró con sus enormes ojos al profesor y le preguntó:

– ¿Estás sembrando el caos en el mundo, tío?

– Claro.

La pequeña salió corriendo de la habitación gritando “yupiiii” dejando a Hasselbaink con sus elucubraciones. “Tal vez”, pensó, “sea conveniente disfrazarme de un animal que no pueda usar un gimnasio, para confundir y ganar tiempo: un pollo coqueto, un oso o un elefante”.

“Y si…”

Nuevos chillidos de efusividad interrumpieron el curso de la conciencia del malvado profesor. Su sobrina acababa de entrar en el despacho montada sobre una escoba más alta que ella.

– ¡Tíííííííííííoooo!

Hasselbaink miró con curiosidad a la niña.

– ¿Eres una bruja volando con su escoba?

La niña se detuvo repentinamente, mirando la escoba como dándose cuenta en ese momento de que estaba ahí.

– ¡No tío! – Respondió. – ¡Soy una piloto de Fórmula 1 ganando el mundial de Fórmulas 1 eléctricos! ¡Brmmm… brrmmm!

La chiquilla comenzó a recorrer el espacio de trabajo del profesor Hasselbaink en círculos. Admirado por la imaginación de la niña, el hombre la observaba divertido. La pequeña arrastraba su vestido de princesa por el suelo, tapando el cepillo de la escoba. Su madre se iba a enfadar cuando viera el vestido hecho un desastre. Pero a él no le preocupaba eso, su cabeza estaba en otro sitio.

– Escucha, Sara.

La princesa se detuvo a escuchar, obediente.

– Eres la mejor piloto que he visto nunca.

– ¡Ya lo sé, tío!

– ¿Qué te parece si me esperas en el salón y celebramos el campeonato haciendo un pastel? Aún tengo que decidir qué me voy a poner mañana.

Sara suelta la escoba emocionada y sale corriendo mientras chilla:

– ¡Sí! ¡Un pastel! ¡Yupiiiii!

“Y si…” recuperó Hasselbaink el hilo de sus pensamientos “…si me pusiera una careta a lo V de Vendetta. Como los Anonymus. Tal vez alguno tenga fobia al ejercicio y se unan a mi causa…”. Hasselbaink garateaba en un papel sus ideas con una extraña pluma de capuchón verde, punta dorada y unas inscripciones en cirílico en el cuerpo. Se distrajo otra vez recordando cuando el alcalde de un pequeño pueblo búlgaro cercano al Mar Negro le regaló la pluma como símbolo de agradecimiento por detener la actividad de una central nuclear cercana. En realidad, Hasselbaink solo quería producir problemas en el suministro eléctrico de la zona para después robar unas antigüedades muy raras del museo del pueblo, evitando luces y alarmas. Era la época en la que empezaba a hacer fechorías, pero todavía por encargo. Esa pluma le recordaba a sus inicios en la senda del mal. Y eso le gustaba, le hacía sentir la punzada de la nostalgia, de los días en los que los planes le venían a la cabeza y no dudaba en ejecutarlos. A veces esa inconsciencia le traía problemas, pero su capacidad de improvisación siempre le había puesto a salvo e incluso le había proporcionado momentos divertidos y emocionantes. Ahora pensaba que, más mayor y con más responsabilidades, era tiempo de cuidarse más.

No sabía cuánto tiempo había pasado ensimismado. Pero debió ser bastante porque descubrió a su sobrina mirándole con el gesto algo fruncido y los brazos cruzados.

– ¡Tío! ¡El pastel!

Hasselbaink se disculpó.

– Perdona, es que no me decido con lo de mañana.

Pero la pequeña sacó una hoja de papel sonriendo:

– Mira lo que te he hecho.

El profesor cogió a la niña en brazos y la sentó en sus rodillas:

– ¿A ver?

Era un dibujo. En él, un hombre con traje, chistera y antifaz estaba ante una cámara. Era él, dominando el mundo. Estaba claro qué ropa debía llevar para grabar.

– Muchas gracias, me encanta.

– Tío – empezó la niña.– Cuando sea grande…¿Podré ayudarte a crear planes malvados?

Hasselbaink sonrió. Puede que la sonrisa menos maléfica y más sincera que nunca había esbozado. Acarició el pelo a la pequeña y respondió:

– Claro que sí, princesa.

 

Princesa al rescate.