Una llama en tu corazón

En medio de una absoluta oscuridad se enciende un foco. Sobre un escenario hay un piano de cola grande. Unos pasos se acercan y sube un joven ojeroso vestido con traje gris oscuro. La americana es de corte moderno y la corbata, con el nudo suelto, es de esas estrechas que llevan los ricos modernos.

Las manos del joven acarician las teclas del piano llenando con su sonido el vacío de la sala. El joven vuelve al silencio para sacar del interior de su americana un paquete de tabaco y un mechero. Extrae un cigarrillo y lo enciende. Fuma pensativo y, sin soltar el cigarro de la boca, comienza a tocar I don’t want to set the world on fire, de The Ink Spots.

Detiene la música, se estira un poco en el asiento, da una calada al pitillo y lo deja caer a medio fumar; sin preocuparse de apagarlo. Otra vez toca la misma canción y ahora canta:

I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…

Una voz de mujer grita desde la oscuridad de la sala:

– ¡Te pedí que no la volvieras a tocar!

La canción se interrumpe. Los dedos se mantienen en las últimas teclas que estaban percutiendo:

– Ya has hecho las maletas – dice el joven sin desviar la mirada del piano.

Una mujer madura se acerca al borde del escenario arrastrando dos grandes maletas. Bien maquillada, elegante, lleva un vestido de fiesta negro que le deja la espalda descubierta. La falda, larga, está rasgada en el lado izquierdo:

– Te lo he dicho. Me voy.

El joven se levanta y se acuclilla ante ella. Sus miradas quedan enfrentadas:

– Dame otra oportunidad – le pide a la mujer.

– No puede ser.

– ¿Por qué?

– Ya sabes la razón.

– No importa lo que digan…

– No es solo eso.

– ¡No quería que pasara así!

– Te estás portando como un niño pequeño.

– Y tú como una mujer vieja y cobarde.

Ella le da una bofetada. Sonora, de las que dejan eco y dan paso al silencio. Él no se mueve, no hace gesto de dolor, no se lleva la mano a la mejilla. No hace nada. Solo dice, fijando en la mujer sus ojos, grises como el traje que lleva puesto:

– Rebeca. Te quiero.

El cigarrillo se consume en el suelo, dejando escapar los últimos trazos del humo espeso que desprende. La única muestra de que alguna vez estuvo ahí es el camino de ceniza que va desde un pie del piano hasta la boquilla del cigarro.

La mujer rompe el silencio:

– Hablar de Londres era hablar demasiado pronto. Tengo un concierto mañana en Praga. Adiós.

Él mira como ella se gira y se va con su equipaje. Ve su espalda, alejándose, moviéndose con dificultad, fundiéndose con la oscuridad de la sala. Se incorpora y vuelve al piano pisando los restos del cigarrillo que antes ha dejado en el suelo.

En la calle no se oye música de piano. Solo hay ruido de coches y de conversaciones. Rebeca detiene un taxi.

To the airport, please – dice al taxista que carga sus maletas en el vehículo.

La sala va quedando atrás mientras bordean el Támesis. A la altura del Parlamento, una pareja se hace una foto con el Big Ben de fondo. Miran la cámara y se besan cariñosamente. Cruzando el puente, las palomas comienzan a volar. La noria de Londres gira despacio, anochece y suena un blues en la radio.

Rebeca cierra los ojos. Unas lágrimas se escapan hacia sus mejillas. Y canta bajito, murmurando:

I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…

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