Hotel (Ejercicio de estilos)

Desde hace tres meses, cada jueves a las 12 de la mañana la habitación número 302 está ocupada hasta las 14 horas por una pareja. Él siempre entra 20 minutos antes, pide champange, mousse de langostinos y una ración de salmón ahumado; especificando que se le suba todo a las 12.55. Viene con traje de chaqueta azul oscuro, corbata a juego y camisa clara. Se peina con raya a la izquierda. Tiene una barba canosa y corta que le da un aspecto de maduro seductor; supongo que esta no es su única visita a un hotel entre semana. Ella siempre llega a las 12.10, es más creativa en cuanto a vestimenta, pero hoy llevaba un vestido ajustado color limón. A las 13.45 la mujer deja el recibidor del hotel y se despide con una sonrisa del personal de recepción, sabiendo que también podrían caer bajo su influjo. Por lo menos, en mi caso, no me molestaría perderme la propina a cambio de cargar con su equipaje, solo por disfrutar de su cercanía sería suficiente. Él sale de la habitación a las 14 horas exactas, con la sonrisa de quien ha cometido una divertida travesura y con un nudo en la corbata diferente al que traía al entrar al hotel. Pero hoy, sin duda, ha pasado algo extraño, porque bajó con el mismo nudo en la corbata que cuando llegó.

Rueda sobre la cama y se queda sobre mí, riendo, acariciándome con su melena rubia, transportándome a ese lugar del que no quiero escapar con el perfume de su cuerpo. Me besa con esos labios perfectos, suaves, carnosos y dice:

– Es la hora.

Yo sigo el juego de siempre, el que me gusta jugar.

– No te vayas.

Abrazo.

-Quédate un rato más.

Beso.

– Voy a comprar el hotel, voy a decirles que la habitación es nuestra. Que nadie la toque, que la dejen como está, que sea nuestro museo de la felicidad, ejemplo y envidia para el resto de los mortales.

Risas.

Ella se ríe, como siempre. Y como siempre, su risa suena a un manantial que acaba de nacer. Refrescante y saciante, un lugar del que nunca me querría apartar. Me agasaja con un beso suave. Deposita sus labios en la punta de mi nariz. Sella el tiempo que hemos pasado juntos con el último beso sobre mi frente.

Entonces es cuando comienza el ritual. Yo la contemplo desde mi desnudez y ella se estira con timidez, o haciendo que siente timidez, para recoger pedazos de tela que nadie sabe cómo han llegado hasta donde quiera que hayan llegado. Se levanta rápidamente para que vea lo menos posible. Pero no puede evitar inclinarse un poco para subir y ajustarse la ropa interior, mostrando todo lo que me hace perder la cuenta de los latidos de mi corazón. Se gira al tiempo que cierra el sujetador y sonríe como si aquello fuera lo más natural del mundo. Y yo sonrío como si aquello fuera lo más maravilloso del mundo. Entonces se pone la ropa coquetamente y ese día cierra la cremallera del vestido moviéndose ligeramente de lado a lado, sacudiendo su melena como si bailara una canción rock. Es el momento de que me vista, de que ella me haga el nudo de la corbata y de que nos demos, ahora sí, el último beso, el que nos va a separar.

“Joder, joder, joder. Joder Lynda, corre”. Es lo único que me cabe en la cabeza mientras me tropiezo buscando mis putas bragas. Qué manía de lanzarlas a tomar por saco. Me hago la picantona para que el tío no se dé cuenta de que, por fin, le he metido mano a la tarjeta SIM de su móvil. Un cambiazo sencillo, justo cuando hemos terminado, haciéndome la extenuada en el borde de la cama. La próxima vez encenderá el móvil, se formateará automáticamente, la cara de tonto se le multiplicará por dos y se quejará a la compañía telefónica. Él recuperará todos los datos, que para algo existen las copias de seguridad, y nosotros tendremos acceso a ellos cuando queramos. Todos contentos. Y yo más. Tres meses aguantando este baboseo. Si al menos fueran buenos polvos… pero no; y nunca llevaba encima el dichoso móvil. Tres meses ha tardado en relajarse y tres le he aguantado rutinas obsesivas. Pero ya no: nunca más.

Me subo la cremallera del vestido, haciendo mil esfuerzos, odiando que sea tan ajustado; agarro mi bolso con mucha dignidad y con un disimuladamente cariñoso “nos vemos” salgo de allí como si se me estuviera quemando la comida. En el ascensor intento tranquilizarme, respiro un par de veces “vamos, Lynda, esta es la parte fácil, la que llevas haciendo tres malditos meses, no la fastidies ahora”. Pero ya la he fastidiado y no me he dado cuenta.

Paso por delante de los de recepción ignorando esas miradas que llevo tres meses aguantando y llego a la calle. Entonces me doy cuenta. No he esperado a que se vista. No le he hecho el nudo de la corbata. No le he dado el beso de despedida. Y no soy más idiota porque no tengo tiempo de entrenar. Subo a un taxi, le pido que me aleje de allí, marco un número en el móvil:

– Está hecho – digo cuando descuelgan. – Pero tenemos un problema.

No es solo que la corbata esté hecha con el nudo con el que llega. No. Es que son las 13.50 y él ya está aquí abajo, agarrándome por las solapas de mi vieja chaqueta de botones. Por un momento tengo algo de miedo, creo que puede desgarrarse, que me puedo caer al suelo y hacerme mucho daño. La chaqueta tiene 40 años, dos semanas, un día, cuatro horas y cincuenta minutos: el tiempo que llevo trabajando en este hotel. No creo que la tela pueda aguantar esos tirones:

– ¿Dónde está? ¿Por dónde se ha ido?- pregunta insistente.

– No…no sé de qué me habla, señor- respondo pensando que tal vez el caballero está comprobando nuestra famosa discreción.

Parece que la respuesta le enfuerece, pero no le da tiempo a decir nada más, porque, en efecto, mi vieja chaqueta no soporta veintidós tirones consecutivos y se desgarra. Yo caigo de culo con un sonoro batacazo y él se queda con mis solapas en la mano.

Y allí estoy, como un tonto. Engañado. Todo lo que me queda de esta aventura son las solapas de la chaqueta de un viejo botones, que ahora está en el suelo murmurando disculpas sin saber muy bien el porqué. Ofuscado, dejo caer las solapas y me lanzo veloz hacia la calle, pero ya es tarde, porque no hay rastro del deslumbrante vestido amarillo limón que llevaba hoy, ajustadísimo, tanto, que no hacían falta adivinar sus formas, solo recorrerlas porque tras tanto tiempo me las sabía de memoria, como las calles de esta ciudad, en la que hay algo que he perdido y sé que no voy a poder encontrar. Al menos yo no.

Vuelvo al lobby del hotel y descuelgo el teléfono. Tecleo rápido intentando aparentar normalidad pero detrás de mi personal del hotel levanta al viejo, que se lleva la mano al culo, dolorido. Por fin responden al otro lado de la línea:

– Charlie, llama los búlgaros. Tenemos un problema.

 

Hotel (Ejercicio de estilos)

El spray mágico

(Cuento basado en “El pincel mágico”; un cuento popular chino. Se puede leer una versión aquí. El cuento está publicado en Editorial Juventud)

 

No terminó de rellenar la frase “¿Qué es poesía?” en el muro del Museo del Prado. En cuanto oyó a los guardias, precedidos por sus perros, recogió los botes de pintura y echó a correr.

La mochila, repleta de sprays, le pesaba. El pantalón, anchísimo, se caía. Fido tropezaba, perdía botes de spray y temía quedarse en calzoncillos mientras huía. A la altura de un portal, alguien le interceptó empujándole hacia dentro.

Fido intentó resistirse pero la mano de su captor, sucia y maloliente, le tapó la boca:

– Chstt…- susurraron unos ojos rodeados de pelo canoso y alborotado.

Afuera los perros pasaron de largo seguidos de los guardias, que intentaban alcanzarlos.

El extraño soltó a Fido. Era un hombre anciano con aspecto de mendigo. Estaba sucio, vestía un abrigo andrajoso y su aliento mareaba:

– Te gusta pintar, ¿eh?

Fido asintió:

– Yo tengo algo con lo que podrás pintar todo lo que quieras – el viejo empezó a rebuscar en su abrigo, hasta que sacó un spray oscuro y oxidado, sin marca ni etiqueta. – Toma, pruébalo. Sé que lo usarás bien.

Al viejo le brillaban los ojos, pero no dijo nada más. Cuando Fido cogió el spray lo examinó un momento. Volvió a buscar los ojos del mendigo para pedir una explicación, pero el anciano ya no estaba allí.

Fido llegó al portal de su casa jugueteando con el bote de pintura. Además de parecer muy antiguo y usado, no le veía nada especial. Empezó a hacer la forma oscura un pingüino en la pared. Luego rellenó con el mismo color negro del spray gran parte del cuerpo. Le gustaban los pingüinos, le divertía como se balanceaban de un lado a otro para caminar, como si se fueran a caer; y cómo se volvían totalmente ágiles cuando cazaban algún pez incauto.

Aún sin tener más colores, empezó a trazar el pico. Y entonces, automáticamente, el bote lo pintó de naranja oxidado, justo el color que él había imaginado. Fido estaba tan impresionado que no podía parar de dibujar, completando los detalles del pingüino con colores imposibles que solo cabían en su imaginación y que salían del spray según entraban en su cabeza.

Al terminar, dio dos pasos atrás para completar el total de su obra. Era el pingüino más bonito que había hecho nunca. Además del pico anaranjado, los ojos le habían quedado grandes y azules. En las alas, le había añadido detalles rojos y morados, como si fuera una especie de pingüino emperador viejo y sabio. Fido estaba realmente satisfecho con el bote del mendigo misterioso.

Cuando Fido iba a subir a casa haciéndose mil preguntas sobre la composición del bote, escuchó un graznido que venía de la pared. Volvió atrás y lo que vio le dejó pasmado: el dibujo ya no estaba allí. Es decir, ya no estaba en la pared. El muro estaba totalmente limpio y ante él, el pingüino paseaba balanceándose patosamente, como si siempre hubiera tenido vida y nunca hubiera sabido caminar.

Fido no se lo podía creer. Pintó en la misma pared un pez hermoso que, al momento, cayó al suelo boqueando en busca de mar. El pingüino se lanzó a por él y lo engulló.

El spray que le había dado el viejo era mágico.

Fido pasó los días siguientes pintando las cosas que siempre había querido ver en su barrio: Sobre el descampado hizo un parque en el que vivían un montón de aves, con un lago para los patos que dibujó a continuación. Al lado pintó una cancha de baloncesto y una pelota con la que los más pequeños podían jugar. A las familias más pobres les coloreó un huerto y a los más mayores, bastones, sillas de ruedas y ayudas para su movilidad.

Todos los vecinos estaban contentos con Fido y su spray mágico.

Un día llegaron los antidisturbios al barrio. Iban a ejecutar el desahucio de Doña Fernanda, una de las señoras más pobres y ancianas de la zona. Los vecinos se reunieron para evitarlo: gritaron consignas, hicieron sentadas y, cuando la cosa se puso más fea, lanzaron piedras contra la autoridad. Fido no podía permitirlo, así que grafiteó un gigante de un solo ojo, deseando que fuera uno de esos gigantes a los que no les gusta mucho la policía. En efecto, en cuanto el inmenso ser despertó, enfureció al ver a tantos uniformados por la calle, y comenzó a atacarlos con puñetazos y patadas.

La policía huyó asustada y los vecinos vitorearon a Fido y al gigante. Pero la alegría no podía durar mucho: pocas horas después aparecieron más efectivos de los antidisturbios; tantos que casi no cabían en el barrio. Cuando estaban tratando de tumbar al gigante escalando sobre él, Fido dibujó un dragón verde, deseando que sintiera mucha simpatía por los gigantes valientes de un solo ojo y que lanzara por la boca un gas verdoso que confundiera a los policías y les hiciera llorar hasta comer cocido de Doña Fernanda, probablemente el mejor del barrio. Así despertó el dragón, con grandes ansias de salvar a su buen amigo el gigante de un solo ojo. Echó a volar y gaseó a todos los policías. Al momento, el barrio era un baño de lágrimas de cocodrilo que pedían un bocado de ese cocido de Doña Fernanda. Y ella, muy ufana, se puso a cocinar al momento para todos los agentes de la autoridad: “Si realmente quieren sacarme de mi piso, necesitan un montón de energía”; bromeó ella. Pero cada agente que comía y olvidaba su llanto declaraba que no tenía corazón para dejar en la calle a una mujer que cocinaba tan bien como Doña Fernanda.

Alguien importante se enfadó viendo que un solo chico tenía tanto poder y lograba detener dos veces un desahucio. Puede que Doña Fernanda, su piso y su cocido le importaran un comino. Pero no podía permitir esa afrenta a la autoridad. Así que mientras policías, vecinos, gigante de un solo ojo y dragón verde celebraban lo que pasó a ser conocido como la primera gran fiesta del cocido de la Fernanda; un equipo de operaciones especiales capturó a Fido y se lo llevó a una prisión de alta seguridad.

La cárcel no tenía ni barrotes ni ventanas. Un pequeño colchón ocupaba una esquina, en otra había una palangana para hacer las cosas que el cuerpo necesitaba hacer, en la siguiente estaba la puerta; grande, gris y metálica y; en la última esquina, Fido se acurrucaba preguntándose qué sería de su suerte.

Con gran estruendo la puerta se abrió. Un señor trajeado, con gafas y barba entró y ,tras él, alguien cerró la puerta. El señor trajeado se identificó como el presidente del país:

– Soy una persona muy importante, me tienes que hacer caso, chaval – aclaró.

No se anduvo por las ramas: sabían lo del spray mágico e iban a necesitarlo para colorear un país mejor. Fido se negó, no pensaba entregar el bote a nadie. El señor trajeado, que era una persona muy importante y presidente del país, permaneció impasible:

– ¡Entra! – gritó al aire.

Un hombre con mala pinta entró y ,sin decir nada, le dio un coscorrón a Fido, le quitó el bote mágico y se lo dio al señor trajeado. El presidente sonrió y, como si tuviera un tic, empezó a guiñar el ojo.

– Vamos a probar.

Fue hacia la pared y dibujó una montaña de billetes de quinientos euros. Al instante, los billetes comenzaron a materializarse en el suelo de la celda. El señor trajeado estaba entusiasmado:

– ¡Rápido, traed los sobres!

Pero fue inútil, porque tan rápido como tocaban los billetes, estos se deshacían dejando un rastro de polvo donde antes había millones de euros. El hombre importante estaba entonces enfurecido:

– ¿Por qué no funciona? – preguntó lanzando el spray contra Fido.

El muchacho cogió el bote al vuelo y contestó:

– Solo las cosas que yo dibuje perdurarán más allá de esta celda.

– Pues dibujarás para mi. Lo que yo ordene, cuando yo lo diga.

– Ni soñarlo.

– Tienes tres días, chico – amenazó el presidente. – Y si no, puedes olvidarte de tu dragón verde, de tu gigante de un solo ojo y de que Doña Fernanda prepare un cocido más.

En cuanto el hombre trajeado e importante que decía ser presidente del país le dejó a solas con la amenaza en el aire, Fido se puso manos a la obra.

En una de las paredes trazó un hermoso paisaje. Al fondo unas montañas nevadas invitaban a la aventura, y desde ellas, descendía un río hasta el suelo de la celda, que bordeaba un bosque frondoso y misterioso.

Tardó los tres días en pintar el paisaje y su fauna. Cuando terminó, dibujó un caballo blanco con una mancha negra en el lomo y montó sobre él para cabalgar hacia la profundidad del paisaje y desaparecer por siempre.

Al final del tercer día los guardias encontraron la celda vacía. Cuando intentaron lanzarse a perseguir a Fido a través del paisaje, solo consiguieron mancharse toda la ropa de pintura, que aún no estaba seca del todo.

El spray mágico

Pelos rebeldes.

Pierdo barba. Es inevitable. Cada día tengo menos pelo. Voy camino de ser un alopécico de mejillas, barbilla y mostacho.

¿A dónde voy con mi larga melena sobre los hombros e imberbe en la cara? Seré un caso perdido.

Hace días que veo a mis pelos caídos desfilando por el salón. Les pido que vuelvan, pero huyen de mi. No me quieren, me dejan solo.

Hoy he pasado la tarde viéndolos pasar, sentado en el sofá, esperando que fuera una broma y que volvieran a poblar mi cara.

Me he dormido y, cuando he despertado, ya no había rastro de ellos.

Perdido, asustado, abandonado, los he buscado por toda la casa. Al final les encontré, no querían volver, pero aún les gusta jugar: estaban escondidos tras el reloj de pared.

 

Pelos rebeldes.

Una llama en tu corazón

En medio de una absoluta oscuridad se enciende un foco. Sobre un escenario hay un piano de cola grande. Unos pasos se acercan y sube un joven ojeroso vestido con traje gris oscuro. La americana es de corte moderno y la corbata, con el nudo suelto, es de esas estrechas que llevan los ricos modernos.

Las manos del joven acarician las teclas del piano llenando con su sonido el vacío de la sala. El joven vuelve al silencio para sacar del interior de su americana un paquete de tabaco y un mechero. Extrae un cigarrillo y lo enciende. Fuma pensativo y, sin soltar el cigarro de la boca, comienza a tocar I don’t want to set the world on fire, de The Ink Spots.

Detiene la música, se estira un poco en el asiento, da una calada al pitillo y lo deja caer a medio fumar; sin preocuparse de apagarlo. Otra vez toca la misma canción y ahora canta:

I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…

Una voz de mujer grita desde la oscuridad de la sala:

– ¡Te pedí que no la volvieras a tocar!

La canción se interrumpe. Los dedos se mantienen en las últimas teclas que estaban percutiendo:

– Ya has hecho las maletas – dice el joven sin desviar la mirada del piano.

Una mujer madura se acerca al borde del escenario arrastrando dos grandes maletas. Bien maquillada, elegante, lleva un vestido de fiesta negro que le deja la espalda descubierta. La falda, larga, está rasgada en el lado izquierdo:

– Te lo he dicho. Me voy.

El joven se levanta y se acuclilla ante ella. Sus miradas quedan enfrentadas:

– Dame otra oportunidad – le pide a la mujer.

– No puede ser.

– ¿Por qué?

– Ya sabes la razón.

– No importa lo que digan…

– No es solo eso.

– ¡No quería que pasara así!

– Te estás portando como un niño pequeño.

– Y tú como una mujer vieja y cobarde.

Ella le da una bofetada. Sonora, de las que dejan eco y dan paso al silencio. Él no se mueve, no hace gesto de dolor, no se lleva la mano a la mejilla. No hace nada. Solo dice, fijando en la mujer sus ojos, grises como el traje que lleva puesto:

– Rebeca. Te quiero.

El cigarrillo se consume en el suelo, dejando escapar los últimos trazos del humo espeso que desprende. La única muestra de que alguna vez estuvo ahí es el camino de ceniza que va desde un pie del piano hasta la boquilla del cigarro.

La mujer rompe el silencio:

– Hablar de Londres era hablar demasiado pronto. Tengo un concierto mañana en Praga. Adiós.

Él mira como ella se gira y se va con su equipaje. Ve su espalda, alejándose, moviéndose con dificultad, fundiéndose con la oscuridad de la sala. Se incorpora y vuelve al piano pisando los restos del cigarrillo que antes ha dejado en el suelo.

En la calle no se oye música de piano. Solo hay ruido de coches y de conversaciones. Rebeca detiene un taxi.

To the airport, please – dice al taxista que carga sus maletas en el vehículo.

La sala va quedando atrás mientras bordean el Támesis. A la altura del Parlamento, una pareja se hace una foto con el Big Ben de fondo. Miran la cámara y se besan cariñosamente. Cruzando el puente, las palomas comienzan a volar. La noria de Londres gira despacio, anochece y suena un blues en la radio.

Rebeca cierra los ojos. Unas lágrimas se escapan hacia sus mejillas. Y canta bajito, murmurando:

I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart…

Una llama en tu corazón