La paloma embarazada.

Ejercicio de elegir tres titulares y formar con ellos una frase desde la que crear el relato. Titulares:

“Una gaviota ataca a una paloma por la paz de Ucrania del Papa Francisco.”

“ETA empleaba a una abogada embarazada para sortear los detectores de las cárceles.”

“La lepra aún existe en España.”

 

Una gaviota ataca a una paloma embarazada para sortear la lepra en España.

– ¡Oh, Dios! ¡Ahí vienen!

El cura señalaba al cielo pero Martín no veía nada. Solo quería salir de aquella llanura extremeña, donde el sol le quemaba el cogote y el horizonte siempre estaba igual de lejos. Necesitaban un lugar donde guarecerse. No importaba si venían o no. Martín tiró del cura:

– Vamos padre, aún nos queda un trecho.

Pero el religioso estaba inmóvil.

– Es el fin – sentenció mientras se santiguaba. – Que el señor se apiade de nuestras almas.

Entonces Martín la vio. Ocupaba todo el oeste y seguramente ya habría arrasado Portugal. A medida que se acercaba, una gran sombra cubría la tierra y de todos sus recovecos escapaban ratones y conejos, huyendo hacia su salvación, huyendo de aquella temible bandada gigante de palomas leprosas.

No valía la pena ni apuntar con la escopeta. Martín miró su arma como si fuera un trasto inútil y se planteó las alternativas que ofrecía en sus manos. Adivinándole las ideas, el cura agarró el cañón mientras caía de rodillas ante Martín. Lo apretó fuerte contra su frente y dijo solemne:

– Que sea rápido, hijo.

Los arrullos de la bandada sonaban cada vez más cercanos y tétricos. Eran una melodía monótona, persistente y aburrida. Una extraña normalidad. Martín se perdió por un momento en esos arrullos, olvidando al cura y sus ansias de dejarse de la mano de Dios. Para estar enfermas, esas ratas del aire tenían mucha energía y hacían un ruido ensordecedor. Entonces se dio cuenta de algo.

Empujó el cañón de la escopeta contra la frente del cura, presionando un instante, y lo retiró limpiando el sudor del clérigo.

– Vamos, a su jefe no le haría ninguna gracia eso del suicidio.

Volvió a tirar del hombre, que comenzó a protestar:

– Son demasiadas ¿es que no lo ve? Estamos absolutamente perdidos, es su voluntad. Si Él quiere que muera aquí, que así sea.

– No se haga usted el mártir. Si el jefe quiere que se muera aquí, se morirá, pero no se haga matar antes de tiempo. Que estas vienen con una embarazada.

– ¿Con una embarazada? – El cura tuvo que volver a girarse.

Y en efecto, allí estaba. Rodeada de más de mil palomas deformes, con medias alas, faltas de pico, tuertas, cojas, sin plumas y, en fin, guardada por más de mil palomas leprosas dispuestas a exterminar humanos contagiando su mal, allí estaba; la paloma madre, la paloma embarazada. Martín la distinguió a primera vista porque era la única no contagiada, la que dirigía el vuelo del resto a saber dónde. Y bueno, porque estaba un poco más rellenita que las demás.

Si venían con embarazada, era un gran ataque. Querían dar un golpe sobre la mesa. Tal vez fueran a por un centro de vacunación en Madrid o algo así. Si no, era incomprensible que arriesgaran tanto.

– Siéntese, padre, y disfrute del espectáculo.

Martín alzó la escopeta y apuntó. Tenía a la embarazada a tiro. Apretó el gatillo. El arma detonó y el primer cartucho viajó a toda velocidad. Una paloma coja se cruzó en su camino y dejó de volar para siempre.

– Ay, Señor – suspiró el cura.

No había tiempo para dudar, así que Martín volvió a disparar de inmediato. El tiro era bueno, pero esta vez una paloma con el pico colgando se puso en medio. Le dio en plena cabeza. En realidad, Martín le había hecho un favor.

La embarazada viró el rumbo y todas las palomas le siguieron. Les habían descubierto y la bandada volaba hacia a ellos. Martín rebuscó más cartuchos en su mochila, mientras que el cura rezaba un rosario de rodillas con los ojos cerrados.

Consiguió recargar el arma y apuntó, pero ya no veía nada. Solo un montón de manchas grisáceas y deformes que se abalanzaban sobre él. En ese instante, el tiempo se detuvo, las palomas desaparecieron, la luz volvió y Martín no entendía nada. En sus manos sostenía una escopeta inservible porque ya no había nada a lo que disparar.

– ¡Alabado sea el señor!

El cura volvía a señalar, mientras daba loas al cielo, pero esta vez su dedo se dirigía a la tierra. Unos metros por delante de ellos, una gran gaviota picoteaba con violencia a la paloma embarazada, que yacía en suelo desangrada, derrotada y, o eso le pareció a Martín, algo deshinchada.

Vivirían un día más.

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La paloma embarazada.

2 comentarios en “La paloma embarazada.

    1. Isma dijo:

      Te recomiendo el ejercicio, fue muy divertido. Pedí a unos amigos que eligieran los titulares para complicarlo más. A ver si puedo leer algo así en tu blog.

      ¡Saludos!

      Me gusta

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