El error

Apretó el paso al escuchar las doce campanadas. La calle era oscura, fría y estaba inundada de niebla. Se detuvo ante dos puertas. Las dos viejas, las dos desgastadas. Las dos marcadas con un tres y con el segundo número caído. Suspiró. Fue entonces cuando decidió llamar.

Ella abrió la puerta de par en par, al otro lado, la voz del hombre susurró:

– Busco calor en una noche fría.

Lynda se asomó un poco más y arrugó la nariz. Para su gusto, el tipo no olía demasiado bien: como a bar de fritanga y a alcohol barato. Aunque, en realidad, él no había bebido en su vida: tan solo fumaba y lo ocultaba bajo una colonia terrible. Pero Lynda no arrugaba la nariz solo por eso. Era algo más: el olor dio paso a una sensación de mala espina, de que algo no iba bien. A pesar de todo, contestó:

– Será porque no vas muy abrigado.

Le abrió paso y el hombre franqueó la puerta. Se quitó el sombrero y extendió la mano saludando:

– Soy Simon Wallace.

Simon escrutó la estancia: una sola habitación; una cama vieja, una mesa, una cocina y una puerta que, supuso correctamente, daría al baño. Como le habían prometido algo sencillo, no esperaba más.

La mujer que tenía ante él sí le sorprendió: tan alta que sus largas piernas le recordaron todos los caminos que soñaba recorrer; con una melena rubia que bailaba con el aire del exterior, ocultando parte de unos ojos, verdosos y felinos, totalmente fijos en él. Algo recorrió la espalda de Simon. Él quiso atribuirlo al frío, pero sabía que no era eso.

Mientras Simon repasaba la estancia de pie, Lynda cerró la puerta y resopló ignorando el saludo del hombre. Estaba harta de que le enviaran aficionados. ¿Simon Wallace?; pensó. ¿En qué estaba pensando ese tipo? Con su gabardina sucia, su colonia barata y su sombrero de ala ancha; como gritando al mundo “eh, miradme, soy un maldito espía, estoy aquí para saber lo que hacéis”. Menudo lelo. Y encima ese nombre: Simon Wallace, al estilo de un escritor olvidado, como si fueran dos palabras que juntas no pasan desapercibidas. Desde luego, Lynda estaba harta de los aficionados, y no iba a soltar prenda hasta que Simon Wallace demostrara tener mejores dotes para el espionaje que para la puntualidad y la vestimenta.

– Llegas tarde – Lynda caminó hacia la cama y se sentó en el borde.

– Lo-lo siento – tartamudeó Simon, que no entendía por qué estaba tenso – Me perdí…es decir, pasé por la calle, pero los números… no se veía nada con esta niebla, vamos.

Simon se sentó al lado de Lynda e intentó quitarse los nervios del cuerpo, pero no podía. Realmente, era la primera vez que hacía algo así. En el fondo se sentía algo sucio y no conseguía recordar el motivo. Simplemente, desde pequeño le habían enseñado que lo que iba a ocurrir, era pecado. Había olvidado que alguna vez tuvo miedo de ir al infierno.

Al ver como Simon se sentaba sin quitarse la gabardina, Lynda se inquietó aún más. En cuestión de segundos decidió que como el tipo ese no demostrara algo, abortaría la misión y le cantaría las cuarenta a su jefe. Sencillamente, estaba harta de aficionados. Antes de hablar, metió la mano disimuladamente debajo del colchón. Le resultaba muy reconfortante tener el cuchillo ahí para protegerla.

El silencio se hizo algo tenso. Simon carraspeó:

– ¿Empezamos?

Lynda sacó el cuchillo y se lo puso a Simon en la garganta. Acariciándole la piel. Firme, pero sin rajar. Lo suficientemente cerca para que Simon pudiera notar el frío del metal. Y lo notó, tanto que del susto dio un respingo y estuvo a punto de cortarse.

– ¿Quién te envía? – susurró Lynda con voz fiera.

– ¿Qué-qué-qué-qué quieres decir? – Simon estaba descontrolado. No entendía lo que ocurría.

– No me jodas, Wallace – Amenazó Lynda.- Si ese es tu verdadero nombre.

– ¡Claro que no es mi verdadero nombre! – respondió Simon. -¿Estás loca? ¿O te llamas Dulcita Lulú de verdad?

Ahora Lynda estaba confusa. Tenía a un cagado de miedo soltando sinsentidos. Si ese mendrugo había llegado hasta ella, alguien había hecho algo muy mal y estaba en claro peligro.

Simon no sintió nada. Para cuando su sangre tocaba las sábanas de la cama, ya llevaba un rato muerto. Y Lynda había escapado apresuradamente sin dejar rastro de su presencia.

Apretó el paso al escuchar las doce campanadas. La calle era oscura, fría y estaba inundada de niebla. Se detuvo ante dos puertas. Las dos viejas, las dos desgastadas. Las dos marcadas con un tres y con el segundo número caído. Sin dudarlo, llamó con dos golpes.

Ella abrió la puerta de par en par, al otro lado, la voz del hombre susurró:

– Busco calor en una noche fría.

– Y Dulcita Lulú te va a dar más calor que un volcán, guapo – respondió la mujer dejándole paso.

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