El proceso

(Para Edgar)

Ya no se enfrenta a un papel en blanco. Es una pantalla. Una pantalla blanca, brillante, con una barra vertical oscura que parpadea distrayéndole. Antes era el papel, ahora es la pantalla. Antes siempre decían que era como un lienzo blanco que tenía que pintar con palabras. Y una mierda. Es un pozo. Un maldito pozo en el que se ha hundido y del que no sabe salir. Las paredes son lisas, blancas como la nada, no hay lugar para escalar y cuando mira hacia arriba solo ve un blanco infinito que le hace abandonarse allí porque no hay esperanza alguna de salir.

Así que se sienta. Se apoya en la pared fría y comienza a dibujar círculos en el aire.

Cuando despierta ella está a su lado. La luz atraviesa la persiana iluminando en parte la habitación. Ella se despereza y se sienta sobre el borde de la cama. La sábana resbala por su cuerpo desnudo, el cabello cae sobre espalda desnuda y ese cuerpo desnudo es como un grito de madrugada, como el amanecer que ve un recién llegado a un país nuevo, con desfase horario; esos amaneceres que transmiten una sensación por igual de maravilla e irrealidad. Alza la mano para escribir sobre la curva de su espalda pero decide quedarse a escasos centímetros de su piel porque sabe que puede tocarla y que no va hacerlo en ese momento: prefiere disfrutar de esa sensación, del saber lo que puede hacer. Así, traza constelaciones entre sus pecas y ella nota algo, se gira, sonríe, quita la mano, le da un beso, se levanta y sale con su desnudez de la habitación.

Es cuando le prometió escribir su historia en las estrellas y ella le dijo que prefería hablarlo todo por whatsapp. Ya no existe el romanticismo, suspira, para luego sentarse sólo y ver que se ha roto todo.

Tumbado sobre el suelo, también blanco, también frío, vuelve a empezar. Apoya la nariz allí e intenta desafiar a la gravedad levantándose. Termina sangrando y dejando pequeñas salpicaduras que pinta el lienzo blanco de arte abstracto.

Vuelve a despertar a su lado. Llueve en algún lugar, todo está oscuro. Ella se despereza, se sienta sobre el borde de la cama y enciende la luz. La sábana ha caído al lado de su cuerpo desnudo, su cabello resbala sobre su espalda desnuda y ese cuerpo desnudo es como una catarata que se traga la tormenta que cae ahí fuera. Alza la mano para escribir sobre la curva de su espalda y salen palabras de amor de su dedo índice, grabándose sobre ella, haciéndole cosquillas. La mujer se gira, sonríe, quita la mano, le da un beso y es cuando los matones irrumpen en la habitación para acabar con ellos, o para llevársela a ella, no está seguro. Esos tipos sacan sus armas, dicen palabras feas y reciben la respuesta de un sonido metálico: ella comienza a levitar, cae la piel, se abre el cuerpo y de los costados de su hermosa espalda nacen dos metralletas de buen calibre que acaban con los malos en un par de ráfagas.

Poco más que decir, desde luego, ya no queda espacio para el romanticismo.

Él ya ha llegado arriba y cuando mira al abismo lo único que ve son palabras, líneas, frases, desordenadas y sin ningún sentido. Comienza a cavar entonces, a dar palazos para seleccionar la mejor tierra que construya su historia. A elegir las palabras exactas que describan su estado de ánimo. Llega al fondo otra vez, donde están los restos de su sangre. Cuando mira arriba todo está desordenado, pero él lo ve claro, como las constelaciones que ella no quiso mirar. Sin necesidad de agarrarse a la pared de ese pozo blanco, vuelve a subir mientras ordena las palabras, las líneas, las frases que ha seleccionado. Al llegar arriba, al salir del abismo, por fin puede contemplar su obra final. Está satisfecho, pero no está seguro de si deberá volver a sumergirse en ese pozo de palabras para mejorar su creación o si alguien se apiadará de él y de ese texto creado tras uno, dos, tres, cuatro, o mil intentos.

En el fondo del pozo él es escritor y sabe que, por naturaleza, hay días que tiene que salir de allí para contarlo; mejor o peor.

Y por eso escribe.

El proceso