Dragones blancos

Un dragón blanco sobrevuela Madrid. Desde sus ojos verdes, profundos y viejos observa una ciudad devastada y en ruinas. En sus calles, la naturaleza vence al cemento y el asfalto se agrieta para dejar paso a los primeros brotes de una nueva vegetación. Desde lo alto de una  Cibeles cubierta de musgo e irreconocible sin cabeza, una liebre salta y corre Gran Vía hacia arriba, esquivando plantas y grietas. El dragón bate sus poderosas alas e inicia un vuelo en picado hacia la liebre, que da su último salto hacia las fauces de la bestia. Engullendo, satisfecho, el dragón blanco eleva su vuelo y se posa sobre la azotea del Círculo de Bellas Artes para contemplar sus dominios.

La cabeza de Atenea se hunde hacia el interior del Círculo. En el exterior, aguantando en un equilibrio imposible, queda la base de la estatua. Sobre ella, un hombre de unos 40 años contempla la ciudad deshecha. Su mirada cansada, su barba vieja, sus ropas sucias, su gesto adusto. Tras él, el dragón blanco rebusca con su garra restos de comida en sus colmillos. A ninguno de los dos seres parece preocuparle la presencia del otro.

Desde la cabeza de Atenea se escucha un silbido. El hombre gira su vista hacia allí y ve llegar a una mujer tan sucia como él. Algo más joven, esbelta y atlética. La mujer se sienta a su lado y por un rato los dos observan como la mañana alza el sol e ilumina lo que en un época que no recuerdan se pudo llamar ciudad. El dragón, tras ellos, deja de rebuscar comida y pasea su mirada verdosa por el horizonte.

– Me voy- rompe ella el silencio. – Ya no puedo más, Eric.

Eric vuelve a mirarla. Es la primera que le llama como siempre le ha pedido.

– No puedes irte ahora, Maya – contesta Eric-, vamos a conseguir su ayuda.

– Llevo años esperando. Años intentando convencerte…

– ¿A dónde irás?- interrumpe Eric, que no quiere volver a oír lo mismo.

Maya sonríe al amanecer y contesta:

– A Valencia. Quiero ver el mar.

– El camino es peligroso. Estar allí, sola, será peligroso.

Maya niega con la cabeza:

– En Valencia hay supervivientes. Y el camino no será tan difícil después de todo lo que hemos pasado.

El sol comienza a acariciar las ruinas de la azotea, calentando las caras de Eric, Maya y el dragón blanco, que bosteza complacido.

– No puedes dejarme ahora. Ahora que nos van a ayudar-. Eric se gira hacia el dragón – ¿Verdad?

El dragón mira a Eric con expresión simpática y hace un gesto que cualquier humano asociaría con aprobación. Maya niega con la cabeza suspirando.

– Llevamos demasiado tiempo aquí. No has mejorado nada. Empieza a faltar comida -una lágrima recorre la mejilla de la mujer.- Eric, si no te dejo aquí, moriré.

Eric niega con la cabeza.

– ¡No, Maya! Aquí estaremos bien, los dragones nos van a ayudar – señala al dragón blanco de ojos verdes.- ¡Él me lo ha prometido!

Maya mira hacia donde indica Eric y solo ve una nube pasajera que amenaza con ocultar los primeros rayos del sol. Vuelve a mirar a Eric con aire triste. Le coge de las manos, le acaricia el pelo y mientras el dragón les mira con curiosidad, le besa por última vez, sabiendo que no le volverá a ver, desconociendo cuánto tiempo seguirá en pie.

– Te quiero, Eric.

Maya se levanta con la cara inundada de lágrimas silenciosas y se marcha sin mirar atrás.

Eric vuelve a mirar los restos de Madrid como si  fuera una ciudad extraña.

Y el dragón blanco echa a volar para responder a una  lejana llamada de su manada.

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