La señora

La señora se puso la bolsa de plástico en la cabeza y abrió con aire decidido la puerta del portal. Fuera caía un gran chaparrón y la calle estaba vacía. Palpó la vaina de la espada que colgaba atada a su falda y salió a la lluvia. La rebeca oscura se empapó haciendo que el agua resbalara por las ropas de la anciana que, agarrando las asas de la bolsa para evitar mojarse el cabello, seguía caminando sin dudar.

Al otro lado de la calle una sombra oscura aguardaba. La señora se detuvo. Desde sus gafas de montura fina y redondeada, observó la sombra.

El sonido de la lluvia lo llenaba todo. La sombra y la señora se escrutaban en silencio. De repente, desde la sombra, un enorme velociraptor saltó para atacar a la señora. Alzando su garra, gritó:

– ¡Naranja! ¿Es una fruta llamada así por un color? ¿O un color llamado así por una fruta?

La señora se esperaba que comenzara así: dio un paso hacia un lado y dejó que el dinosaurio pasara de largo. Aún dándole la espalda, escuchó como el animal frenó. El velociraptor volvió para saltar a por ella:

– Si todo es posible…¿Es posible para algo ser imposible?

La señora se dio la vuelta. Esta vez el lagarto le había cogido desprevenida. Su garra se clavó en el hombro de la mujer rajando la rebeca, que se tiñó de rojo. Pero la señora había conseguido parar el golpe mortal.

El velociraptor acercó su boca al oído de la anciana y susurrando siseante preguntó:

– Si los hechos valen más que las palabras…¿por qué la pluma es más fuerte que la espada?

La señora ya estaba sonriendo antes de que el velociraptor terminara la frase e iniciara el siguiente movimiento. Era su momento, el que estaba esperando para responder por vez primera:

– ¡Ninguna pluma es más fuerte que esta espada! – exclamó la señora enfurecida, al tiempo que desenvainaba una espada de fuego, caía un rayo verde, la lluvia gris se detenía y su enemigo tropezaba hacia atrás aturdido y enrojecido.

El sol atravesó las nubes deslumbrando al dinosaurio, que no pudo ver como la señora alzaba la espada llameante para acabar con sus días de lagartija gigante. Sin embargo, la herida en el brazo de la mujer se abrió dejando escapar un gran chorretón de sangre, que encharcó el suelo disolviéndose en el agua. La señora tembló, e hizo un gesto de dolor que detuvo su avance. El velociraptor pudo reaccionar, sonriendo:

– Hoy es el día en el que soy más viejo- reflexionó – pero también en el que más joven seré.

La señora, mareada por el dolor del brazo, prácticamente había dejado caer la espada, que parecía perder fulgor con el paso de los segundos:

– Yo me encargaré de que no puedas recordar lo joven que fuiste y de que lamentes no poder llegar a envejecer. – Dijo envenenada, al tiempo que se esforzaba por arrastrar la espada y se encaminaba hacia el velociraptor.

El animal lanzó un rugido agudo y se abalanzó sobre la señora, que no pudo evitar trastabillar y caer. La espada salió despedida y, cuando cayó, esta perdió toda su luz dejando ver una hoja sucia, cobriza y pobre. Pero la señora no se dio cuenta de esto, ya que luchaba cuerpo a cuerpo con el velociraptor: esquivando sus mordiscos, tratando de separarse de él, ignorando la sangre que perdía y el dolor que emanaba su cuerpo.

La boca del lagarto estaba muy cerca de su cara cuando, por fin, logró girar sobre él y golpearle la cabeza contra el suelo. El velociraptor soltó un gruñido de dolor y ambos se levantaron jadeando, para encarar lo que sería el ataque final.

El animal no se lo pensó dos veces y comenzó a correr hacia la mujer. La señora aguantó firme, mirando a los ojos a la bestia que le acechaba. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, con un gesto noble, se quitó la bolsa de la cabeza.

La cara del velociraptor reflejó el pavor de una especie en peligro de extinción. Quiso frenar su carrera, pero era demasiado tarde. Desde moño de la señora, su cabello comenzó a crecer y ella, como poseída, se dejaba llevar sin darse cuenta de lo que pasaba. Su pelo canoso, ahora largo, cobraba vida e intentaba atrapar al animal, que no tuvo escapatoria.  En pocos segundos, el cabello ató al velociraptor y comenzó a arrastrarlo hacia el moño de la anciana que absorbió el cuerpo del animal sin que a la mujer le afectara. Como si fuera una serpiente que no se hincha tras engullir su presa de un solo bocado.

Entre sus rugidos, el velociraptor se veía arrastrado a una muerte segura. Antes de desaparecer dentro del cabello de la señora, hizo un último esfuerzo, y preguntó:

– Si intentó perder y lo consigo… ¿Gano?

El pelo se cerró. El dinosaurio ya nunca había existido. La señora cayó al suelo de rodillas. Y empezó a reír a carcajadas.

Tras ella, un gato rosado olisqueaba la espada que seguía deshaciéndose y perdiendo luz.

Tras perder el interés por la hoja, el gato se alejó tiñendo a su paso el metal de la espada con los colores del arcoíris.

La señora

Dragones blancos

Un dragón blanco sobrevuela Madrid. Desde sus ojos verdes, profundos y viejos observa una ciudad devastada y en ruinas. En sus calles, la naturaleza vence al cemento y el asfalto se agrieta para dejar paso a los primeros brotes de una nueva vegetación. Desde lo alto de una  Cibeles cubierta de musgo e irreconocible sin cabeza, una liebre salta y corre Gran Vía hacia arriba, esquivando plantas y grietas. El dragón bate sus poderosas alas e inicia un vuelo en picado hacia la liebre, que da su último salto hacia las fauces de la bestia. Engullendo, satisfecho, el dragón blanco eleva su vuelo y se posa sobre la azotea del Círculo de Bellas Artes para contemplar sus dominios.

La cabeza de Atenea se hunde hacia el interior del Círculo. En el exterior, aguantando en un equilibrio imposible, queda la base de la estatua. Sobre ella, un hombre de unos 40 años contempla la ciudad deshecha. Su mirada cansada, su barba vieja, sus ropas sucias, su gesto adusto. Tras él, el dragón blanco rebusca con su garra restos de comida en sus colmillos. A ninguno de los dos seres parece preocuparle la presencia del otro.

Desde la cabeza de Atenea se escucha un silbido. El hombre gira su vista hacia allí y ve llegar a una mujer tan sucia como él. Algo más joven, esbelta y atlética. La mujer se sienta a su lado y por un rato los dos observan como la mañana alza el sol e ilumina lo que en un época que no recuerdan se pudo llamar ciudad. El dragón, tras ellos, deja de rebuscar comida y pasea su mirada verdosa por el horizonte.

– Me voy- rompe ella el silencio. – Ya no puedo más, Eric.

Eric vuelve a mirarla. Es la primera que le llama como siempre le ha pedido.

– No puedes irte ahora, Maya – contesta Eric-, vamos a conseguir su ayuda.

– Llevo años esperando. Años intentando convencerte…

– ¿A dónde irás?- interrumpe Eric, que no quiere volver a oír lo mismo.

Maya sonríe al amanecer y contesta:

– A Valencia. Quiero ver el mar.

– El camino es peligroso. Estar allí, sola, será peligroso.

Maya niega con la cabeza:

– En Valencia hay supervivientes. Y el camino no será tan difícil después de todo lo que hemos pasado.

El sol comienza a acariciar las ruinas de la azotea, calentando las caras de Eric, Maya y el dragón blanco, que bosteza complacido.

– No puedes dejarme ahora. Ahora que nos van a ayudar-. Eric se gira hacia el dragón – ¿Verdad?

El dragón mira a Eric con expresión simpática y hace un gesto que cualquier humano asociaría con aprobación. Maya niega con la cabeza suspirando.

– Llevamos demasiado tiempo aquí. No has mejorado nada. Empieza a faltar comida -una lágrima recorre la mejilla de la mujer.- Eric, si no te dejo aquí, moriré.

Eric niega con la cabeza.

– ¡No, Maya! Aquí estaremos bien, los dragones nos van a ayudar – señala al dragón blanco de ojos verdes.- ¡Él me lo ha prometido!

Maya mira hacia donde indica Eric y solo ve una nube pasajera que amenaza con ocultar los primeros rayos del sol. Vuelve a mirar a Eric con aire triste. Le coge de las manos, le acaricia el pelo y mientras el dragón les mira con curiosidad, le besa por última vez, sabiendo que no le volverá a ver, desconociendo cuánto tiempo seguirá en pie.

– Te quiero, Eric.

Maya se levanta con la cara inundada de lágrimas silenciosas y se marcha sin mirar atrás.

Eric vuelve a mirar los restos de Madrid como si  fuera una ciudad extraña.

Y el dragón blanco echa a volar para responder a una  lejana llamada de su manada.

Dragones blancos