Autobús treinta y dos

Perdí la foto de Laura en el autobús número treinta y dos. A pesar de todo lo que había ocurrido, volví a por ella.

Al principio esa foto no representaba nada especial. Era tamaño carnet, hecha sobre fondo blanco y con muchas prisas. Cuando, tras mucho tiempo, la descubrí olvidada en mi cartera, me sentí culpable y decidí darle a Laura un espacio destacado, donde pudiera verla en todo momento.

La foto de Laura pasó a ser mi gran responsabilidad.

Años después perdí a Laura.  Supongo que rompí todos los recuerdos que tenía sobre ella. Pero la foto de la cartera era diferente: era mi protegida y no podía deshacerme de ella de cualquier manera. Así que siguió en su sitio, recordándome las cosas de las que era responsable. Lo que pudo ser, lo que no ocurrió.

En el autobús número treinta y dos solía juguetear con ella. Fantaseaba con volver a abrazar a Laura, con lograr que me perdonara. Mientras recorría las calles que me acercaban a casa, imaginaba estrategias tremendamente inteligentes y apasionadas para recuperar su corazón. Esos momentos me hacían sentir bien. Y no es extraño: salvar a Laura a lomos de un corcel blanco, volando sobre una nube kinton o colándome sigilosamente en un castillo repleto de nazis son planes que jamás podrían fallar.

Por eso, a pesar de todo lo que había ocurrido, volví a por la fotografía.

Las cocheras estaban rodeadas de oscuridad. En medio de todos aquellos autobuses me di cuenta de que salvar a Laura sería tan difícil como lo era salvar nuestra relación. Pero esta vez no había lugar al error. Dentro de alguna de aquellas bestias metálicas Laura esperaba a ser rescatada. Así que corrí de un lado a otro, asomándome a las ventanas, colándome en los autobuses que se habían quedado abiertos y espiando los secretos que otras personas habían olvidado en ellos.

Todos los vehículos eran clones levantados en guerra contra mi, dispuestos a perpetuar el imperio de la oscuridad que cubría nuestra mutua soledad.

Estaba allí por mi. Pero también porque ella tenía que quererlo así. ¿Quién no quiere intentarlo una vez más? ¿Dónde quedó nuestro beso de despedida? ¿Cómo negarnos algo que casi era un derecho, una obligación?

Si encontraba la foto tendría otra oportunidad de ser lo que no fuimos.

Por fin, entre todo el ejército de vehículos que dormía en esas cocheras, encontré mi treinta y dos. Lo reconocí por una estampita de un santo que el conductor tiene en el salpicadero. La puerta estaba cerrada. Me acerqué a mi ventana y subí a pulso. A través de ella vi la foto de Laura, que me esperaba en el suelo, pero boca abajo, como enfadada, elevando un muro más entre nosotros.

Volví a la parte delantera del autobús desde donde el santo me lanzaba una advertencia porque, en realidad, esto ya había pasado, yo ya había perdido y era mejor no seguir insistiendo ya que hay caminos que no merece la pena volver a recorrer, esos caminos repletos de piedras con las que no tendríamos que volver a tropezar.

Pero son mis caminos.

Así que en un gesto francamente estúpido, tomé carrerilla y salté hacia el cristal, con la vaga esperanza de atraversarlo con mi cuerpo.

Choqué, salí despedido y mi cabeza golpeó el suelo.

Me despertó el bullicio del ejército de clones amaneciendo, las bestias metálicas moviéndose aquí y allá, celebrando otra victoria del imperio. El treinta y dos ya había escapado. Alguien me echó de allí con malas maneras.

Cuando esa noche volví a coger el autobús en su ruta habitual fui directo a mi asiento sin saludar al conductor.

Laura ya no estaba. Así que me equivoqué porque, en realidad, ella no quiso ser rescatada.

Fue entonces cuando acepté que nunca más volvería a verla.

 

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

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