El último experimento

– ¿Escuchas?

– No.

– Parece que por fin se está callando.

Alzo las cejas sorprendido. “Callando” me parece demasiado para esos ruidos, pero ella siempre ha insistido en que son un sistema de comunicación. Lo único que deseo en ese momento es que se equivoque. Si no, en unos cuarenta y cinco minutos estaremos rodeados de bastantes zombis cabreados.

Marta, alta, rubia, ojos verdosos y terriblemente guapa, alza la mano decidida a coger el picaporte.

– No – me interpongo entre ella y la puerta- no puedo permitirlo.

Marta se ríe:

– ¿No? Es inevitable, ocurrirá antes o después ¿Qué vas a hacer para evitarlo?

Por dentro dudo. Tiene razón. Mi única opción es hacerla desistir. Pero lleva demasiado tiempo con esa idea en la cabeza. Espero que no tengamos que llegar a las manos.

– Vamos Juan, es ciencia. Podemos salvarles.

– ¡No! ¡No lo sabes! Es peligroso, Marta.

– Juan, son personas…

– ¡No son personas! – Tengo que interrumpir, alzar la voz, imponerme de algún modo- Lo fueron, quizás, hace un tiempo. Pero ahora son…diferentes.

Marta reflexiona un momento. Me lo va a volver a contar.

– Oye, ya lo sabes. Hay varias teorías sobre los zombis. El alma dentro del cerebro, el cuerpo en el alma, el alma en el cuerpo… La mayoría mencionan conceptos etéreos. Pero esto es diferente, estamos llegando al cerebro de esta gente- no puede evitar apasionarse, y sigue llamándolos gente-. Un mordisco de un zombi transmite un virus, ese virus se extiende por todo el cuerpo y afecta a nuestro cuerpo deteniendo nuestras funciones vitales.

– Es decir, matándonos.- Tengo que interrumpir, despistarla, hacerla cambiar de opinión. Aún llevo la pistola enganchada al pantalón pero no quedan balas. La culata gotea sangre, aunque no sé de qué muerto es.

– ¡No al completo! – Marta es imparable-. Que los muertos se “levanten de sus tumbas” no es algo completamente mágico. Hay algo que les impulsa, y ese algo está vivo. Por definición, algo que está muerto no camina, no se arrastra y, desde luego, no busca alimento.

Silencio. Suspiro.

– ¿Entonces? – (Resignación).

– ¡Entonces hay algo vivo en ellos! Y está en alguna parte de su cerebro. Si el cerebro nos proporciona la capacidad de raciocinio, si un cerebro dañado se puede volver a entrenar, en parte, y si las investigaciones siguen por este camino… ¡Tenemos una vacuna, Juan!

Marta rebusca en su mochila. Saca una pequeña funda gris y la abre, mostrándome un frasco que contiene un líquido verdoso y una jeringuilla con una aguja de metal extremadamente gruesa y alargada. Pero casi ni la miro porque en ese momento se escucha un gran estruendo de cristales rotos en la habitación de al lado. Parece que nuestros amigos se han adelantado.

– Marta, tenemos que salir de aquí. – Hago un gesto hacia la puerta y saco la pistola para indicarle que está segura, que está protegida, que mi presencia allí es útil.

Marta vuelve a sonreír. Se acerca a mí. Creo que nunca hemos estado tan cerca. Puedo leer los detalles de sus labios, navegar hacia la profundidad de sus ojos y ahogarme en el suave olor de su piel. Marta susurra con el tono de voz más hermoso y apasionado que le he oído nunca.

– Voy a entrar ahí dentro y le voy a clavar una aguja metálica de 25 centímetros a ese muerto viviente.- Y entonces me besa. Un beso húmedo, increíble, que me hace olvidar los golpes que ya llegan desde el otro lado de la puerta.

Se termina el beso.

–Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

Es verdad: mientras me besaba ha abierto la puerta y antes de que pueda reaccionar se precipita hacia la oscuridad para ejemplificar la típica historia de amor que realmente va acabar mal. Corro tras ella pero cierra la puerta. Empujo y no se abre. Debe de haber un pestillo.

No hay mucho tiempo para pedirle que me deje entrar. En ese momento la puerta que tan bien habíamos atrancado cede y estalla en mil astillas. Un policía gordinflón, un zombi demasiado típico para mi gusto, entra el primero para servirse la cena.

Ataco como puedo con la culata de la pistola y veo que no hay mucho que pueda hacer, más que reventar dos o tres cabezas antes de que otros zombis se me echen encima. Tras el policía hay muchos monstruos hambrientos más que no me van a dejar escapar. Así que elijo la huída hacia delante, el ya veremos lo que pasa y me disloco el hombro golpeando la puerta que la mujer de mi vida acaba de atrancar mientras grito su nombre desesperado y algún amigo del policía gordo intenta arrancarme el brazo tirando de él con mucha fuerza y algún gruñido.

La puerta termina por ceder, caigo de bruces y me encuentro con la cara ensangrentada de Marta. El impacto es suficiente para me levante de un salto y me encuentre con un zombi masticando la mano de mi amiga. En su cabeza tiene clavada la jeringuilla. De todas sus heridas podridas emerge un manantial de líquido verde que se acaba de demostrar como otra vacuna que falla en el enésimo intento de salvar a la humanidad del apocalipsis zombi.

Lástima que nadie más vaya a saber el resultado de ese último experimento. Así que, entre lágrimas, hago lo único que puedo hacer mientras llega mi hora de ser parte del festín zombi: hundir la jeringuilla en la profundidad de ese cerebro inhumano. A base de culatazos.

 

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

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El último experimento