Diez años después

“Si hubieras estado diez años sin andar ¿Hacia dónde caminarías?”

 

A lo lejos, el rumor de las olas cantaba para la orilla del mar. Sus ojos, azules, veían el azul del cielo. Azul. Blue. Triste.

La respuesta se quedaría en el aire. Aspiró y cerró los ojos, para que el olor a pescado y algas frescas penetrara en él y que la sal traída por la suave brisa mediterránea despejara su cuerpo, liberándolo de lo que le preocupaba; liberándolo de aquella pregunta que, si tuviera respuesta, podría ser extraña y terrible, como dos extraterrestres que se encuentran en un tercer planeta y deciden tratarse con respeto a pesar de ser diferentes, pero cuando cae la noche uno de ellos no puede evitarlo y engulle al otro porque es su naturaleza, es el instinto alienígena el que gobierna y no se puede responder a una pregunta así en contra de tus impulsos, utilizando las contadas palabras que ofrece la razón. Por eso aspiraba, y así esperaba a que la sal curara su heridas, a que la brisa le llevara lejos y a que las algas formaran una manta con la que dormir sobre el mar.

Pero, por supuesto, cuando abrió los ojos su padre seguía allí con semblante interrogante. Como si los tubos, la enfermera, la comida sobre una bandeja… como si nada de todo aquello importara, como si todas las cosas que le rodeaban fueran meros objetos de decoración pasados de moda. Tal vez para él todo eso ya no existía y solo quería mantener una conversación que, posiblemente, era un viejo recuerdo que vivió con su madre, o con una de sus primeras novias, o con un amigo durante un amanecer tras una noche en vela. O a lo mejor era la primera conversación nueva que podía mantener en meses.

El rumor de las olas cantaba para la arena de la playa que, rendida, se convertía en barro. La cortina de la habitación lo celebraba bailando suavemente alguna otra canción. Mientras tanto el joven no podía hablar, no era capaz de verbalizar la sensación de irrealidad que le provocaba una pregunta que ni tan siquiera sabia si era para él.

– Yo caminaría hacia el mar –dijo su padre mirando hacia la ventana –.Me levantaría con mucho esfuerzo y primero daría unos pasos vacilantes para coger equilibrio, ser consciente de mi mismo y salir de las sombras. Cuando estuviera preparado, llegaría al sol y tendría que cubrirme con mi mano, ya que sería como el que sale de su caverna y se deslumbra al ver luz por primera vez. Pero no pararía de andar, aunque fuera vacilante, aunque tropezara, aunque tuviera miedo de caer… porque estaría oyendo el mar: las olas golpeando las rocas, las gaviotas saludando al nuevo día. Entonces llegaría a la arena, como un niño que la siente por primera vez caminaría sobre ella entre asombrado y divertido.  Por fin, el agua mojaría mis pies dejando atrás el calor de la tierra y sonriendo me zambulliría en el mar, para ser agua y ser sal, vestirme de algas y dejarme llevar por bancos de peces que navegan hacia la inmensidad, hacia lugares más cálidos, más fríos o con más alimento. Entonces sería feliz, porque no habría razón de volver a caminar.

Cuando terminó de hablar, se dejó caer sobre su almohada con gesto cansado. El rumor del mar volvió a llenar la habitación. La enfermera le acarició la mano afectuosamente y él la miró como si no la conociera.

El joven se asomó a la ventana. A lo lejos, el rumor de las olas cantaba para la orilla del mar.

 

Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog “Los personajes de Chicho” De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

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Diez años después